Ted Dekker - Negro

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Nada es como parece cuando se estrellan los sueños y la realidad.
Huyendo de sus agresores por callejones abandonados, Thomas Hunter apenas se escapa yéndose al techo de un edificio. Luego una bala silenciosa de la noche roza su cabeza… y su mundo se vuelve negro. De la negrura surge la asombrosa realidad de otro mundo, un mundo donde domina el mal. Un mundo en el que Thomas Hunter se enamora de una mujer hermosa. Pero luego se acuerda del sueño en el que lo perseguían por un callejón mientras extiende su mano para tocar la sangre en su cabeza.? ¿Dónde termina el sueño y comienza la realidad? Cada vez que se queda dormido en un mundo, se despierta en otro. Pero en ambos, le aguarda un desastre catastrófico… quizás incluso sea causado por él.

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Una hora después llegaron al cruce. El viejo puente grisáceo se arqueaba sobre una pequeña corriente de agua café. El resto del lecho del río se había resquebrajado por la sequedad.

– Parece buena -dedujo Johan corriendo hacia la orilla.

– ¡No la bebas!

– ¡Vamos a morir de sed aquí! -exclamó-. ¿Quién dice que debamos escuchar al murciélago? ¿El murciélago? Michal.

– Come entonces un poco de fruta. Michal advirtió que no bebiéramos el agua y seguiré su consejo. ¡Vamos! -enunció Tom.

Johan frunció el ceño ante el agua y luego de mala gana se les unió en el puente.

La orilla opuesta mostraba una mancha oscura donde los shataikis habían destrozado a Tanis, pero por lo demás no había nada peculiar acerca del bosque negro. Parecía igual a la región que ya habían atravesado.

– Vamos -pidió encarecidamente Tom después de un instante.

Se le hizo un nudo en la garganta, los llevó por sobre el puente y los metió al bosque negro.

Luego se abrieron paso a través de los árboles, deteniéndose más o menos cada cien metros para ponerse más jugo en las plantas de los pies.

– Úsenla con moderación -insistió Tom-. Dejen suficiente para comer.

No quiso pensar en lo que ocurriría cuando salieran corriendo.

Había shataikis colgados arriba en las ramas, chillando y peleando por asuntos insignificantes. Solamente los más curiosos miraban al trío que pasaba debajo de ellos. Debe ser por la ceniza, pensó Tom. Bastante engañoso para confundir a criaturas tontas y embusteras.

Habían escogido su camino a través del bosque por lo que pareció un tiempo muy prolongado cuando llegaron a un claro.

– ¡El desierto! -exclamó Rachelle.

– ¿Dónde? -indagó Tom, mirando los alrededores.

– ¡Allá! -contestó ella señalando directo al frente.

Lóbregos árboles bordeaban el lejano costado del claro. Y detrás de una franja de árboles de veinte metros, vislumbres de arena blanca. La posibilidad de salir del bosque fue suficiente para hacer que el pulso de Tom palpitara de antemano.

– Esa es mi chica. ¡Vamos! -exclamó él dando un paso adelante.

– ¿Así que aún soy tu chica?

Tom se volvió. Ella tenía una sonrisa pícara.

– Por supuesto, ¿no lo eres?

– No lo sé, Thomas. ¿Lo soy?

Ella levantó la barbilla y le pasó por delante. Lo era. Al menos él esperaba que lo fuera. Aunque se le ocurrió que el Gran Romance se había ensombrecido como todo lo demás en esta tierra maldita.

Expulsó los pensamientos de su mente y se fue con dificultad tras Rachelle. La necesidad que tenían de sobrevivir era mayor que cualquier romance. Rápidamente la pasó y lideró el camino. Podría no ser el hombre que fue, pero al menos presentaría un frente de protección. El afamado guerrero, Tom Hunter. Resopló disgustado.

Acababan de llegar a la mitad del campo cuando el primer shataiki negro bajó del cielo en picada y se posó en la tierra delante de ellos. Tom lo observó. Mantente en movimiento. Sólo mantente en movimiento.

El viró un poco el curso, pero el murciélago dio un salto para impedirle el paso.

– ¿Crees poderme pasar tan fácilmente? -objetó el shataiki con aire despectivo-. No tan fácil ahora, ¿eh?

Johan dio un salto adelante y levantó el puño como para derribar al murciélago. Tom levantó la mano hacia el muchacho sin quitar la mirada del shataiki.

– Retrocede, Johan.

– Retrocede, Johan -remedó la criatura; sus ojos rojos carentes de pupilas centellearon-. ¿Eres demasiado débil para mí, Johan? El murciélago levantó una de sus garras.

