Robert Reed - Médula

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La Gran Nave lleva viajando por el espacio más tiempo del que su tripulación es capaz de recordar. Desde que, hace algunos milenios, entró en la Vía Láctea y fue colonizado por los humanos, este colosal vehículo del tamaño de un planeta ha vagado por la galaxia transportando a billones de hombres y miles de razas alienígenas que han conseguido la inmortalidad gracias a la alteración genética.Pero los pasajeros no viajan solos: en el interior de la nave duerme un secreto tan antiguo como el propio universo. Ahora está a punto de despertar…

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Quizá Diu adivinó lo que pensaba.

Fuera cual fuera la razón, de repente preguntó:

—¿Cómo están esas personas, por cierto? ¿Esas pobres almas que os devolvimos?

—Se curaron —admitió ella—. En su mayor parte.

El sacudió la cabeza con tristeza.

—Bien —dijo—. Bien.

Juntos contemplaron a un par de niños, hermanos con toda probabilidad, que recorrían a toda velocidad la pasarela de ladrillos azules. No había barandilla alguna entre ellos y el río, así que cuando el hermano mayor decidió empujar al más pequeño, el chiquillo tropezó y cayó por el borde mientras sus gritos le abrían camino hacia las tóxicas aguas.

Washen se levantó de inmediato.

Pero entonces aparecieron sus padres y mientras la madre reñía, el padre bajó con dificultad por la cara del muro de contención de acero y se sujetó a unas rocas para pescar a su magullado hijo del fango rancio, los dos sucios y enfadados; el padre se lo pasó luego a las manos de su hermano.

—¡Las duchas cuestan dinero! —gritó—. ¡El agua buena nunca es barata!

La ecuación emocional cambió de repente. Un desastre en potencia había quedado reducido a poca cosa. Washen se obligó a sentarse de nuevo y le dijo a su compañero:

—Antes me ahogaba mucho.

—¿Ah, sí?

—Unas cuantas veces —admitió ella—. Era pequeña. Tenía una ballena que montaba por todo el Mar Alfa…

—Recuerdo la historia, Washen.

—¿Ya te la he contado? ¿Que la hacía bucear por las profundidades, hasta donde vivían los grandes calamares, y la presión me aplastaba hasta que me dejaba inconsciente y sumida en un coma que me duraba horas? A veces un día entero.

Él la miró como si viese a una extraña. Una extraña inquietante, es posible que perturbada.

—Mis padres se cabreaban. Como podrás imaginar. —Estrechó los ojos. Se preguntaba a dónde debía llevar la historia—. Yo argumentaba que no podía morir, morir de verdad, solo por estar bajo el agua. Pero el descuido engendraba descuido, decían. ¿Y si además me derribaban de mi ballena? ¿Y si nadie encontraba mi cuerpo?

Hubo algo en esas palabras que hizo reír a Diu, una carcajada silenciosa, privada.

Washen sacudió la cabeza.

—Acabo de tener otro recuerdo —dijo—. De repente. Y es muy extraño.

—Ah —respondió él—. Un recuerdo extraño.

Washen hizo caso omiso del tono y se quedó mirando los edificios nuevos que había al otro lado del río, sin ver ninguno de ellos. En su lugar contemplaba la ciudad en la que había nacido, y la maestra capitana estaba sentada con los maestros adjuntos originales. Por alguna razón llevaron a Washen ante ellos. Pero no era más que una niña diminuta. Por alguna razón inimaginable, la maestra había hablado con ella y le había hecho alguna pregunta. Washen no recordaba la pregunta, y mucho menos la respuesta. Pero recordaba con toda claridad que se había sentado en la silla de la maestra. Y al bajarse, una ráfaga de viento había salido de la nada y había derribado la silla.

Le contó el recuerdo a su acompañante.

—¿Qué significa? —preguntó.

—Ni ocurrió —respondió Diu.

Al instante, sin un asomo de duda.

—¿No?

—E incluso si ocurrió —añadió él—, no significa nada.

Por un momento la mujer oyó algo en la voz de él. Luego Washen parpadeó y volvió a contemplar el rostro áspero, sin vello alguno salvo por las cejas gruesas y oscuras, y encontró que la esperaba una sonrisa, una sonrisa amplia en los labios, ya que no en aquellos ojos brillantes del color gris del acero.

