El señor Lake parece reparar en la expresión de Hock Seng.
– Esto no ha sido ninguna cacería -se explica-, sino una simple ejecución. En cuanto le alcancé con los dardos, estaba muerto. Eso no tiene mérito.
– Ah. Por supuesto. Muy honorable. -Hock Seng disimula la decepción que lo embarga. Si el diablo extranjero hubiera exigido la cabeza, él podría haber sustituido los restos de los colmillos por compuestos de aceite de coco y habría vendido el marfil a los médicos de las afueras de Wat Bowonniwet. Ahora, incluso ese dinero se habrá perdido. Qué despilfarro. Hock Seng considera la posibilidad de explicarle la situación al señor Lake, de explicarle el valor de la carne, las calorías y el marfil inertes ante ellos, pero decide no hacerlo. El diablo extranjero no lo entendería, y ya está demasiado irascible como para provocarlo.
– Han llegado los cheshires -comenta el señor Lake.
Hock Seng mira a donde el yang guizi apunta con el dedo. En la periferia del escenario de la carnicería han aparecido unas fluctuantes siluetas felinas, jirones de luz y sombra atraídas por el olor a carroña. El yang guizi pone cara de asco, pero Hock Seng siente no poco respeto por los gatos demonio. Son astutos, sobreviven allí donde los desprecian. Su tenacidad podría calificarse casi de sobrenatural. A veces parece que huelen la sangre antes incluso de que se derrame. Como si pudieran atisbar el futuro y saber con exactitud dónde aparecerá su siguiente comida. Los reflejos felinos avanzan sigilosos hacia los viscosos charcos de sangre. Uno de los carniceros ahuyenta a uno de una patada, pero son demasiados como para combatirlos de veras, y el ataque carece de énfasis.
El señor Lake bebe otro trago de whisky.
– Jamás los echaremos de aquí.
– Hay niños que estarían dispuestos a darles caza -sugiere Hock Seng-. La recompensa no sería cara.
El yang guizi descarta la idea con una mueca.
– En el Medio Oeste también ofrecemos recompensas.
«Nuestros niños están más motivados que los vuestros.»
Pero Hock Seng no rebate las palabras del extranjero. Ofrecerá la recompensa de todos modos. Si consienten la presencia de los gatos, los trabajadores empezarán a rumorear que el causante de la catástrofe ha sido Phii Oun, el bromista cheshire espectral. Los gatos demonio titilan cada vez más cerca. Tricolores y anaranjados, negros como la noche… todos ellos aparecen y desaparecen de forma intermitente conforme sus cuerpos adoptan los tonos del entorno. Se tiñen de rojo al mojar las patas en el charco de sangre.
Hock Seng ha oído que el origen de los cheshires se remonta al empeño de un fabricante de calorías (empleado de PurCal o de AgriGen, lo más seguro) por hacerle un regalo de cumpleaños especial a su hija. Una sorpresa para cuando la princesita alcanzara la misma edad que la Alicia de Lewis Carroll.
Los niños invitados se llevaron las nuevas mascotas a casa, donde se aparearon con felinos naturales, y en cuestión de veinte años, los gatos demonio estaban en todos los continentes y el Felis domesticus había desaparecido de la faz de la tierra, reemplazado por una variedad genética con una tasa de reproducción del noventa y ocho por ciento. En Malasia, los pañuelos verdes odiaban a los chinos y a los cheshires por igual, pero que Hock Seng sepa, los gatos demonio siguen multiplicándose con éxito allí.
El yang guizi da un respingo cuando la doctora Chan le pincha de nuevo y lanza una mirada asesina a la mujer.
– Acaba -le ordena-. Ya.
La médica se traga el miedo y ensaya un wai respetuoso.
– Se ha movido otra vez -susurra para Hock Seng-. La anestesia no es buena. O no tan buena como la que estoy acostumbrada a utilizar.
– No te preocupes -responde Hock Seng-. Por eso le he dado el whisky. Termina el trabajo. Yo me encargo de él. -Dirigiéndose a xiansheng Lake, añade-: Ya casi está.
