Robert Wilson - Testigos de las estrellas

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Testigos de las estrellas: краткое содержание, описание и аннотация

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En Blind Lake, una gran instalación federal de investigación, los científicos están empleando una tecnología que apenas comprenden para observar la vida diaria en una ciudad de alienígenas, moradores de un lejano planeta. No son capaces de contactar con ellos, ni comprenden su lengua. Lo único que pueden hacer es observar.
Sin previo aviso, se impone un cordón militar alrededor de Blind Lake. Todas las comunicaciones quedan cortadas. La comida y demás suministros son entregados por control remoto. Nadie conoce el motivo, aunque los científicos siguen con sus investigaciones. Hasta que uno de ellos llega a la conclusión de que aquellos seres, aunque parezca imposible, son conscientes de la observación del proyecto.

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Pero la visita a Crossbank había resultado un éxito en líneas generales. Tanto Elaine como Sebastian afirmaban haber hecho un buen trabajo allí.

Para Chris había sido un poco más problemático. El director del departamento de Observación e Interpretación se había negado rotundamente a hablar con él. Su mejor cita había venido del chico de la cafetería. «Podría acabar en cualquier momento». E incluso el joven de la cafetería había terminado por abrir los ojos como platos al leer el nombre de Chris en su pase de seguridad.

—¿Tú eres el tipo que escribió aquel libro?

Chris confesó que él era, sí, el tipo que había escrito aquel libro.

Y el chico había asentido una vez, se había levantado del asiento y había depositado su bandeja de comida a medio terminar en el anaquel sin mediar palabra.

Dos aviones de vigilancia les pasaron por encima durante los siguientes diez minutos, y los controles del salpicadero de la camioneta comenzaron a parpadear espasmódicamente. Ya habían cruzado un buen número de puestos de control para cuando alcanzaron la valla de acero que serpenteaba por la pradera en ambas direcciones, y un guardia de uniforme salió de la garita de vigilancia para hacerles el ademán de detener el vehículo.

El guarda examinó la identificación del conductor, de Elaine y de Sebastian, y finalmente la de Chris. Dijo unas breves palabras a su micrófono personal y acto seguido les proporcionó a los tres periodistas unas tarjetas de identificación con unos imperdibles para la solapa. Al final les hizo una seña con la mano para que continuaran avanzando.

Y así estuvieron dentro. Tan simple como aquello, dejando a un lado las semanas de negociación entre la revista y el Ministerio de Energía.

Tan solo una franja de hierba ondulada por el viento separada de otra por una valla de rejilla metálica y alambre de espino. Pero la entrada era más que metafórica. Implicaba, al menos para Chris, una genuina sensación de ceremonia. Aquello era Blind Lake.

Prácticamente otro planeta.

Echó la mirada a su espalda conforme la camioneta aceleraba, y vio cómo la puerta corrediza de la entrada se cerraba con lo que más tarde recordaría como una terrible sensación de irrevocabilidad.

2

Teresa Hauser sabía que realmente había un lago en Blind Lake. Pensaba sobre el o mientras volvía a casa de la escuela, siguiendo su propia sombra alargada a lo largo de la acera blanca y resplandeciente.

Blind Lake, el lago, no la ciudad, era una ciénaga fangosa entre dos pequeñas colinas, llenas de espadañas, ranas silvestres, garzas, gansos del Canadá y agua verde estancada. El señor Fleischer les había hablado sobre él en clase. Se le l amaba lago pero realmente se trataba de una marisma, una antiquísima superficie de agua atrapada en una tierra pedregosa y porosa.

De modo que Blind Lake, el lago, no era realmente un lago. Tess pensó que aquello de alguna forma tenía sentido, porque la ciudad de Blind Lake tampoco era realmente una ciudad. Era un Laboratorio Nacional construido allí en su totalidad, como un decorado de película, por el Ministerio de Energía. Esa era la razón por la que las casas, las tiendas y los edificios de oficinas estaban tan dispersos y eran tan nuevos, y por la que aparecían y acababan tan abruptamente en una tierra vasta y vacía.

