– ¿Dudas que Elyon le haya devuelto la vida a mi hijo aquí en tu altar?
– ¿Es eso lo que viste? -objetó Qurong, y miró la masacre-. Es claro que aquí hay poderes en acción que ninguno de nosotros comprende. Pero yo vi más. Mucho más.
– Viste el poder vivificante de Elyon dispersando a cien mil shataikis e infundiendo nueva vida en mi hijo.
– Vi el poder de Teeleh. Y veo que doscientos de sus siervos han sido asesinados. Ahora que has matado a doscientos sacerdotes, si yo fuera a llevarte cautivo ya no te verían como mártir.
– Padre…
Ahora era Samuel quien prevenía.
– Tu hija clama por ti cada día -declaró Thomas tranquilamente, poco molesto por la amenaza directa de Qurong-. Nunca he visto a una hija amar a un padre del modo en que ella te ama.
Las palabras traspasaron como una daga, y por un momento Qurong no supo qué decir. Luego la ira le inundó el corazón.
– No tengo hija.
– ¡Ahora!
La mujer y el albino al lado de ella habían exclamado juntos la orden, inesperadamente, como si la palabra fuera una señal acordada. Thomas giró y corrió detrás de Samuel y los otros, optando por seguir sobre huesos de muertos, directamente hacia los caballos. La velocidad con que los albinos podían moverse nunca dejaba de asombrar a Qurong.
– ¡Deténganlos!
– Viste el poder de aquel a quien servimos -gritó la mujer, saltando sobre uno de los cuatro caballos albinos atados a una estaca.
Hasta Cassak titubeó. Los albinos ya estaban inclinados sobre los cuellos de sus monturas, azotando la grupa de los animales, con el cabello ondeándoles hacia atrás mientras galopaban directo hacia el lejano anillo de rocas. Habían pasado años desde que Qurong persiguiera albinos a campo raso, y verlos huir le clarificó la razón. Se movían al doble, quizás al triple, de velocidad que sus guturales. Sus hombres podrían igualarlos en fortaleza, pero este veloz movimiento era una habilidad que lo asombraba. Algo fantástico.
– ¡Tras ellos, idiota! -le vociferó a su general.
– Cierren la brecha -ordenó el hombre como si saliera de un trance-. ¡Tras ellos!
– Los quiero de vuelta, muertos o vivos -gritó Qurong-. ¡O tú o Thomas, Cassak! ¡No recorrí todo este camino para ver magos realizando trucos!
– Comprendido, señor -respondió el general, luego se dirigió a los guerreros detrás de ellos-. Markus, Ceril, bajen por detrás y corten el paso de Mirrado al occidente. Manténganse en terreno alto. Si ellos escapan, Ba'al los decapitará a ustedes.
Los albinos llegaron a las rocas como veinte pasos antes que el primero de los guturales, y pasaron volando el perímetro al doble de la velocidad de los asesinos. Subieron al borde de la depresión y desaparecieron en el oscuro horizonte.
Qurong maldijo en voz alta e hizo volver su caballo. La guardia personal, una docena de corpulentos soldados, esperaba alineada. Ba'al ya había huido al lugar alto, dejando que los buitres o los shataikis, cualquiera que se atreviera a volver más pronto, se alimentaran de los restos de los doscientos cadáveres. El sumo sacerdote rabiaría como un tigre herido y se volvería más peligroso que antes.
Pero no era temor a Ba'al lo que martillaba en la cabeza de Qurong mientras galopaba al sur hacia Ciudad Qurongi. Tampoco era el deseo de agarrar a Thomas y encerrarlo en un profundo foso hasta matarlo de hambre; ni los mestizos eramitas ^e sin duda tramaban su derrocamiento incluso ahora.
Todos estos problemas le gritaban, llamándole la atención, pero ninguno tan fuerte como las siete palabras expresadas por Thomas antes de huir.
Tu hija clama por ti cada día.
KARA HUNTER corrió por el pasillo, acalorada, no porque Bangkok fuera una ciudad húmeda a pesar de la época del año, sino porque una bomba le acababa de explotar en el pecho.
