¿Cuánto tiempo había estado fuera? Dando por hecho que se hubiera ido en algún momento. Lo más probable era que nunca hubiera dejado aquella habitación, aunque cada célula de su cuerpo proclamaba que había estado en la superficie de UMa 47/E, que había tocado la piel de cuero del Sujeto con sus dedos.
Aquel a sala vacía, la clínica, la mañana de nieve en Blind Lake, la locura de Ray: ¿cómo volver a ubicarse en aquel a historia? Pensó en Tess. Tess, abajo, en la sala de recepción con Chris, Elaine y Sebastian. Tomó aire con tranquilidad y se encaminó al vestíbulo.
Pero el pasillo estaba l eno de gente con trajes protectores blancos, gente que portaba armas. Marguerite se quedó absorta mirando sin comprender, hasta que dos soldados se acercaron a ella y la sujetaron por los brazos.
—Mi hija está en la planta de abajo —logró decir.
—Señora, estamos evacuando este y el resto de los edificios de la instalación. —Era una voz de mujer, firme pero no hostil—. Organizaremos a todo el mundo una vez hayamos terminado. Por favor, acompáñenos.
Marguerite reprimió su indignación al menos hasta llegar al vestíbulo de la clínica, donde se le permitió recoger su abrigo de invierno del respaldo de una silla. Después fue escoltada al exterior, a una mañana gélida, y situada con el pequeño grupo del personal de la clínica. No había rastro de Tess ni de Chris, y se le encogió el estómago.
Divisó a Sebastian Vogel y a Elaine Coster, que estaban siendo conducidos a un camión junto con otras diez personas. Les gritó, llamó a Tessa, pero Elaine fue empujada al interior del camión por un hombre con casco y Sebastian tan solo pudo señalar vagamente hacia el oeste, hacia el Paseo, visible en cuanto Marguerite estiró el cuel o, cal e abajo, al otro lado del centro comercial.
Tragó saliva.
Las torres refrigeradoras de hormigón habían desaparecido. No, no habían desaparecido, sino que estaban… encapsuladas, encerradas en un andamiaje de nudosas agujas plateadas, de minaretes y arbotantes cristalinos. La sustancia que lo envolvía todo iba creciendo a ojos vista, extendiendo brazos radiales como una enorme estrella de mar.
Tess, pensó. Mi niña. No permitas que mi niña desaparezca.
Tess permaneció al borde del abismo que había contenido los tanques O/CBE, y que en aquel momento era un agujero que bullía con el crecimiento de corales cristalinos. Durante una fracción de segundo Chris apreció la incongruencia de todo aquel o: Tess inmóvil con su mono polvoriento y su camisa amarilla brillante, mientras la galería evolucionaba a su alrededor; Tess mirando la grieta donde su padre había desaparecido.
Adonde, claramente, tenía tentación de seguirlo.
Se acercó a el a, hasta que la niña giró la cabeza y le lanzó una mirada de advertencia de inconfundible intención.
—Tess… —dijo.
—Ha saltado —respondió el a.
Entonces se escuchó un sonido en el aire, un sonido de cristales tintineando y quebrándose. Chris se esforzó en escucharla. Sí, Ray había saltado. ¿Debería reconocerlo?
Diez pasos más, pensó. Diez pasos y estaré lo suficientemente cerca como para cogerla y sacarla de aquí. Pero diez pasos era una larga distancia.
Las puntas de sus zapatos tantearon el abismo.
—¿Está muerto? —preguntó Tess.
Todo su instinto le dijo a Chris que iba a resultar muy difícil tranquilizarla. Quería la verdad.
La verdad:
—No lo sé. No puedo verlo, Tess.
—Acércate —dijo ella. Otro paso—. ¡No! Hacia mí no. Hacia el borde.
Chris se movió lentamente, de forma oblicua, intentando ganar espacio entre ellos sin alarmarla. Cuando alcanzó el pozo miró hacia abajo.
Los cristales pálidos se arrastraban hacia el borde de la cámara, pero los tanques de los O/CBE se habían perdido entre la niebla fosforescente de color plateado. No había ni rastro de Ray.