Tess caminaba sola. Tenía once años y todavía no había hecho muchos amigos en la escuela, aunque Edie Jerundt (a la que los otros niños llamaban Edie Grumo) al menos hablaba con ella de cuando en cuando. Pero Edie tomaba el camino opuesto para ir a su casa, hacia el centro comercial y los edificios administrativos; las altas torres refrigeradoras del Paseo Globo Ocular, lejos al oeste, constituían las señales que la guiaban a casa. Tess, cuando estaba al menos con su padre, lo que sucedía una de cada cuatro semanas, vivía en una casa prefabricada de color pastel alineada junto con otras dispuestas las unas contra las otras, como soldados en posición de firmes. La casa de su madre, aunque estaba incluso más al oeste, era casi idéntica.

Se había quedado veinte minutos más en la escuela ayudando al señor Fleischer a limpiar las pizarras. El señor Fleischer era un hombre calvo y de barba blanquicastaña que le había hecho todo tipo de preguntas sobre su vida: qué hacía cuando estaba en casa, cómo se llevaba con sus padres, si le gustaba la escuela. Tess había respondido obedientemente pero sin entusiasmo, y después de un rato el señor Fleischer había fruncido el ceño y había dejado de preguntar. Lo que a ella le parecía perfecto.

¿Le gustaba la escuela? Era demasiado pronto para saberlo. Las clases acababan de comenzar. El tiempo todavía no era frío, aunque el viento que recorría la acera y agitaba su falda tenía un cierto toque otoñal. No podías decir cómo iba el colegio, pensó Tess, al menos hasta Halloween, y todavía faltaban un par de semanas para Halloween. Para entonces uno ya sabía qué tal era, para bien o para mal.

Ella ni siquiera sabía si le gustaba Blind Lake, la ciudad-no-ciudad cerca del lago-no- lago. Crossbank había sido mejor en algunos aspectos. Más árboles. Colores otoñales. Nieve en las colinas en invierno. Su madre le había dicho que allí también nevaba, y mucho además, y quizás esta vez pudiera hacer amigos con los que ir a tirarse en trineo. Pero las colinas parecían ser demasiado bajas y sin pendiente como para montar en trineo. Había pocos árboles al í, la mayoría árboles jóvenes plantados alrededor de los centros de investigación y de la zona comercial. Como si fuesen árboles imperfectamente deseados, pensó Tess. Pasó junto a algunos de aquellos jardines de las casas de la ciudad: árboles tan jóvenes que estaban todavía atados a estacas, todavía intentando echar raíces. Llego a la pequeña casa de su padre y observó que su coche no estaba en el garaje. Todavía no había l egado. Aquel o no era normal pero tampoco le resultaba asombroso. Tess utilizó su propia l ave para entrar. La casa estaba limpia y ordenada sin piedad, y los muebles todavía olían a nuevo, acogedores pero de alguna forma desconocidos. Se dirigió a la estrecha y brillante cocina y se sirvió un vaso de zumo de naranja del refrigerador. Parte del zumo se derramó por el borde del vaso. Tess pensó en su padre, y entonces cogió una toalla de papel y limpió la mesa. Tiró la prueba incriminatoria a la basura bajo el fregadero.

Llevó su bebida y una servilleta al salón, se acomodó en el sofá y susurró «video» para encender el panel de televisión. Pero no había nada más que estática en todos los canales de dibujos animados. La casa le había grabado un par de programas del día anterior, pero eran bastante aburridos (El rey Koala y Los increíbles Baxter) y no estaba de humor. Supuso que debía de haber algún problema con el satélite porque no había nada más que ver, tan solo el circuito cerrado de Ciudad langosta en sesión nocturna, el Sujeto sin expresión y probablemente dormido bajo una desnuda luz eléctrica.

Su teléfono comenzó a sonar en el interior de su mochila, en el suelo a sus pies, y Tess se sentó de golpe. Un trago de zumo de naranja se equivocó de camino. Hurgó en la mochila y sacó el teléfono, contestando con voz seca.

—Tessa, ¿eres tú?

Su padre.

Asintió con la cabeza, lo que era inútil, después contestó.

—Sí.

—¿Va todo bien?

Le aseguró que estaba bien. Papá siempre quería saber si estaba bien. Algunos días se lo preguntaba más de una vez. Para Tess aquello siempre sonaba como «¿cuál es el problema contigo? ¿Hay algo que no va bien?». Nunca tenía una respuesta para aquel o.

—Hoy voy a trabajar hasta tarde —dijo él—, no puedo llevarte con mamá. Tienes que llamarla tú para que te pase a recoger.

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