Paolo Bacigalupi - La chica mecánica

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Premios Hugo, Nebula, Locus (Primera Novela) Y John W. Campbell Memorial 2010.
Bienvenidos al siglo XXII. Anderson Lake es el hombre de confianza de AgriGen en Tailandia, un reino cerrado a los extranjeros para proteger sus preciadas reservas ecológicas. Su empleo como director de una fábrica es en realidad una tapadera. Anderson peina los puestos callejeros de Bangkok en busca del botín más preciado para sus amos: los alimentos que la humanidad creía extinguidos. Entonces encuentra a Emiko… Emiko es una «chica mecánica», el último eslabón de la ingeniería genética. Como los demás neoseres a cuya raza pertenece, fue diseñada para servir. Acusados por unos de carecer de alma, por otros de ser demonios encarnados, los neoseres son esclavos, soldados o, en el caso de Emiko, juguetes sexuales para satisfacer a los ricos en un futuro inquietantemente cercano… donde las personas nuevamente han de recordar qué las hace humanas.

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– Le pediremos a Mai que venga con algunos de sus amigos.

Vuelve a revisar los desperfectos. Hubo un tiempo en que poseía edificios como este. Almacenes enteros repletos de bienes. Y ahora mira en qué se ha convertido, el factótum de un yang guizi . Un anciano cuyo cuerpo empieza a fallar, el único miembro de su clan. Con un suspiro, reprime la frustración que lo embarga.

– Quiero conocer la magnitud de los daños antes de hablar otra vez con el farang . Sin sorpresas.

Pom hace un wai .

– Sí, khun .

Hock Seng se encamina a las oficinas, cojeando ligeramente durante unos pocos pasos antes de obligarse a dejar de mimar la pierna. Con tanta actividad ha empezado a dolerle la rodilla, recordatorio de su propio encontronazo con los monstruos que accionan la fábrica. No puede evitar detenerse en lo alto de la escalera para estudiar el cadáver del megodonte, los lugares donde han muerto los trabajadores. Los recuerdos le picotean y arañan como si fueran una bandada de cuervos empeñados en apoderarse de su cabeza. Tantos amigos muertos. Tantos parientes desaparecidos. Hace cuatro años era un pez gordo. ¿Y ahora? Nada.

Empuja la puerta. El silencio reina en las oficinas. Mesas vacías, una fortuna en ordenadores a pedales, la cinta ergométrica y su diminuto panel de control, las gigantescas cajas fuertes de la empresa. Mientras pasea la mirada por la estancia, unos fanáticos religiosos con pañuelos verdes en la cabeza saltan de las sombras, machetes en ristre, pero son solo recuerdos.

Cierra la puerta a su espalda, apagando así el clamor de la carnicería y las reparaciones. Se obliga a no acudir a la ventana para contemplar de nuevo la sangre y el cadáver. A no recrearse en el recuerdo de las cunetas de Malaca, rebosantes de sangre, de las cabezas chinas apiladas como duraznos a la venta.

«Esto no es Malasia. Aquí estás a salvo», se dice.

Sin embargo, las imágenes persisten. Tan brillantes como fotografías o los fuegos artificiales del Festival de la Primavera. Aun transcurridos cuatro años desde el Incidente, debe realizar rituales para tranquilizarse. Cuando se siente mal, casi cualquier objeto adquiere connotaciones amenazadoras. Cierra los ojos, se obliga a respirar hondo, a recordar el mar azul y sus flotas de clíperes blancos sobre las olas… Aspira otra bocanada de aire y abre los ojos. La habitación vuelve a ser un lugar seguro. Nada salvo estrictas filas de escritorios desiertos y ordenadores a pedales cubiertos de polvo. Postigos que cortan el paso de la luz del sol tropical. Motas de polvo e incienso.

Al otro lado de la estancia, envueltas en las sombras, las cámaras gemelas de las cajas fuertes de SpringLife emiten un resplandor apagado, hierro y acero, agazapadas, provocándole. Hock Seng posee las llaves de una, el depósito del dinero en efectivo para uso diario. Pero la otra, la caja fuerte principal, solo puede abrirla el señor Lake.

«Tan cerca», piensa.

Los planos están ahí mismo. A escasos centímetros. Los ha visto desplegados. Las muestras de ADN de las algas modificadas, sus mapas del genoma en cubos de datos en estado sólido. Las instrucciones para desarrollar y procesar la espuma resultante en lubricantes y polvo. Los requisitos de forjado necesarios para que el filamento de los muelles percutores acepte los nuevos revestimientos. La próxima generación del almacenamiento de energía al alcance de la mano. Y con ella, la esperanza de resurrección para él y su clan.