El extranjero tuerce el gesto pero deja de amenazar a la doctora, que al menos completa los puntos. Hock Seng se la lleva a un lado y le entrega un sobre con el pago. La mujer se lo agradece con un wai , pero Hock Seng menea la cabeza.
– Dentro hay una bonificación. También quiero que entregues una carta. -Le da otro sobre-. Me gustaría hablar con el jefe de tu torre.
– ¿Follaperros? -La médica pone cara de asco.
– Como te oiga llamarlo así, acabará con el resto de tu familia.
– Es un cerdo.
– Tú hazle llegar la nota. Con eso será suficiente.
Dubitativa, la mujer acepta el sobre.
– Te has portado bien con nuestra familia. Todos los vecinos comentan lo bondadoso que eres. Realizan ofrendas por tu… pérdida.
– Hago demasiado poco. -Hock Seng esboza una sonrisa forzada-. De todas formas, los chinos debemos permanecer unidos. Puede que en Malasia siguiéramos siendo hokkien, o hakka, o Quinta Ola, pero aquí todos somos tarjetas amarillas. Me avergüenza no poder hacer más.
– Es más de lo que hace ningún otro. -La mujer se despide con otro wai , emulando los modales de su nueva cultura, y se va.
El señor Lake la mira mientras se aleja.
– Es una tarjeta amarilla, ¿verdad?
Hock Seng asiente.
– Sí. Doctora en Malaca. Antes del Incidente.
El hombre guarda silencio, como si estuviera digiriendo la información.
– ¿Era más asequible que un médico thai?
Hock Seng observa de soslayo al yang guizi e intenta decidir qué es lo que prefiere escuchar. Al cabo, replica:
– Sí. Mucho más asequible. Igual de buena. Quizá mejor. Pero mucho más barata. Aquí no nos dejan ocupar el puesto de los thais. De modo que tiene muy poco trabajo salvo por los tarjetas amarillas… los cuales, evidentemente, tienen muy poco con qué pagar. Accedió a venir encantada.
El señor Lake asiente, caviloso, y Hock Seng se pregunta en qué estará pensando. Este hombre es un enigma. A veces, Hock Seng reflexiona que los yang guizi son demasiado estúpidos como para haber conquistado el mundo una vez, y menos aún dos. Que la Expansión tuviera éxito y luego, después de que el colapso energético los empujara de regreso a sus costas, volvieran a la carga, con sus fábricas de calorías, sus plagas y sus cereales patentados… Es como si gozaran de una protección sobrenatural. Por lógica el señor Lake tendría que estar muerto, reducido a un montoncito de pulpa humana mezclada con los cadáveres de Banyat, Noi y el estúpido adiestrador anónimo del megodonte de la rueda Número Cuatro que provocó que la bestia se desbocara cegada por el pánico. Y sin embargo aquí está el diablo extranjero, lloriqueando por el insignificante pinchazo de una aguja pero sin darle la menor importancia al hecho de haber destruido a un animal de diez toneladas en un abrir y cerrar de ojos. Los yang guizi son unas criaturas extrañas, sin duda. Más incomprensibles de lo que sospechaba, pese a tratar con ellas habitualmente.
– Habrá que volver a pagar a los mahouts . No retomarán el trabajo si no les sobornamos -observa Hock Seng.
– Sí.
– Y también habrá que alquilar monjes para que entonen cantos por la fábrica. Para que los trabajadores se queden contentos. Hay que aplacar a los phii . -Hock Seng hace una pausa-. Será caro. La gente dirá que nuestra fábrica está habitada por malos espíritus. Que se levanta en el sitio equivocado, o que la casa de los espíritus no es lo bastante grande. O que talaste el árbol de un phii cuando se construyó. Habrá que llamar a un adivino, quizá a un maestro del feng shui para convencerles de que el lugar es bueno. Y los mahouts exigirán un plus por peligrosidad…
El señor Lake lo interrumpe.
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