Frank lo dejó sin decir una palabra.
El cielo era ahora de un violeta intenso, rasgado por cirros amarillos. Frank pasó junto a dos figuras que llevaban máscaras de cerámica blanca, los antiguos personajes de la Comedia y la Tragedia, esposados juntos. Las calles de la ciudad se habían oscurecido y las ventanas resplandecían, revelando dentro siluetas que estaban de fiesta. Unos ojos grandes se movían inquietos en cada máscara desdibujada, buscando la fuente de la tensión que había en el aire. Bajo el chapoteo de la marea de la multitud había un sonido grave y perturbador.
No debería haberse sorprendido, no debería. Conocía a John todo lo bien que se puede conocer a otra persona, quizás. Avanzó entre los árboles del parque, bajo las hojas del tamaño de manos de los sicómoros. ¿Cuándo había sido distinto? Todo ese tiempo juntos, esos años de amistad; pero nada de todo eso importaba ahora. Otra clase de diplomacia.
Miró su reloj. Casi las once. Tenía una cita con Selim. Otra cita. Una vida de días divididos en cuartos de hora lo había acostumbrado a correr de una cita a la siguiente, cambiando de máscara, abordando crisis tras crisis, dirigiendo, manipulando, haciendo negocios con una agitación febril que no terminaba nunca; y aquí había una celebración, Mardi Gras, Fassnacht, y él seguía como de costumbre. No era capaz de recordar ninguna otra manera.
Llegó al emplazamiento de una obra, un armazón esquelético de magnesio rodeado de pilas de ladrillos y arena y adoquines. Un descuido haber dejado esas cosas ahí. Se llenó los bolsillos de la chaqueta con trozos de ladrillo. Al incorporarse, vio a alguien que lo observaba desde el otro lado del emplazamiento: un hombrecito de cara delgada bajo unas trenzas negras y rígidas. Algo en su expresión era desconcertante, como si el extraño viera a través de las máscaras de Chalmers y estuviera mirándolo con tanta atención porque se daba cuenta de lo que pensaba, de lo que estaba planeando.
Asustado, Chalmers se retiró rápidamente hacia el fondo del parque. Cuando estuvo seguro de que había perdido al hombre y de que nadie más lo vigilaba, empezó a arrojar con fuerza piedras y ladrillos hacia la parte baja de la ciudad. ¡Y también una para ese extraño, en plena cara! Arriba, la estructura de la tienda no era más que una trama difusa de estrellas ocultas; parecía que estuvieran al aire libre en un frío viento nocturno. Habían puesto al máximo la circulación del aire aquella noche, por supuesto. Cristales rotos, gritos, alguien que chillaba. Ciertamente había mucho ruido, la gente se estaba desmandando. Tiró un último adoquín a una ventana grande e iluminada al otro lado de la hierba. Erró el blanco. Se escabulló entre los árboles.
Cerca del muro meridional vio a alguien bajo un sicómoro… Selim, que daba vueltas, inquieto.
—Selim —llamó en voz baja, sudando.
Metió la mano en el bolsillo, tanteó con cautela la bolsa y palpó el trío de parches que había obtenido en la granja. La sinergia podía ser muy poderosa, para bien o para mal. Avanzó y abrazó toscamente al joven árabe. El contenido de los parches atravesó la camisa de algodón de Selim. Frank se apartó.
Ahora Selim disponía de unas seis horas.
—¿Hablaste con Boone?
—Lo intenté —dijo Chalmers—. No escuchó. Me mintió. —Era tan fácil fingir aflicción…— ¡Veinticinco años de amistad y me mintió! — Golpeó el tronco de un árbol con la palma de la mano y los parches se perdieron volando en la oscuridad. Se dominó—. La coalición va a recomendar para todos los asentamientos a los países que firmaron el primer tratado. —Era posible; y ciertamente era plausible.
—¡Nos odia! —gritó Selim.
—Odia todo lo que se le interpone en el camino. Y puede ver que el islam aún es una fuerza real en las vidas de las gentes. Les moldea la forma en que piensan y eso no lo soporta.
Selim se estremeció. Los ojos le brillaban en la oscuridad.
