Robert Wilson - Testigos de las estrellas

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En Blind Lake, una gran instalación federal de investigación, los científicos están empleando una tecnología que apenas comprenden para observar la vida diaria en una ciudad de alienígenas, moradores de un lejano planeta. No son capaces de contactar con ellos, ni comprenden su lengua. Lo único que pueden hacer es observar.
Sin previo aviso, se impone un cordón militar alrededor de Blind Lake. Todas las comunicaciones quedan cortadas. La comida y demás suministros son entregados por control remoto. Nadie conoce el motivo, aunque los científicos siguen con sus investigaciones. Hasta que uno de ellos llega a la conclusión de que aquellos seres, aunque parezca imposible, son conscientes de la observación del proyecto.

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Era pasada la una de la tarde, pero sintió una ola de cansancio que se apoderaba de él. Algo que tenía que ver con la luz del sol de septiembre. O con los excesos de la noche anterior. La cocaína, aunque la había pagado él, había sido idea de Lacy, no suya. Él había compartido un par de rayas por camaradería, más que suficiente para mantenerlo despierto hasta casi el amanecer. Cerró los párpados brevemente, pero se negó el placer de echarse a dormir. Quería ver la ciudad de Constance a la luz del día. Habían llegado la noche anterior y todo lo que había visto de la ciudad era el Denny, más tarde un bar donde la banda del local tocaba canciones que pedía el público, y después el interior del apartamento de Lacy.

La ciudad había hecho lo posible para reinventarse a sí misma como punto de destino turístico. La base de investigación de Blind Lake estaba cerrada al público a pesar de lo famosa que se había hecho. Los curiosos se tenían que conformar con aquel viejo granero y aquel chamizo con jardín que era Constance, que servía como ciudad dormitorio para los empleados civiles de Blind Lake, y donde el nuevo Marriot y el más nuevo Hilton alojaban ocasionalmente congresos científicos o ruedas de prensa.

La calle principal se había engalanado para Blind Lake con más entusiasmo que buen gusto. Los dos edificios comerciales de ladrillo de dos plantas parecían datar de mediados del siglo pasado; eran de ladril o amarillo argamasado con arcil a del lecho del río local, y podrían haber resultado incluso bonitos si no hubiese sido por aquel afán exagerado de espíritu vendedor que se había apoderado de el os. El tema de la langosta estaba inevitablemente en todas partes. Langostas de felpa para niños, recortables de langostas para poner en las ventanas, pañuelos de cócteles de langosta, langostas de cerámica para el jardín…

Elaine siguió su mirada y adivinó su línea de pensamiento.

—Deberías haber cenado en el Marriott puta sopa de langosta —dijo.

Él se encogió de hombros.

—Tan solo es gente que intenta ganarse el pan con el sudor de la frente, sacando adelante a sus familias.

—Ganando el pan gracias a la ignorancia. No entiendo todo este asunto de las langostas. No se parecen a langostas para nada. No tienen exoesqueleto y Dios sabe que no tienen un océano en el que nadar.

—La gente tiene que ponerles algún nombre.

—La gente quizás tenga que ponerles un nombre, pero ¿tienen que emborronar corbatas con él?

El trabajo de Blind Lake había sido indudablemente vulgarizado de forma masiva. Pero lo que molestaba a Elaine, o eso pensaba Chris, era la sospecha de que, en algún lugar entre las estrellas más cercanas, estuviera sucediendo algún tipo de acto recíproco similar. Caricaturas plásticas de seres humanos con la boca abierta detrás de ventanas acristaladas bajo un sol alienígena. Su propio rostro, quizás, impreso en una jarra como souvenir, en la cual inimaginables criaturas bebían líquidos misteriosos.

La camioneta era un vehículo polvoriento de color azul eléctrico que habían enviado desde Blind Lake. El conductor parecía no querer hablar pero quizás estuviera prestando atención a la conversación, pensó Chris, tratando de deducir sus «intenciones encubiertas». El departamento de relaciones públicas haciendo un poco de trabajo encubierto. La conversación resultaba por eso mismo un tanto artificial. Salieron de la ciudad por la interestatal y se desviaron en silencio hacia una carretera de doble carril. Entonces, a pesar de la ausencia de letreros obvios más al á de aquel «CARRETERA PRIVADA, PROPIEDAD DEL GOBIERNO DE LOS ESTADOS UNIDOS Y DEL MINISTERIO DE ENERGÍA», ya se hallaban en territorio privilegiado. Cualquier vehículo no autorizado habría sido detenido en el primero de los puestos de control (oculto) que había cada quinientos metros. La carretera estaba bajo vigilancia constante, tanto visual como electrónica. Recordó algo que Lacy le había comentado: en Blind Lake, incluso los coyotes llevaban pases.