Dentro de cada una de aquellas antiguas cámaras, enterrado en el interior de su lastre de uranio, había un mecanismo pequeño y elegante, al parecer inútil y al que no se prestaba mayor atención. Un día se introdujeron datos de prueba dentro de una cámara vacía mientras una pieza de maquinaria cercana, por pura coincidencia, emitía un sonido de baja frecuencia. El sonido disparó un eco, una vibración poderosa e instantánea perceptible a varios kilómetros de distancia en todas direcciones. ¿Un dispositivo de búsqueda, quizá? Si asiera, solo funcionaría con una cámara operativa, y no existía tal criatura. Pero para ser concienzudos, los unionistas enviaron las vibraciones apropiadas al interior de la corteza y luego escucharon a la espera de una hipotética respuesta, un «aquí estoy».

Como su equipo era rudimentario, las primeras respuestas positivas pasaron desapercibidas. Pero luego se identificó un eco suave e impreciso, se debatió y la mayor parte de los observadores negó los datos, argumentó basándose en motivos técnicos, y las razones emocionales quedaron sin mencionar.

Se diseñaron micrófonos más nuevos y sensibles, se construyeron y se encontraron carencias.

Pero la tercera generación de sensores no solo produjo una respuesta inequívoca, sino que también proporcionó una ubicación segura. El eco procedía de un punto situado a algo más de nueve kilómetros de profundidad, en el interior de un tranquilo remolino de hierro fundido.

Así nació un proyecto pequeño, y esperaban que secreto. Con la tapadera de realizar nuevos trabajos geotérmicos en el manto, los láseres comenzaron a abrir una serie de profundos agujeros. La corteza de la zona tenía un espesor de tres gruesos kilómetros. Bajo la corteza se emplearon cañerías y bombas de cerámica. Tenía que subirse el hierro ardiente a la superficie, había que enfriarlo y luego sacarlo de allí.

Dado que el manto era cualquier cosa menos rígido, su objetivo tenía la irritante costumbre de vagar de un lado a otro. Los nietos comparaban la empresa a cuando se metía un brazo en el lodo de un lago para intentar agarrar uno de esos bígaros verrugosos, negros y calientes que tenían que estar allí abajo, por algún lado. Se invirtieron ocho años completos en la perforación.

Cuando el éxito era inminente se envió un mensaje codificado a Miocene. Pero antes de que llegara se dio con algo sólido y las bombas tiraron sin parar, de forma mecánica, hasta que devolvieron la cámara a la superficie. Tenía el mismo aspecto que las otras cámaras, una simple réplica de la Gran Nave. Y sin embargo no se parecía en nada a las demás. Todo el mundo lo percibía. Hasta el capitán de turno (un hombre trabajador y con muy poca imaginación llamado Koll) sintió una oleada de anticipación al contemplar a su personal y a un escuadrón de robots arrancando el tesoro del hierro húmedo y sumergiéndolo luego en una profunda bañera de agua helada.

Koll parpadeó para defenderse del vapor y ordenó que el tesoro se trasladara a un lugar cerrado.

¿Quién sabía quién podía estar vigilando?

El almacén de las bombas era un escondite adecuado. Un edificio grande y laberíntico y sin una sola ventana que albergaba lo más escaso de toda Médula: la oscuridad. Koll caminaba al lado del andador mecánico que transportaba la cámara. Las falsas toberas de los cohetes apuntaban hacia arriba. Al timón iba una joven nieta. En cuanto estuvieron dentro, Koll ordenó que se cerrara la puerta tras ellos, con llave. Su intención era pedir que se encendieran las luces. «Un ajuste suave», le habría dicho al ordenador central. Pero después de mil seiscientos años sumido en un día interminable, Koll había aprendido a apreciar cualquier cosa que se pareciera a la noche. De pie, con los ojos abiertos y ciego, el capitán notó el fulgor. Suave y coloreado. No procedía de la cámara, no. La luz parecía derramarse procedente de todas partes.

Se habían disparado antiguos sistemas.

El lastre de uranio funcionaba como una especie de batería. Quedaba solo la potencia suficiente para emitir una proyección débil y fantasmal. Y Koll, un hombre imperturbable al que no era nada fácil impresionar, se quedó mirando las imágenes y tuvo que pasar un minuto entero para que se acordase de que tenía que respirar.

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