—Ella solo se está protegiendo —dijo Tess.
—¿El a?
—La Chica del Espejo. O como quieras l amarla. No podía seguir dependiendo de las máquinas para mantenerse a salvo. Así que ha tomado cartas en el asunto.
¿Estaba hablando Tess de los O/CBE? ¿Habían logrado regular su propio entorno y eliminar su dependencia de los seres humanos?
—No puedo verlo —se lamentó Tess—. ¿Puedes verlo tú?
—No. —Ray había desparecido.
—¿Está muerto?
Tess no estaba l orando, pero su angustia quedaba esculpida en su voz. Una palabra mal escogida podía alimentar su desesperación y hacer que cayera al vacío. Una mentira demasiado evidente tendría el mismo efecto.
—No lo sé —dijo él—. Yo tampoco puedo verlo.
Al menos había algo de verdad en aquello, pero también era una respuesta evasiva, y Tess le lanzó una mirada desdeñosa.
—Creo que está muerto.
—Bueno —dijo Chris sin aliento—, es lo que parece.
Ella asintió solemnemente, balanceándose.
Chris dio otro pequeño paso, acercándose. ¿Cuántos más de aquel os pequeños movimientos tendría que hacer antes de poder sujetarla y apartarla del borde del precipicio? ¿Seis? ¿Siete?
—A él no le gustaba la historia en la que estaba viviendo —dijo Tess. Advirtió que Chris se movía y le lanzó otra mirada de advertencia—. Yo no soy Porry, ¿sabes? No tienes que salvarme.
—Entonces aléjate del borde —dijo Chris.
—No lo he decidido todavía. Quizás si mueres aquí no mueres de verdad. Esto se está convirtiendo en un lugar especial. Ya no es el Paseo Globo Ocular.
No, pensó Chris , ya no lo es.
—La Chica del Espejo me cogería y me sacaría de aquí —dijo Tess.
—Aunque sea así, no habría posibilidad de regresar.
—No… Sin regreso.
—Porry no saltaría —dijo él.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo sé.
—Porry murió.
—Ella está… —Había estado a punto de negarlo, pero se detuvo a tiempo. Tess observó su rostro atentamente—. ¿Cómo sabes eso?
—Te oí decírselo a mi madre. — La última historia de Porry—. ¿Cómo murió? — preguntó.
La verdad. Fuera lo que fuera lo que significara aquello. ¿Dónde estaba la verdad, y por qué era tan seductora y tan escurridiza?
—No me gusta hablar sobre eso, Tess.
Ella cambió el peso de su cuerpo de un pie a otro, lentamente.
—¿Fue un accidente?
—No.
Tess devolvió la mirada al pozo.
—¿Fue culpa tuya?
Otro paso, infinitesimalmente más cerca.
—Ella… Yo lo podría haber hecho mejor. Debería haberla salvado.
—Pero ¿fue culpa tuya?
Aquel os recuerdos habitaban en un lugar oscuro. El novio asesino de Porry, llorando. Lo juro por Dios, no la tocaré. Es la puta botella, tío, no yo. El novio de Porry, en el último día de su vida, apestando a sudor de alcohol y prometiendo redención.
Y yo creí a aquel hijo de puta. Entonces, ¿fue culpa mía?
¿Cómo desenredar aquel monumento de dolor que había construido?: l orando la pérdida de su hermana con cada herida que él mismo se provocaba.
Tess quería la verdad.
—No —dijo Chris—, no. No fue culpa mía.
—Pero la historia no tiene un final feliz.
Un paso. Otro.
—Algunas historias son así.
Los ojos de Tess brillaron.
—Desearía que no hubiera muerto, Chris.
—Yo también lo desearía.
—¿Mi historia tiene un final feliz?
—No lo sé. Nadie lo sabe. Pero puedo intentar darle uno.
Las lágrimas rodaban por las mejil as de Tess.
—Pero no puedes prometérmelo.
—Puedo prometerte que lo intentaré.
—¿De verdad?
—De verdad —dijo Chris—. Ahora dame la mano.
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