Robert Reed - Médula

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La Gran Nave lleva viajando por el espacio más tiempo del que su tripulación es capaz de recordar. Desde que, hace algunos milenios, entró en la Vía Láctea y fue colonizado por los humanos, este colosal vehículo del tamaño de un planeta ha vagado por la galaxia transportando a billones de hombres y miles de razas alienígenas que han conseguido la inmortalidad gracias a la alteración genética.Pero los pasajeros no viajan solos: en el interior de la nave duerme un secreto tan antiguo como el propio universo. Ahora está a punto de despertar…

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Cuando se acercaron los primeros rebeldes, redujeron la marcha hasta adoptar un paso digno y se levantaron las máscaras, que se colocaron sobre la cabeza.

Habían pasado casi quince siglos desde la última vez que Washen había visto a Till. Sin embargo, lo conoció de inmediato. Lo conoció por los dibujos y por los nítidos recuerdos de una capitana. Pero también reconoció a su madre en su rostro y en su zancada medida e altanera.

Era una versión más pequeña y bonita de Miocene.

El resto del grupo, los mejores sacerdotes, diplomáticos y miembros del consejo, lo seguían a una distancia respetuosa. Tenían los ojos clavados en el premio. Washen había conectado un cordón umbilical a la cámara y el generador del andador lo alimentaba. Un zumbido vivo y regular surgía del interior e infundía el aire de una insinuación palpable de posibilidades.

Till era el único que no había clavado los ojos en el premio. El contemplaba a Miocene. La cautela se mezclaba con otras emociones menos legibles. Durante un instante abrió la boca. Luego tomó una rápida bocanada de aire y se volvió hacia Washen.

—¿Me permiten examinar el mecanismo? —preguntó.

—Por favor —le dijo ella, incluyéndolos a todos.

Locke era el que más cerca se encontraba de Till. Señal de su alto rango, quizá, y como siempre, eso provocó en Washen un orgullo inesperado.

—¿Cómo has estado, madre? —inquirió él. Siempre educado, jamás cálido.

—Bastante bien —admitió ella—. ¿Y cómo estás tú?

La respuesta del joven fue una sonrisa extraña y estremecida, y el silencio.

¿Dónde estaba Diu? Había más rebeldes trepando a lo alto del escenario y ella miraba a cada hombre que se levantaba la máscara, contemplaba sus rostros suponiendo que Diu estaba por allí cerca, oculto por la creciente aglomeración de cuerpos.

Till se encontraba arrodillado, acariciando la superficie lustrosa de la cámara.

Miocene lo estudiaba, pero sus ojos parecían vacíos. Ciegos.

Miles de rebeldes honorarios se habían reunido alrededor del escenario. Eran mujeres que amamantaban a sus pequeños, cada una con, al menos, un recién nacido colgado de los pechos hinchados. Un aroma espeso, extrañamente agradable, saturaba la brisa. Decenas de miles más salían en tropel de la selva, desde todas direcciones; se movían con gesto determinado y en silencio, y al pisar y respirar producían un sonido blando e inmenso, como el redoble de una marea que se acerca. Había algo en el sonido que resultaba irresistible y hermoso, y en el fondo, aterrador.

Entre todos ellos estaban los hijos y los nietos de Locke.

En principio Washen podía tener cien mil descendientes entre este pueblo. Lo que no era mal logro para una anciana que solo podía reivindicar un hijo propio.

El zumbido de la cámara se intensificó, aumentó de tono y luego se detuvo del todo. Fue Locke el que levantó un brazo y gritó «ahora» a la multitud.

Todos los demás repitieron el gesto y la palabra. Una gran voz compartida fue subiendo en oleadas hasta la parte superior del anfiteatro, y luego una repentina mancha dorada apareció por un borde, se extendió con rapidez, brillante bajo la luz del cielo a medida que cientos de fuertes cuerpos la iban arrastrando hacia delante. Una infinidad de globos dorados ayudaban a sujetar la tela en el aire. Era un papel dorado, de varias hectáreas de tamaño, batido hasta afinarlo y reforzado… ¿cómo? Fuera cual fuera el truco, era lo bastante recio y lo bastante ligero para estirarlo por el anfiteatro entero y cubrirlos a todos hasta crear un techo temporal e impermeable.

El cielo se oscureció.

