Ted Dekker - Negro

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Nada es como parece cuando se estrellan los sueños y la realidad.
Huyendo de sus agresores por callejones abandonados, Thomas Hunter apenas se escapa yéndose al techo de un edificio. Luego una bala silenciosa de la noche roza su cabeza… y su mundo se vuelve negro. De la negrura surge la asombrosa realidad de otro mundo, un mundo donde domina el mal. Un mundo en el que Thomas Hunter se enamora de una mujer hermosa. Pero luego se acuerda del sueño en el que lo perseguían por un callejón mientras extiende su mano para tocar la sangre en su cabeza.? ¿Dónde termina el sueño y comienza la realidad? Cada vez que se queda dormido en un mundo, se despierta en otro. Pero en ambos, le aguarda un desastre catastrófico… quizás incluso sea causado por él.

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Kara giró, con el teléfono aún pegado al oído.

– Sí, buenos días Melissa. Habla Kara Hunter de Denver, Colorado. Soy enfermera. ¿Con quién podría hablar respecto de… este, un potencial brote?

Una pausa.

– No, en realidad no hablo a nombre del hospital. Sólo debo reportar algo que encuentro sospechoso. Otra pausa.

– Enfermedad infecciosa. ¿Con quién sería? Gracias, esperaré. Kara se volvió a Tom.

– ¿Qué le digo?

– Te lo estoy advirtiendo, en verdad creo… Ella levantó una mano.

– Sí, hola, Mark.

Kara inhaló profundamente y contó a la persona en el teléfono sus pre-Ocupaciones acerca de la variedad Raison, balbuceando lo mejor que pudo. Tropezó con resistencia inmediata.

En realidad no puedo decirle precisamente por qué sospecho esto. Lo único que quiero es que ustedes verifiquen la vacuna. Han recibido una queja de una fuente confiable. Ahora deben investigar…

Kara parpadeó y retiró el auricular del oído.

– ¿Qué? -quiso saber Tom-. ¿Te colgó?

– Sólo dijo: «Se ha tomado nota», y colgó.

– Te lo dije. Dame eso.

Tom agarró el auricular y pulsó un número que había encontrado en Washington, D. C. Tres llamadas y siete transferencias lo conectaron finalmente con subsecretario de la oficina de Bureau for International Narcotics and Law Enforcement Affairs (BINLEA), quien evidentemente informó al subsecretario de asuntos mundiales, quien a su vez informó al ministro de estado. Nada de esto importaba mucho; lo que sí pareció importar fue que Gloria Stephenson pareció una persona razonable. Ella al menos le escuchó su afirmación de que él, primero, tenía información sumamente importante para los intereses de EE.UU., y segundo, debía transmitir de inmediato esa información al departamento correcto.

– Muy bien, ¿puede esperar un momento, Sr. Hunter? Voy a tratar de comunicarlo.

– Seguro.

Ahora intentaban conectarse con algún lugar. El teléfono en el otro extremo sonó tres veces antes de que lo contestaran.

– Bob Macklroy.

– Sí, hola, Bob. ¿Quién es usted?

– Esta es la oficina del secretario adjunto de BINLEA. Soy el secretario.

El mismísimo pez gordo.

– Este, buenos días, Sr. Macklroy. Gracias por recibir mi llamada. Mi nombre es Thomas Hunter, y tengo información respecto de una grave amenaza aquí que estoy tratando de comunicar al departamento adecuado.

– ¿Cuál es la naturaleza de la amenaza?

– Un virus.

– ¿Tiene usted el número de los CDC? -preguntó Macklroy después de un momento de silencio.

– Sí, pero realmente creo que esto está por sobre ellos. En realidad, ya nos comunicamos con ellos, pero nos colgaron.

A Tom se le ocurrió que quizá no tendría todo el día con alguien tan importante como Macklroy, así que decidió comunicar rápidamente el asunto al hombre.

.-Sé que esto podría parecer extraño, y sé que usted no tiene idea de quién soy, pero tiene que escucharme.

– Estoy escuchando.

– ¿Ha oído hablar de la vacuna Raison?

– No puedo decir que sí.

– Es una vacuna que se transmite vía aérea y que está a punto de salir al mercado. Pero hay un problema con la droga.

Le contó a Macklroy acerca de la mutación y devastación posterior sin hacer una pausa.

Silencio.

– ¿Está usted aún allí? -investigó Tom.

– Toda la población de la tierra está a punto de ser diezmada. ¿Es de lo que se trata?

– Sé que parece absurdo -afirmó Tom tragando saliva-, pero eso es… correcto.

