¿Cuánto tiempo más podrían persistir? Los tajos dejaban de fluir solo cuando los sacerdotes no se escurrían los brazos sobre el cuerpo de Samuel, pero solo era cuestión de tiempo que se desplomaran. Por ahora se tambaleaban, acompañando al flagrante clamor de Ba'al por salvación.
– ¡Él no te puede oír! -voceó Thomas.
– Mi señor se ha mostrado a través de sus siervos, pero no hay señal de tu impotente Dios -contestó Ba'al estirando el brazo hacia Thomas y señalando con un dedo acusador-. El dragón del cielo devorará al muchacho. La tribulación que has padecido todos estos años, huyendo del príncipe de este mundo, ha concluido ahora. ¡Te inclinarás o serás consumido!
La autoridad con que el sacerdote vociferó su anuncio hizo que se le revolviera el estómago a Thomas. La última reserva de paciencia se le derritió como hielo bajo candela. Pero en vez de levantar la voz por encima de la disonancia, escogió cuidadosamente las palabras modulando cada una para que no pudiera haber equivocación.
– Elyon se muestra ahora, a todos los que tienen ojos para ver. Él vive a través de mí y a través de aquel a quien intentas matar sobre tu sangriento altar. El dragón trató de matar una vez al Creador, pero Elyon aún vive, en sus siervos, libres de enfermedad. Tú has cometido un error, mestizo. Estás sirviendo al dios equivocado.
– ¡Más! -gritó Ba'al volviéndose hacia sus sacerdotes-. Vacíense. Mueran por su señor, gusanos inmundos. Derramen su sangre sobre este hijo antes de que Teeleh mismo los consuma.
Thomas observó con espanto mientras cada uno de los sacerdotes saltaba sobre el altar por tercera vez, tajándose brazos y pechos en total frenesí. Les brotaba sangre de las heridas, que se derramaba sobre Samuel y caía en un foso de un metro de ancho en la base.
Samuel yacía inmóvil, respirando firmemente. Tenía tanto el cabello como el taparrabos empapados de sangre. Cualquiera sin un mejor criterio supondría sin duda alguna que la piel al muchacho se la habían arrancado de los músculos.
Jamous y Mikil miraban para otra parte abrazados, susurrando protestas u oraciones, o ambas cosas.
Pero Thomas no podía apartarse de su hijo. Solo podía mirar a través de ojos llorosos y suplicar compasión a Elyon.
El primer sacerdote en morir se desplomó estando aún sobre el altar, tratando de desangrarse sobre Samuel. No pasaría nada; el tipo no había practicado antes suficiente control de sí mismo. Lanzando un gruñido el sacerdote apretó el brazo izquierdo con la mano derecha, pero no produjo más sangre.
Ba'al chilló e hizo oscilar la espada. La hoja cortó hábilmente el brazo del hombre en el codo. Chorreó más sangre.
El sujeto se miró en silencio el brazo, intentó mantenerse en pie, luego perdió el equilibrio y rebotó en una de las esquinas del altar, quedando inmóvil en el suelo.
– ¡Sangren! -gritaba Ba'al-. ¡Sangren o yo los desangraré a todos!
Los sacerdotes se encaramaron al altar y ofrecieron su sangre para saciar a la bestia.
Sí, se trataba de su hijo, pero Thomas ya no podía seguir parado mirando. El código del círculo demandaba que a ningún hombre, mujer o niño que sufriera se le debía dejar sufrir solo. Todos se afligirían con el afligido, llorarían con el abatido, y por encima de todo no cerrarían los ojos para proteger sus propios corazones cuando otro padeciera dolor o muerte.
Pero esto… Elyon, Oh, Elyon…
Thomas se apoyó en una rodilla y se estabilizó. Ya no tenía palabras para Elyon. Inclinó la cabeza. Con el primer flujo de lágrimas su determinación desapareció V sintió que caía bruscamente a tierra. El sufrimiento se le extendía desde el corazón, impidiéndole respirar. Colocó juntas las rodillas, se tendió de costado, y lloró.
