Robert Wilson - Testigos de las estrellas

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En Blind Lake, una gran instalación federal de investigación, los científicos están empleando una tecnología que apenas comprenden para observar la vida diaria en una ciudad de alienígenas, moradores de un lejano planeta. No son capaces de contactar con ellos, ni comprenden su lengua. Lo único que pueden hacer es observar.
Sin previo aviso, se impone un cordón militar alrededor de Blind Lake. Todas las comunicaciones quedan cortadas. La comida y demás suministros son entregados por control remoto. Nadie conoce el motivo, aunque los científicos siguen con sus investigaciones. Hasta que uno de ellos llega a la conclusión de que aquellos seres, aunque parezca imposible, son conscientes de la observación del proyecto.

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Seguía durante una página y media, y era un buen artículo. Profundo y cuidadosamente razonado. La firma pertenecía a Elaine Coster, «una respetada periodista científica que ha abandonado recientemente el campo de cuarentena en Utah».

Chris echó una mirada a Tess, que estaba bostezando, estirada a lo largo de los cojines tapizados del sofá de su abuelo.

Tess no había hablado de la Chica del Espejo a las autoridades. Ni lo habían hecho tampoco Marguerite y Chris.

No habían acordado de antemano aquella conspiración de silencio. Fue una decisión que cada uno había tomado por separado, y que estaba motivada, al menos por parte de Chris, por la opinión de que aquella información tan solo podría ser malinterpretada.

Un cuento inenarrable. ¿Podía creer un periodista en un concepto como aquel? Pero lo que él había sentido era algo más que simple temor al ridículo. Habían sucedido cosas que no podía explicarse satisfactoriamente ni siquiera a sí mismo. Cosas que nunca deberían escribirse en los titulares de un periódico.

—Estoy un poco cansada —dijo Tess sin apartar la mirada del panel de video.

—Es que queda poco para irse a la cama —dijo Chris.

La condujo al pequeño dormitorio de invitados de la casa de su abuelo. Tess dijo que quizás leería un poco hasta que su madre fuera a arroparla. Chris le dijo que era buena idea.

Ella se estiró bajo el edredón de la cama.

—Esta es la misma habitación en la que estuve la última vez que vinimos —dijo—, hace tres años. Cuando mi padre estaba con nosotros.

Chris asintió.

La ventana estaba abierta unos pocos centímetros, dejando entrar los aromas del final del verano. Dejó la ventana entreabierta pero bajó el estor del todo, ocultando el cristal.

—No la has visto desde Blind Lake, ¿verdad? —dijo Chris.

A el a. A la Chica del Espejo.

—No —dijo Tess.

—¿Crees que todavía está por aquí?

Tess se encogió de hombros.

—¿Piensas mucho en ella, Tess? ¿Alguna vez te preguntas quién era?

—Ya sé quién era. Era… —Pero las palabras parecieron trabarse en su lengua; se detuvo y frunció el ceño por un momento.

En Blind Lake, Tess había identificado a la Chica del Espejo con los procesadores O/CBE. Como si los O/CBE, despertados a una nueva consciencia, hubieran querido abrir una ventana al mundo humano en el cual habían nacido.

Y tanto Crossbank como Blind Lake habían elegido a Tess. ¿Por qué a ella? Quizás no hubiera una verdadera respuesta, pensó Chris, como les sucedería a los investigadores de Blind Lake si les preguntaran por qué habían elegido al Sujeto entre incontables individuos idénticos. Podría haber sido cualquiera. Tenía que ser alguien.

Tess dio con la idea que se estaba esforzando por encontrar.

—Era el Ojo —dijo Tess solemne—, y yo era el telescopio.

Marguerite siguió a su padre hasta la fría noche de verano en el jardín trasero de la casa en Butternut Street. Solo estaban encendidas las luces del jardín, barras luminiscentes plantadas entre los setos, y se detuvo un momento para dejar que sus ojos se ajustaran a la oscuridad reinante.

—Doy por supuesto que sabes qué es esto —dijo Chuck Hauser. Se hizo a un lado y esbozó una amplia sonrisa.

Marguerite casi se atragantó.

—¡Un telescopio! ¡Dios mío, es precioso! ¿Dónde lo has conseguido?

Los telescopios ópticos para aficionados no se comercializaban desde hacía años. Por aquel entonces, si uno quería observar el firmamento nocturno acoplaba unas lentes de aumento a su servidor doméstico. O aún mejor, se conectaba a uno de los rastreadores celestiales de acceso público. Los viejos telescopios Dobson como aquel alcanzaban precios muy altos en el mercado de antigüedades.

