Algis Budrys - ¿Quién?

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Los agentes del servicio secreto aliado quedaron muy sorprendidos cuando vieron al hombre acercarse a ellos desde la zona soviética.
Uno de sus brazos era de metal. Y donde la cabeza debiera haber estado, había una cúpula de metal, sin facciones y amenazadora.
Aquella grotesca figura era Martina, el científico que habían estado reclamando y que los soviéticos les devolvían ahora. Era el hombre que conocía el secreto de la más terrible arma jamás ideada.
¿ Pero era Martino?
Si Martino había muerto, entonces un espía sobrehumanamente inteligente y oculto trás un perfecto disfraz, iba a estar libre detrás de las lineas aliadas.
Y si era Martino, pero se había pasado al bando siviético, entonces era una aterradora amenaza. Porque de un solo golpe podría sabotear el proyecto de guerra de los aliados y destruir el equilibrio de poderío mundial.

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Pero entonces él empezaba a sentirse avergonzado de sí mismo. La muchacha salió de prisa y, cuando le vio, sonrió por vez primera desde que la había encontrado. Fue una sonrisa que transformó su cara por un momento antes de que recordase que no debía mostrar alivio por haber comprobado que se hallaba aún allí. Entonces bajó los ojos en un apresurado gesto de decoro.

—Estoy lista.

—Muy bien.

Ahora se sentía fastidiado de nuevo. La muchacha era tan fácil de comprender que consideraba con resentimiento su carencia de esfuerzo. Deseaba a una chica con profundidad, una chica a la que le costara un cierto período de tiempo conocer, una chica cuyo total ser se fuera desplegando gradualmente, pues de esa manera sería siempre interesante y él nunca acabaría de explorarla completamente. En lugar de ello, tenía a Edith Chester.

Y sin embargo, la culpa no era de ella. La culpa era suya, y debía pagar las consecuencias.

—Escuche — dijo —, usted no desea ver esa mala película con un Egipto falso. — Con la cabeza hizo un movimiento hacia el otro lado de la calle, donde en una de las salas caras y de calidad anunciaban una película europea —. ¿Qué le parece si, en lugar de ello, vamos a ver ésa?

—Si usted lo desea, a mí me agradará.

Estaba condenadamente dispuesta a seguir sus sugerencias. Casi experimentó la tentación de hacerla cambiar de idea otra vez, pero se limitó a decir:

—Vamos, pues.

Comenzó a cruzar la calle. Ella le siguió inmediatamente como si hubiese dado por supuesto que él no se iba a molestar en esperarla.

Aguardó ante las puertas del vestíbulo mientras él compraba las localidades, y permaneció tranquilamente sentada junto a él durante la proyección de toda la película. El no hizo movimiento alguno para cogerle la mano o poner el brazo en el respaldo de su silla, y cuando la proyección de la película se hallaba en su mitad, de repente se dio cuenta de que no sabía lo que haría con ella cuando salieran de allí. Sería demasiado temprano para conducirla a casa y darle las gracias por haberle hecho pasar tan buena velada, y sin embargo, sería demasiado tarde para dejarla abandonada, aun cuando pudiese pensar en algún modo gracioso de hacerlo. Experimentó la tentación de excusarse, levantarse y salir de la sala. En cierto modo, a pesar de toda su torpeza y crueldad, eso parecía ser lo mejor que podía hacer. Pero acarició la idea sólo durante unos cuantos segundos, antes de comprender que no podía hacerlo.

«¿Por qué no?», pensó. «¿Soy yo un individuo tan maravilloso que apagaría su vida para siempre?»

Pero no era eso. No era lo que él fuese, sino lo que ella era. El hubiera podido ser el jorobado de Notre Dame, y no obstante esa misma situación habría existido. Era él quien la había colocado en ella, y a él le correspondía mirar de que no se sintiera herida como resultado de algo que él había hecho.

¿Pero qué iba a hacer con ella? Estuvo fumando incesante y furiosamente durante todo el resto de la película, agitándose en su asiento.

La película alcanzó la escena que proyectaban en el momento en que ellos habían entrado, y ella se inclinó hacia él.

—¿Quiere que nos vayamos ahora?

Después de noventa minutos de silencio, su voz le sobresaltó. Era tan suave como lo había sido la primera que le había hablado… antes de que la comprobación de lo que iba a suceder se hubiera hecho luz en ella. Ahora, supuso, había tenido tiempo para calmarse de nuevo.

—Desde luego.