Al sentir la oscuridad perfecta, la cámara se abrió y reveló un cielo nuevo y un mundo más joven. Médula era de repente estéril y liso, y estaba bañado por un océano de hierro irradiado y burbujeante que lo cubría todo.

El público se encontró de pie sobre este océano sin calor, contemplando cómo se desarrollaba un antiquísimo drama.

Aparecieron los enemigos de los constructores.

Sin previo aviso, los odiados inhóspitos se abrieron camino retorciéndose por las paredes de la cámara y surgieron de una infinidad de túneles de acceso, cíborgs parecidos a insectos, todos y cada uno enormes, fríos y aterradoramente rápidos. Como airadas avispas asno, bajaban en picado contra Médula y escupían salivazos de antimateria que se estrellaban contra la superficie fundida. Se elevaban sin cesar explosiones abrasadoras. El hierro líquido giraba y se encumbraba, y luego volvía a derrumbarse. Bajo aquella dura y cambiante luz, Washen contempló a su hijo por un momento intentando leer su rostro, su humor. Locke estaba hechizado, con los ojos muy abiertos y la boca entreabierta, su cuerpo musculoso bañado en un sudor lustroso, casi radiante. Igual estaban casi todos los rostros y los cuerpos. Incluso

Miocene se sentía cautivada. Pero ella tenía los ojos clavados en Till, no en el espectáculo que se desarrollaba sobre su cabeza, y si acaso su éxtasis era peor que el de los otros. Mientras que su hijo, en marcado contraste, y por extraño que fuera, no parecía demasiado conmovido por aquellas gloriosas y sagradas imágenes. Surgió de repente del hierro una cúpula.

Se dispararon unos láseres que consumieron a una docena de inhóspitos. Luego la cúpula se hundió de nuevo bajo el hierro, como una ballena.

Los inhóspitos trajeron refuerzos y volvieron a golpear. Los misiles introducían la antimateria aún más en el hierro, en busca de sus objetivos. Médula se estremecía y retorcía, luego eructaba fuego y plasmas ardientes. Quizá los inhóspitos habían ganado y habían asesinado al último de los constructores. Quizá la Gran Nave era suya. Pero la venganza de los constructores estaba ultimada. Era segura. Las fuerzas de los inhóspitos siguieron presionando, llenando el estrecho cielo con sus furiosas formas. Luego los contrafuertes se incendiaron y mostraron su fulgor azul blanquecino. De repente, los monstruos parecían diminutos y frágiles. Antes de que pudieran huir, la tormenta de rayos, el Incidente, barrió el cielo entero con brillantez suficiente para hacer que todos los ojos parpadearan y disolvió cada jirón de materia hasta convertirlo en un plasma que colgó por encima de su cabeza como una bruma demasiado caliente que persistiría durante millones de años, que se enfriaría a medida que Médula se contrajese y expandiese de nuevo, cuando el mundo latiese como un corazón grande y lento y se fuera enfriando poco a poco mientras una corteza temporal cubría el hierro devastador.

Mil millones de años pasaron en un momento.

Los propios carbono, hidrógeno y oxígeno de los inhóspitos se convirtieron en la atmósfera de Médula y en sus ríos, y esos mismos y preciados elementos se fueron reuniendo poco a poco para convertirse en insectos mantecosos y árboles de la virtud, para luego transformarse en los niños de ojos muy abiertos que se encontraban allí en el presente, en aquella depresión natural, sollozante en medio de una oscuridad profunda y perfecta.

A una señal se rasgó el toldo y el tejido dorado se partió y cayó en grandes sábanas largas que rielaron bajo la luz del cielo.

Washen abrió el reloj y midió los minutos.

A los presentes de ojos muy abiertos Miocene les gritó:

—Hay más. Mucho más. —Su tono era urgente. Maternal. Tenía los ojos clavados solo en Till, al que le explicaba—: Otras grabaciones muestran cómo se atacó la nave. Cómo los constructores se retiraron a Médula. Este trozo de hierro… Aquí es donde presentaron la última batalla… ¡fueran quienes fueran!

Cien mil cuerpos se revolvieron y emitieron un sonido suave y masivo.

Till no se había quedado pasmado. Si acaso, parecía solo alegre y esbozaba una amplia sonrisa, como si le divirtiera aquella reivindicación de una visión que no necesitaba reivindicación alguna.

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