– ¿Comprende usted que hay leyes que prohíben difamar a una empresa sin…?

– ¡No intento difamar a Farmacéutica Raison! Esta es una amenaza grave y necesita atención inmediata.

– Lo siento, pero se comunicó con el departamento equivocado. Esto es algo que típicamente manejan los CDC. Ahora, con su permiso, tengo una reunión a la que voy a llegar tarde.

– Por supuesto que va a llegar tarde a una reunión. ¡Todo aquel que quiere salirse del teléfono está siempre atrasado a una reunión!

Kara le estaba indicando que se calmara.

– Mire, Sr. Macklroy, no tenemos aquí mucho tiempo. Francia, Tailandia o quien quiera que tenga jurisdicción sobre Farmacéutica Raison tiene que verificar esto.

– ¿Cuál es exactamente su fuente para esta información?

– ¿Qué quiere usted decir?

– Quiero decir, ¿cómo recibió usted esa información, Sr. Hunter? Usted está haciendo unas acusaciones muy graves… seguramente tiene una fuente creíble.

Tuve un sueño -se le salieron las palabras antes de que pudiera tenerlas.

Kara se puso ambas palmas en la frente y puso los ojos en blanco.

– Ya veo. Muy bien, Tom. Estamos desperdiciando aquí dinero de impuestos.

– ¡Puedo probárselo! -exclamó Tom.

– Lo siento, pero ahora realmente voy a llegar tarde a una reu…

– ¡También sé quién va a ganar el Derby de Kentucky esta tarde! -le gritó al auricular-. Volador Feliz.

– Que tenga buen día, señor. La comunicación se cortó.

Tom miró a Kara, quien caminaba de un lado a otro y negaba con la cabeza.

– Idiotas. No asombra que la nación se esté viniendo abajo -opinó j mientras depositaba el auricular en la horquilla.

Se cerró de un portazo la puerta de un auto afuera en el estacionamiento.

– Bueno -señaló Kara.

– ¿Bueno qué?

– Bueno, al menos lo hemos reportado. Tienes que admitirlo, parece un poco absurdo.

– Reportarlo no es suficiente -expresó Tom, yendo hacia las ventanas ¡ de la sala; hizo a un lado una de las cortinas.

– Por qué no hacemos algunos carteles y nos paramos en la esquina; i quizá eso capte la atención de ellos -bromeó Kara-. Llegó el Armagedón. '

Tom soltó la cortina y retrocedió.

– ¿Qué?

– ¡Están aquí!

Él logró ver a tres de ellos, acercándose de puerta en puerta, en su piso.

– ¡Tenemos que salir de aquí! -exclamó Tom, saltando hacia su dormitorio-. Agarra tu pasaporte, dinero, cualquier cosa que tengas.

– ¡No estoy vestida!

– ¡Entonces apúrate! -acosó él mirando la puerta-. Tenemos un minuto. Tal vez.

– ¿Adónde vamos? Él entró corriendo a su habitación.

– ¡Thomas!

– ¡Sólo ve! Ve, ¡ve!

Él agarró sus documentos de viaje y los metió en una cartera que siempre usaba cuando viajaba. Dinero… doscientos dólares era todo lo que había aquí. Esperaba que Kara tuviera algo de efectivo.

Su cepillo de dientes, un par de pantalones, tres camisetas, ropa interior, un par de medias. ¿Qué más? Piensa. Eso era todo; no había tiempo.

– ¡Kara! -llamó él entrando a la sala.

– ¡Aguarda un momento! ¡Te podría matar.

Los gritos de ellos despertarían a los vecinos.

– ¡Apúrate! -susurró él con voz ronca.

Ella farfulló algo.

– ¿Qué más? ¿Qué más? ¿Las cuentas? Agarró la canasta de cuentas, las metió a su maleta, y asió el machete de la mesa de centro.

Kara salió corriendo, precipitadamente vestida con pantalón negro y camiseta amarilla. Tenía el pelo recogido, una cartera blanca debajo del brazo. Parecía un canario listo para un crucero a las Bahamas.

– Vamos a regresar, ¿no es así? -preguntó ella.

– Agáchate y permanece justo detrás de mí -ordenó Tom, corriendo hacia la puerta corrediza de vidrio en la parte trasera. Devolvió la cortina a su lugar… el estacionamiento trasero parecía despejado. Salieron, y él cerró la puerta detrás de ellos.

– Muy bien, rápido pero no tan evidente. Quédate detrás de mí -repitió él.

Bajaron corriendo las escaleras metálicas y se dirigieron al Célica de Kara. No había indicio de los hombres que en este momento debían estar golpeando la puerta principal.

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