Y aquel era genuinamente viejo, observó Marguerite en cuanto se acercó a examinarlo: en maravillosas condiciones, pero definitivamente anterior al milenio. No había dispositivos de rastreo digital, tan solo órbitas manuales y relés de tornillos sin fin, perfectamente engrasados.

—Los instrumentos han sido restaurados y ajustados —dijo su padre—. Le han cambiado la óptica por si acaso. El resto es auténtico.

—¡Te debe de haber costado una fortuna!

—Una fortuna no —sonrió tristemente—. No tanto.

—¿Cuándo has comenzado a interesarte por la Astronomía?

—No seas tonta, Margie. No lo he comprado para mí. Es un regalo. ¿Te gusta?

Realmente le gustaba mucho. Abrazó a su padre. No sabía cómo se lo había podido permitir. Debe de haber pedido una segunda hipoteca, pensó Marguerite.

—Cuando eras niña —dijo Chuck Hauser—, todo esto era un misterio para mí.

—¿A qué te refieres?

—Ya sabes. Estrel as y planetas. Todo aquel o que te interesaba tanto. Ahora tengo la impresión de que me debería haber detenido un poco y prestado algo más de atención. Esta es mi forma de decir que admiro lo que has logrado. Quizás esté comenzando a comprenderlo. Así que, ¿crees que podrás empaquetar esta cosa y meterla en ese pequeño coche vuestro?

—Encontraremos el modo.

—Me he dado cuenta de que has puesto tu equipaje en la misma habitación que Chris.

Ella se sonrojó.

—¿Ah, sí? Lo hice sin pensar… En realidad…, es solo la costumbre…

Cada vez peor.

Él sonrió.

—Vamos, Marguerite. No soy un baptista de cabeza dura. Por lo que has dicho y por lo que he visto, Chris es un buen hombre. Estáis claramente enamorados. ¿Habéis hablado de matrimonio?

Su rubor se hizo aún más intenso. Esperó que su padre no pudiera advertirlo con aquella luz tan tenue.

—No tenemos planes inmediatos. Pero no te sorprendas.

—¿Es bueno con Tess?

—Muy bueno.

—¿A ella le gusta?

—Mejor aún. Se siente segura con él.

—Entonces me alegro por ti. Pero dime: ¿el que te haya hecho este regalo me permite ofrecer un pequeño consejo?

—Cuando quieras.

—No voy a preguntar qué es lo que habéis pasado los tres en Blind Lake, pero sé que ha sido especialmente duro para Tess. Ya era un poco cal ada, y no parece que eso haya cambiado.

—No.

—Sabes, Marguerite, tú eras exactamente igual. Densa como un ladrillo cuando algo no te interesaba. Siempre se me hizo difícil poder hablar contigo.

—Lo siento.

—No tienes por qué. Lo único que estoy diciendo es que es fácil dejar pasar esas cosas. Las personas pueden llegar a ser casi invisibles las unas para las otras. Te quiero y sé que tu madre te quería, pero no creo que te viéramos siempre con mucha claridad, si sabes a qué me refiero.

—Lo sé.

—No dejes que eso te suceda con Tess.

Marguerite asintió.

—Ahora —dijo su padre—, antes de que empaquetemos esta cosa, ¿quieres enseñarme cómo funciona?

Le encontró Ursa Majoris 47 con el telescopio óptico. Una estrella indistinguible, no más que un punto de luz entre muchos, menos bril ante que las luciérnagas parpadeantes entre los arbustos en la parte trasera del jardín.

—Eso es, ¿eh?

—Eso es.

—Supongo que la conoces muy bien, casi debes de sentirte como si hubieras estado al í.

—Así es exactamente como me siento. —Y añadió—: Yo también te quiero, papá.

—Gracias, Marguerite. ¿No deberías acostar a esta niña tuya?

—Chris se puede ocupar de eso. Estaría bien quedarnos sentados aquí fuera, charlando un poco.

—Hace un poco de frío para ser agosto.

—No me importa.

Cuando volvió por fin a la casa, encontró a Chris en la cocina, murmurando a su servidor de bolsillo, tomando notas para su nuevo libro. Llevaba trabajando en aquel o desde hacía semanas, en ocasiones con un ritmo febril.

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