Chris volvió la cabeza hacia la ventanilla y observó el paisaje. Los campos de cultivo dieron paso a una l anura abierta y a una pradera salpicada de flores salvajes. Un país seco, pero no desértico. La noche anterior, una tormenta había retumbado por toda la ciudad mientras Chris se refugiaba con Lacy en su apartamento. La lluvia había barrido las calles, limpiándolas de rastros combustibles y atascando los desagües con periódicos empapados y maleza, provocando un tardío espectáculo de color en la pradera.

Un par de años atrás un rayo había iniciado un incendio que estuvo a quinientos metros de alcanzar Blind Lake. Se habían traído bomberos desde Montana, Idaho y Alberta. Todo aquello había quedado muy fotogénico en las noticias (y enfatizaba la fragilidad de la recién llegada Nueva Astronomía), pero el riesgo del complejo nunca había sido muy grande. Era simplemente otra excusa, murmuraban entre dientes los científicos en Crossbank, para que Blind Lake acaparara los titulares una vez más. Blind Lake era la hermana pequeña con glamour de Crossbank, siempre dispuesta a la vanidad, hipnotizada por los paparazzi…

Pero cualquier evidencia del incendio había sido eliminada por dos veranos y dos inviernos. Por hierba silvestre, ortigas y aquel as pequeñas flores azules cuyo nombre Chris no podía recordar. Por el envidiable talento de la naturaleza para olvidar.

Ellos habían empezado en Crossbank, porque se suponía que Crossbank les iba a resultar más fácil.

La instalación de Crossbank estaba dedicada a un mundo biológicamente activo en la órbita de HR88 32. Era el segundo planeta de aquel sol, dependiendo de cómo denominara uno al anillo de cuerpos celestes que giraba entre los dos primeros planetas alrededor de la estrella. El planeta tenía un núcleo de hierro, un cuerpo rocoso con 1,4 veces la masa de la Tierra y una atmósfera relativamente rica en oxígeno y nitrógeno. Los dos polos eran aglutinaciones gélidas de agua helada que podían alcanzar ocasionalmente temperaturas tan bajas como para congelar CO 2, pero las regiones ecuatorianas eran cálidas, océanos poco profundos sobre placas continentales ricas en vida.

Aquel a forma de vida simplemente no tenía glamour. Era multicelular pero puramente fotosintética. La evolución en HR88 32/B parecía haber pasado por alto el desarrol o de la mitocondria, necesario para la vida animal. Lo que no significaba que el paisaje no fuera a menudo espectacular, particularmente las enormes colonias en forma de estromatolito de bacterias fotosintéticas que se alzaban, alcanzando una altura de dos o tres pisos sobre la superficie del mar verde; o la simetría quíntupla de las bautizadas como estrel as de coral, ancladas en los lechos marinos y flotando medio sumergidas en aguas abiertas.

Era un exquisito y maravilloso mundo que había conseguido suscitar una gran expectación cuando Crossbank era la única instalación de su clase. Los mares equinocciales tenían, de media, puestas de sol cada 47,4 horas terrestres, a menudo con enormes nubes que ondulaban mucho más alto que ninguna otra sobre la Tierra, castil os de nubes como extraídos de anuncios de bicicletas victorianas. Las pantal as de plasma, como ventanas decorativas con programas de aquel paisaje ajustado al ciclo terrestre de veinticuatro horas, habían sido tremendamente populares durante años.

Un mundo precioso, y que había facilitado grandes cantidades de información sobre la evolución planetaria y biológica. Todavía continuaba proporcionando datos extraordinariamente útiles. Pero era estático. Nada se movía demasiado en el segundo mundo de HR88 32. Tan solo el viento, el agua y la l uvia.

Eventualmente se le llegó a conocer como «el planeta donde nunca pasa nada», una frase acuñada por un columnista del Chicago Tribune que consideraba a toda la Nueva Astronomía como una fuente más de conocimiento, llamativa pero inútil, a cargo de los presupuestos federales. Crossbank había aprendido a ser cauto con los periodistas. Visions East había negociado largo y tendido para obtener una semana de convivencia en el Crossbank para Chris, Elaine y Sebastian. No hubo ninguna garantía de cooperación, y probablemente había sido únicamente la sólida reputación de Elaine como periodista científica la que finalmente había llegado a convencer al departamento de relaciones públicas. O la reputación de Chris, quizás, la que los había hecho tan reacios a acceder.

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