Yates farfullaba y bebía, y Hock Seng le llenaba el vaso de baijiu y escuchaba sus desvaríos mientras cultivaba su confianza y su dependencia. Más de un año. Y todo en vano. Ahora solo queda esta caja fuerte que no puede abrir porque Yates cometió la estupidez de incurrir en la ira de los inversores, y fue demasiado incompetente para conseguir que su sueño fructificara.

Nuevos imperios aguardan a ser construidos; lo único que tiene que hacer Hock Seng es llegar hasta esos documentos. Solo posee copias incompletas de cuando solían estar a la vista de todos, desparramados encima de la mesa de Yates, antes de que el necio borracho comprara la condenada caja fuerte para el despacho.

Ahora hay una llave y una combinación, y una pared de hierro entre los planos y él. La caja fuerte es de buena calidad. Hock Seng está familiarizado con ellas. Se beneficiaba de su robustez cuando también él era un pez gordo y tenía documentos que debía proteger. Es irritante (quizá lo más irritante de todo) que los diablos extranjeros se valgan de la misma marca de caja fuerte que usaba él en su imperio comercial en Malasia: YingTie. Una herramienta china, pervertida con fines extraños. Se ha pasado días mirando fijamente esa caja fuerte. Meditando sobre los conocimientos que alberga…

Hock Seng ladea la cabeza, contemplativo de repente.

«¿La has cerrado, señor Lake? Con tanta emoción, ¿no se te habrá olvidado quizá volver a cerrarla?»

Los latidos de Hock Seng se aceleran.

«¿Habrás tenido un descuido?»

El señor Yates los tenía a menudo.

Hock Seng intenta refrenar la emoción. Renquea hasta la caja fuerte. Se yergue ante ella. Un altar, un objeto de culto. Un monolito de acero forjado, inmune a todo salvo la paciencia y las brocas de diamante. Todos los días se sienta enfrente de ella, siente que se ríe de él.

¿Podría ser así de sencillo? ¿Es posible que al señor Lake se le olvidara cerrarla en medio de la confusión?

Hock Seng estira el brazo, vacilante, y apoya la mano en la palanca. Contiene el aliento. Reza a sus antepasados, reza a Phra Kanet, el protector de los thais que aparta los obstáculos con su cabeza de elefante, a todos los dioses que conoce. Empuja la palanca.

Mil jin de acero empujan en dirección contraria, oponiéndose a la presión con todo su ser.

Hock Seng deja escapar el aire y retrocede, obligándose a reprimir la desilusión que lo embarga.

Paciencia. Todas las cajas fuertes tienen una llave. Si el señor Yates no hubiera sido tan incompetente, si no se las hubiera apañado para enfurecer a los inversores, habría sido la llave perfecta. Ahora tendrá que ser el señor Lake.

Cuando el señor Yates instaló el depósito, bromeó diciendo que había que poner las joyas de la familia a buen recaudo, y se rió. Hock Seng se obligó a asentir con la cabeza, hizo un wai y sonrió, pero solo podía pensar en lo valiosos que eran los planos, y en lo estúpido que había sido al no copiarlos antes, cuando estaban al alcance de cualquiera.

Ahora Yates ya no está, y en su lugar hay un demonio nuevo. Un verdadero demonio de ojos azules y cabellos dorados, tan severo como blando era Yates. Esta peligrosa criatura que controla todo cuanto hace Hock Seng, complicándolo todo, a la que habrá que convencer de alguna manera para que revele los secretos de su empresa. Hock Seng frunce los labios. «Paciencia. Debes tener paciencia. El diablo extranjero cometerá un error tarde o temprano.»

– ¡Hock Seng!

Hock Seng se va hasta la puerta y con un gesto indica al señor Lake que ya va, pero en vez de bajar inmediatamente por la escalera, se dirige a su santuario.

Se postra ante la efigie de Kuan Yin y reza para que se apiade de él y de sus antepasados. Para que le dé una oportunidad de redimirse a él y a su familia. Bajo la dorada representación de la buena suerte, suspendida boca abajo para que esta llueva sobre él, Hock Seng coloca arroz U-Tex y corta una naranja sanguina. El jugo se derrama por su brazo; la fruta está madura, libre de contaminación, y es cara. Uno no puede ser tacaño con los dioses; les gusta la carne, no el hueso. Enciende el incienso.

Mientras el humo se eleva en el aire asfixiante, inundando el despacho una vez más, Hock Seng reza. Reza para que no cierre la fábrica, y para que sus sobornos transporten sin contratiempos los nuevos componentes de la cadena a través del telón de bambú. Para que el diablo extranjero del señor Lake pierda la cabeza y confíe demasiado en él, y para que la condenada caja fuerte se abra y le desvele sus secretos.

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