Sangre. Más exactamente, la sangre de Thomas.
¿Por qué la vida siempre era cuestión de sangre? La sangre de un cordero expiatorio para borrar el pecado. La sangre de Cristo para beber en memoria. La sangre de inocentes para saciar las ansias asesinas en criaturas nocturnas. La vacuna Raison, acabando con su huésped a través de la corriente sanguínea.
La sangre se había llevado a su hermano, Thomas, al interior de una realidad que lo cambió todo. Ella sabía eso porque lo había seguido, usando esa misma sangre, y lo que descubrió la dejó perpleja.
Cuando todo acabó y el mundo se entregó de lleno a la recuperación, ella y Monique habían escondido un frasquito de esa preciosa sangre. Solo una ampolla, diez centímetros cúbicos para ser exactos. Todo por motivos comprensibles, hasta nobles. Ellas habían tenido prevista cualquier amenaza lógica.
Pero nunca imaginaron que un maníaco pelirrojo llamado Billy pudiera leer las mentes. Peor aún, nunca pensaron que Janae, la propia hija de Monique, se tiraría voluntariamente a un foso de víboras con este extraño de Paradise, Colorado.
¿En qué pudo ella haber estado pensando?
Kara mostró la credencial de identidad al guardia de seguridad vestido de blanco, que utilizó su propia tarjeta de admisión para abrir la pesada puerta de acero hacia el seguro laboratorio. El pasillo terminaba en una segunda puerta, también bajo protección.
– Buenos días, Srta. Hunter. Ella desea que usted se ponga el equipo contra peligros biológicos.
Kara quiso objetar. La vacuna Raison B solo se podía contraer por medio de contacto directo. Sin embargo, asintió y atravesó la puerta de cristal e ingresó a un salo0 equipado con vestimentas blancas a prueba de riesgos biológicos y una llovizna de humedad química. Se puso una de las batas y unos guantes negros, pero no se molestó en usar el equipo para la cabeza ni en cerrarse la bata. Era prudente una barrera contra contacto accidental, pero no tenía ningún sentido entrar como un oso polar.
Atravesó un estrecho corredor y pasó una segunda puerta de vidrio que se deslizó con un fuerte zumbido. Siete técnicos de laboratorio estaban trabajando, tres en sus estaciones, y cuatro de pie con los brazos cruzados, absortos en una discusión que se acalló cuando Kara atravesó el salón.
Monique estaba fuera del cuarto de cuarentena, con las manos en las caderas, vestida igual que Kara, mirando las camillas en el interior a través de uno de los paneles de cristal. Kara vio las figuras acostadas, vestidas en ropa de calle y no en el típico atuendo de laboratorio. Janae con un vestido negro corto, como era de esperar. Billy usaba la ropa con la que había llegado: pantalones vaqueros y camiseta.
El engreído narcisista.
– ¿Cuánto hace? -exigió saber, deteniéndose al lado de Monique.
A diferencia de Thomas, Monique había estado más involucrada en la creación del primer virus que cualquier otra persona viva. La mujer suspiró.
– Basándonos en el cultivo bacteriológico que estamos examinando -informó, y asintió hacia el nítido salón opuesto a este-, calcularía que hace unas ocho horas.
– Por tanto, tenemos tiempo.
– Algo. No mucho. Ella inyectó un centímetro cúbico completo para cada uno.
– ¿Qué? ¿Se le fue la cabeza?
Monique solamente la miró, inexpresiva.
– Estúpida pregunta, lo siento.
– ¿Fue así? -preguntó Monique, volviendo a mirar a su hija acostada paralela a Billy Rediger.
Ellos yacían sobre sus espaldas, las manos cruzadas sobre los pechos que subían y bajaban al unísono. Perdidos para este mundo.
– El caso es que no creo que Janae haya perdido el juicio -se contestó Moniquee. – Ella sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Monique apretó la mandíbula, cerró los ojos y los volvió a abrir, aún inexpresiva, es como expresaba desdén por sí misma.
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