Sentía una cierta reluctancia a irse. Una vez en la calle, vendría el embarazoso, el inevitable «¿Qué hacemos ahora?», y no tendría respuesta alguna. Pero se levantó y abandonaron la sala.

Cuando se encontraban dejado de la marquesina, ella dijo:

—Es una buena película, ¿verdad?

Se puso en la boca el cigarrillo, preocupado.

—¿Tiene que ir a casa ahora o qué? — murmuró.

Ella sacudió la cabeza.

—No. Vivo sola. Pero probablemente usted tiene algo que hacer esta noche. Cogeré un autobús aquí. Gracias por haberme llevado al cine.

—No… no se vaya — se apresuró a decir él. Maldita sea había estado esperando que trataría de desembarazarse de ella —. No haga caso.

Ahora no tenía más remedio que proponer hacer algo.

—¿Tiene hambre?

—Un poco.

—Muy bien, entonces busquemos un lugar donde podamos comer.

—Hay un buen restaurante al volver la esquina.

—Muy bien, vamos.

Por alguna razón, la cogió la mano. Era pequeña, pero no frágil. Ella no pareció ni sorprendida ni alarmada. Preguntándose qué diablos le habla obligado a hacer eso, se dirigió con ella al restaurante.

El local se hallaba casi vacío, y él la condujo a una mesa que había al fondo. Se sentaron el uno frente al otro, y un camarero vino a tomar su pedido. Cuando se fue, Lucas se dio cuenta de que debiera haber pensado en lo que sucedería al entrar allí con ella.

Estaban allí aislados. La alta madera chapeada que había detrás de él los separaba del resto de la sala. A un lado de ellos habla una pared, y al otro, dejando apenas espacio para que la gente se deslizara del reservado, había un acondicionador de aire. Había permitido que él y la muchacha se encontraran en una situación en la que no podían hacer otra cosa sino permanecer sentados y mirarse el uno al otro mientras esperaban a que les fuese servido el alimento.

¿Qué podía él hacer o decir? Al mirar su peinado y el tono metálicamente rosado de la laca de sus unas, no le fue posible imaginar de qué podía agradarle a ella hablar, si su conversación podía tener para él el más ligero interés.

—¿Hace mucho tiempo que está en la ciudad? — preguntó.

Ella sacudió la cabeza.

—No, no mucho tiempo.

Eso era lo que sin duda explicaba todo.

Arrojó su cigarrillo, sin cuidarse del lugar en que había caído. Del paquete que llevaba en el bolsillo de la camisa sacó otro y lo encendió, ansiando que el camarero se diese prisa para que de esa manera pudieran al menos comer. Sólo eran las seis.

—¿Quiere… quiere darme un cigarrillo, por favor? — preguntó ella, con voz y expresión inseguras.

El casi dio un salto.

—¿El qué? — Sacó el paquete torpemente —. Oh, Dios, Edith ¡lo siento! Desde luego. Tenga. Yo no…

¿No el qué? Ni siquiera había tenido la cortesía de ofrecerle un cigarrillo. No se había detenido a preguntarse si fumaba o no. La había tratado como si fuese un perro mimado. Se sintió peculiarmente confuso.

Ella tomó el cigarrillo y él se apresuró a encendérselo.

La muchacha sonrió con cierto nerviosismo.

—Gracias. Procedo de Connecticut. ¿De dónde es usted, Luke?

«Debe saber cuáles son mis sentimientos hacia ella», estaba pensando él. «Es algo que se debe transparentar en toda mi persona. Pero se deja continuar porque… ¿Por qué? ¿Porque soy el hombre de sus sueños?»

—De New Jersey — contestó —. De una granja.

—Siempre he deseado poder vivir en una granja. ¿Trabaja aquí?

«Porque probablemente yo soy el primer tipo que ha hablado con ella desde que está aquí, por eso es. Tal vez no soy mucho, pero es todo cuanto tiene.»

—Vivo aquí eventualmente. Trabajo en una cafetería del Village.

Se dio cuenta de que había comenzado a decirle cosas que no tenía el propósito de decirle. Pero ahora tenía que hablar, y además, eso no era en absoluto lo que él había planeado.

—Sólo he ido allí una o dos veces — repuso ella —. Debe ser un lugar fascinante.

—Supongo que en cierto sentido lo es. De todas maneras, voy a comenzar a estudiar el año próximo, y no tendré muchas ocasiones de verlo.

—Oh, ¿qué va a estudiar, Luke?

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