—Hay que detenerlo.
Frank se hizo a un lado y se apoyó en un árbol.
—Yo… no sé.
—Tú mismo lo dijiste. Las palabras no significan nada.
Frank se abrazó al árbol, sintiéndose mareado. Idiota, pensó, las palabras significan todo. ¡No somos más que un intercambio de información, las palabras son todo lo que tenemos!
De nuevo se acercó a Selim y preguntó:
—¿Cómo?
—El planeta. Es nuestra única posibilidad.
—Esta noche las puertas de la ciudad están cerradas. —Eso detuvo a Selim. Empezó a retorcerse las manos. Frank añadió:— Aunque la puerta que da a la granja aún está abierta.
—Pero las puertas exteriores estarán cerradas.
Frank se encogió de hombros, y dejó que Selim pensara en la solución.
Y casi en el acto Selim parpadeó y dijo:
—Ah. —Y de pronto ya no estaba allí.
Frank se sentó en el suelo, entre los árboles. Era una tierra arenosa, marrón y húmeda, producto de mucha ingeniería. Nada en la ciudad era natural, nada.
Después de un rato se levantó. Caminó por el parque, mirando a la gente. Si encuentro una persona buena, ciudad, salvaré a ese hombre. Pero, en un espacio abierto, unas figuras enmascaradas se estaban enzarzando en una pelea, rodeadas por espectadores que olían la sangre. Frank regresó al emplazamiento de la obra en busca de más ladrillos. Los tiró y algunas personas lo vieron, y corrió a esconderse entre los árboles, en la pequeña selva cubierta por la tienda, escapando de los predadores mientras se sentía intoxicado de adrenalina, la mejor droga de todas. Rió salvajemente.
De pronto descubrió a Maya, sola de pie junto a la plataforma provisional del vértice. Llevaba una máscara blanca, pero sin duda era ella: las proporciones, el cabello, el mismo porte, todo inequívocamente Maya Toitovna. Los primeros cien, el pequeño grupo; ya eran los únicos que para él estaban realmente vivos, los demás eran fantasmas. Frank corrió hacia ella, tropezando en el terreno irregular. Apretó con fuerza una piedra enterrada en uno de los bolsillos de la chaqueta, pensando:
«Vamos, zorra. Di algo para salvarlo. ¡Di algo que me haga recorrer toda la ciudad para salvarlo!».
Ella lo oyó acercarse y se volvió. Lucía una máscara blanca fosforescente con lentejuelas metálicas de color azul. Era difícil verle los ojos.
—Hola, Frank —dijo, como si él no llevara máscara.
Estuvo a punto de girar en redondo y huir. El reconocimiento era más que suficiente. Pero se quedó.
—Hola, Maya. Fue una bonita puesta de sol, ¿no?
—Espectacular. La naturaleza no tiene medida. Sólo era la inauguración de una ciudad, pero me pareció el Día del Juicio Final. Estaban bajo una farola, de pie sobre sus sombras.
—¿Lo has pasado bien? —preguntó ella.
—Mucho. ¿Y tú?
—Se está descontrolando un poco.
—Es comprensible, ¿no crees? Hemos salido de nuestros agujeros, Maya, ¡por fin estamos en la superficie! ¡Y qué superficie! Sólo consigues estas vistas inmensas en Tharsis.
—Es un buen sitio —concedió ella.
—Será una gran ciudad —predijo Frank—. Pero ¿dónde vives últimamente, Maya?
—En la Colina Subterránea, Frank, como siempre. Tendrías que saberlo.
—Pero nunca estás allí, ¿no? Hacía un año o más que no te veía.
—¿Ha pasado tanto? Bueno, he estado en Hellas. ¿No te enteraste?
—¿Quién me lo iba a decir?
Ella sacudió la cabeza y las lentejuelas azules rutilaron.
—Frank. —Se hizo a un lado, como para alejarse de las implicaciones de la pregunta.
Enojado, Frank la rodeó y le cerró el paso.
—Aquella vez en el Ares — dijo. Tenía la voz tensa, y movió el cuello para aflojar la garganta—. ¿Qué pasó, Maya? ¿Qué pasó?
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