Los gemidos de los sacerdotes se abrían paso en medio de la noche mientras se sonreían de pie sobre el altar, ofreciéndose a Teeleh. Entonces Thomas presionó el rostro en tierra y se desconectó del mundo.
Si pudiera retirarse como lo había hecho alguna vez, lo haría. Dormiría aquí y despertaría en otro mundo donde había cambiado la historia. Nueva York. Bangkok. Francia.
Nunca había podido confirmar con certeza qué mundo de sus sueños era real, pero le había servido bien cuando todo parecía totalmente perdido aquí.
Pero soñar solamente lo metería ahora en un mundo lleno de imaginaciones. Había otra manera, él estaba seguro de eso. Otro sendero dentro de la historia. Si solo pudiera saltar al altar, levantar a su hijo y desaparecer allí ahora…
Thomas se detuvo. Estaba aquí en el mundo real, en Ba'al Bek con el siniestro sacerdote y sus doscientos adoradores paganos. Su hijo se hallaba atado a un altar, esperando ver si Teeleh bajaría en picada desde el mar de shataikis apiñados y lo consumiría.
Este era el mundo en que estaba Thomas de Hunter, y era una realidad totalmente fuera de su control. Entonces presionó la cara contra la arena, apretó los húmedos ojos y sacó todo de la mente menos a Elyon.
– ¿A QUÉ distancia? -gritó Chelise, palmoteando el caballo mientras ellas resollaban de furia sobre el borde del cañón.
El corcel se deslizó por la pronunciada inclinación, bufando en protesta. Pero los caballos ya estaban acostumbrados a los más abruptos terrenos, y ella dejó que el animal siguiera adelante, inclinándose de espaldas de modo que los hombros descansaron en las ancas del noble bruto.
El jamelgo saltó por el aire a diez pasos del fondo, lanzándose paralelo a la tierra para amortiguar la pendiente. Marie cabalgaba tres zancadas adelante, azotando su jamelgo con una corta correa de cuero.
Los shataikis tenían que estar ciegos para no notar a las dos albinas corriendo por los cañones que subían hacia Ba'al Bek, donde Thomas estaba muerto o a punto de morir. Las negras bestias se habían acomodado sobre la meseta como una tapa suspendida, tan cerca y tan bajo que Chelise les lograba ver los ojos rojos y vacíos.
– ¿Cuánto tiempo? -exigió saber Marie.
– ¿He estado aquí antes? Tú cabalga.
Cabalgar sin más. Directo a la trampa. Seguía siendo un misterio para Chelise qué podrían tratar de conseguir dos albinas sin nada más que fruta contra una horda de shataikis. Pero no había ninguna posibilidad de cambiar la situación.
Este desafío que Thomas había lanzado tenía más que ver que con la división del círculo. Tenía que ver con cada uno de ellos. De Chelise. De su padre. Aquí, en Ba'al Bek, convergían los mundos de ella, el pasado y el presente. ¡Su padre debía unírsele y unirse al círculo antes que fuera demasiado tarde!
Si ella pudiera lograrlo, su vida estaría llena.
Cada hueso del cuerpo traicionaba su resuelto objetivo mientras azotaba el caballo, haciendo caso omiso a la amenaza que giraba por encima de ellas. Los dedos se le aferraban de las riendas, los músculos le tensaban los tonificados brazos, el cuello se le estiraba hacia adelante mientras el cabello se le sacudía por detrás de la cabeza. Ahora no había cómo negar su obsesión.
– Chelise…
– ¡Cabalga, Marie! Mantén la boca cerrada y corre.
***
LOS GEMIDOS se estaban desvaneciendo.
Thomas abrió los ojos y miró la arena, oyendo con atención.
La mente no le estaba jugando una broma; casi habían cesado los gritos. Estaba claro que ya no se oía el clamor de Ba'al. ¿Había renunciado el sumo sacerdote, aislándose en su sufrimiento? ¿Cuánto tiempo había pasado?
Thomas levantó la cabeza, irguiéndose del suelo. La escena le quitó el aliento. Había cuerpos esparcidos por tierra, quietos. Solo Ba'al y cuatro sacerdotes se hallaban aún de pie. Los demás habían sangrado hasta morir.
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