– ¡Los podría despedazar aquí mismo! ¿Cómo sienten eso? Bienvenidos a su nuevo mundo -anunció alegre el shataiki con una risita socarrona y mordiendo profundamente una fruta que había sacado por detrás-. ¿Quieren?

Se burló y luego rió otra vez como si este hubiera sido un comiquísimo asalto.

Tom dio un paso en dirección de la criatura.

– ¡Quieto! -exclamó al instante el shataiki extendiendo las alas y gruñendo.

Una bandada de shataikis se había reunido ahora en el cielo y volaba en círculos por encima de ellos, mofándose.

– Ordénaselo -se burló uno en tono áspero.

– Ordénaselo -remedó otro. Y el primer shataiki lo hizo.

– ¡Ahí te quedas! -gritó ahora, aunque Tom no se había movido. Tom metió la mano al bolsillo y apretó su última fruta de tal modo que el jugo de la pulpa se le escurrió entre los dedos.

Giró tranquilamente y enfrentó a Rachelle y a Johan.

– Usen sus frutas -susurró-. Cuando yo diga, corran.

– Mírame cuando te hablo, tú…

El shataiki se interrumpió. Tom le lanzó la goteante fruta.

– ¡Corran! -gritó.

La fruta dio de lleno en el rostro del murciélago. La carne chamuscándose silbó ruidosamente. La bestia gritó y se manoteó el rostro. Un fuerte hedor a azufre recorrió el aire mientras Tom salía corriendo a toda velocidad, seguido por Johan y después por Rachelle.

– ¡Es una fruta verde! -gritó un murciélago de entre los que daban vueltas alrededor de la escena-. ¡Ellos tienen fruta verde! No están muertos. ¡Mátenlos!

Tom corrió por el campo. No menos de veinte shataikis se fueron en picada contra ellos por detrás.

– ¡Usa tu fruta, Rachelle!

Ella dio la vuelta y lanzó su fruta al enjambre. Las criaturas se esparcieron como moscas. Rachelle corrió tras Tom. La siguió Johan. Pero los murciélagos se habían reorganizado y atacaban de nuevo. Johan agarró su última fruta entre los dedos. No deberían haberlas tirado.

– ¡Espera, Johan! No la tires -gritó Tom, corriendo entre los árboles-. Dame tu fruta.

Johan siguió corriendo, desesperado por alcanzar la arena blanca.

– ¡Lánzamela!

La fruta salió despedida de la mano de Johan. Tom la recogió y se dio vuelta. Cien o más de los murciélagos se habían materializado de la nada. Le vieron la fruta en la mano y siguieron de largo. Directo hacia Johan.

– ¡Retrocede! -gritó Tom.

Corrió hacia el muchacho, lo alcanzó y arrojó la fruta al rostro del primer murciélago que los alcanzó.

El shataiki lanzó un chillido y cayó a tierra.

Luego los tres atravesaron los árboles y corrieron sobre la arena blanca.

– ¡Permanezcamos juntos! -resolló Tom-. Permanezcan cerca. Corrieron cien metros antes de que Tom mirara hacia atrás y luego se detuviera.

– Aguarden.

Rachelle y Johan se detuvieron. Encorvados, respirando entrecortadamente.

Los murciélagos volaban en círculos sobre el bosque negro, lanzando chillidos de protesta. Pero no los siguieron. No estaban volando sobre el desierto. Johan saltó en el aire y dejó escapar un grito.

– ¡Aja! -exclamó Tom, mostrándole el puño al círculo de murciélagos que daba vueltas.

– ¡Aja! -gritó Rachelle, aventando arena hacia el bosque, riendo y andando a tropezones hacia Tom-. ¡Lo sabía!

Su risa era gutural y llena de confianza, y Tom rió con ella.

Rachelle se enderezó y siguió caminando hacia él, mostrando una tentadora sonrisa.

– Vaya -declaró ella, pasando un dedo por la mejilla de Tom-. Después de todo sigues siendo mi audaz luchador.

– ¿Lo dudaste alguna vez?

Rachelle titubeó. El notó que la piel de ella se volvía a resecar.

– Por un momento -contestó ella; se inclinó hacia delante y lo besó en la frente-. Sólo por un momento.

Rachelle se alejó y lo dejó sumido en dos pensamientos. El primero, que ella era una mujer hermosamente traviesa.

El segundo, que el aliento de ella olía un poco a azufre.

– ¿Rachelle?

– ¿Sí, querido guerrero?

– Come un poco de fruta -le dijo, después de darle un gran mordisco a la última que les quedaba y lanzándosela-. Dale el resto a Johan.

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