– Debe de ser su deidad, el busto de un dios zoomorfico -dijo Susan-. Fíjate, transmite una sensación de… de odio.
Quienquiera, o lo que fuera, que creara a este engendro es malvado, pura y simplemente malvado. Es un dios pagano del mal y la muerte.
– Esto es un santuario, de acuerdo -concedió Matt. Observó las manchas rojas incrustadas en las rocas de los alrededores y coloco un madero erguido justo debajo de la estatua-. No me sorprendería que celebrasen sacrificios aquí mismo.
No tardaron mucho en descubrir los cráneos. Estaban junto a la pared, a un lado del icono, en un rincón oscuro y discreto. El haz de la linterna de Matt los recorrió lentamente, iluminándolos uno por uno como pavorosas mascaras colgadas en la pared de una galería de arte. Eran claramente cráneos humanos, con la ancha frente reluciente y los maxilares alargados. Uno estaba ligeramente ladeado, lo que les permitió descubrir un revelador orificio en la base de la espalda, justo por encima de la espina dorsal. El cerebro había sido extraído.
– ¡Matt! -Exclamó Susan-. ¡Son devoradores de cerebros!
La luz de Matt siguió su recorrido y vieron otra cosa que les hizo contener el aliento. En una punta había una cabeza nueva, el trofeo mas reciente. Había sido arrancada brutalmente y de la mejilla colgaban jirones de arterias y huesos ennegrecidos. Estaba casi irreconocible porque le habían arrancado demasiada carne, pero no cabía duda de que se trataba de Sharafidin.
Matt sintió nauseas. Susan sufrió una violenta arcada. Van permaneció en silencio.
– Bueno, ahora ya lo sabemos -dijo Matt al cabo de un minuto.
– No podemos dejarla ahí-suplico Susan-. Tenemos que hacer algo.
– ¿Esta loca? -replico bruscamente Van-. No es el momento ni el lugar apropiado para celebrar un funeral. Será mejor que nos larguemos o acabaremos así.
No era difícil interpretar la envergadura de su miedo, porque temblaba ostensiblemente.
Del extremo opuesto de la caverna llego un ruido parecido al de una roca al rodar por el suelo. Matt noto que Susan le apretaba el brazo y apago la luz, pero era demasiado tarde.
De pronto, un agudo chillido retumbo en la caverna, un gritó distinto de cualquier cosa que ninguno de ellos hubiera oído jamás, penetrante y lastimero. Sonaba como si un juego de cuerdas vocales humanas se hubiera tensado al máximo y soltado de pronto como un instrumento. Resonó por toda la caverna y de punta a punta de los pasadizos laterales.
Al otro lado de la caverna, sobre una alta cornisa que no habían advertido hasta entonces, una figura en penumbra, de pequeña estatura, los escrutaba desde arriba. Un niño, pensó Susan. Entonces volvió a gritar.
Se abalanzaron hacia el pasadizo mas próximo, remontando la pendiente de roca como propulsados por una hélice, sin detenerse a elegir una vía de escape. Oyeron el tropel de sus propios pasos rebotando en las paredes, pero inmediatamente sonaron otros pasos que no eran suyos. Les pareció que el ruido venia de atrás, pero no estaban seguros.
Apretaron el paso sin resuello por la altitud y con una sensación de mareo por la rancia atmósfera de las cuevas.
– No puedo seguir mucho mas -logro articular Van entre jadeos.
Había empezado a trastabillar de vez en cuando y sus brazos se balanceaban junto a sus costados como colgajos inútiles.
– No te detengas ahora, por el amor de Dios -gritó Matt.
Pero el rostro de Van estaba demacrado, exangüe. No durara mucho mas, pensó Matt, y es el quien tiene el revolver.
El pasadizo llego bruscamente a su fin y se encontraron en una oscura garganta. Matt enfoco la linterna ante ellos.
Había un puente de piedra que cruzaba un barranco. Era imposible saber cuanto resistiría.
– Es nuestra única esperanza -dijo-. Tenemos que pasar de uno en uno.
Van, todavía sin aliento, asintió con la cabeza.
– Si lo cruzamos, no podrán atacarnos todos a la vez. Si intentan atravesar el puente, les tenderemos una emboscada.
– Blandió el revolver y lo sostuvo en alto, ladeado.
Susan cruzo la primera. No miro hacia abajo y se demoro todo lo necesario para asegurarse de no perder pie. A mitad de camino, en equilibrio sobre la fosa en penumbra, oyó que los pasos sonaban cada vez mas fuertes. Se apresuro y llego al otro lado sana y salva. Después cruzo Van y finalmente Matt.
Se acurrucaron tras la entrada de un pasadizo que arrancaba al otro lado del puente y esperaron. Pronto, con un clamor, las criaturas llegaron atropelladamente a la garganta.
Vieron a los tres seres humanos al otro lado de la divisoria y, al instante, se quedaron inmóviles y el ruido se extinguió.
A tan escasa distancia, su aspecto era verdaderamente horrible. Su pelo roñoso caía sobre sus hombros sudorosos, recubiertos de costras de suciedad. Bizqueaban ligeramente y enseñaban los dientes, que no incluían caninos. La mayoría de ellos llevaba porras. Algunos tenían unas armas largas y estrechas, parecidas a estiletes. Empezaron a dar saltitos sin moverse del sitio, flexionando ligeramente las rodillas y gruñendo de excitación.
Uno dio un paso al frente, en dirección al puente. Empezó a cruzarlo sin titubear, avanzando con cautela pero también con paso firme. Otro se coloco detrás de el. Al llegar a la mitad, el primero se detuvo un momento, desconcertado.
Los miraba fijamente. ¿Por que no huían corriendo? ¿Que era aquel objeto que empuñaba uno de ellos?
Van alzo el revolver y apunto al pechó de la criatura. Su mano temblaba.
– ¡Ahora! -Gritó Matt-. ¡Adelante, hazlo!
Su voz resonó por toda la garganta. Las criaturas menearon bruscamente la cabeza en varias direcciones y lo miraron sin apartar la vista; el que estaba en el puente se detuvo una vez mas y se irguió, ofreciendo un blanco perfecto. Tampoco entonces disparo Van.
– ¿Que demonios estas esperando? -aulló Matt. Van estaba demasiado paralizado para disparar-. ¡Dámelo si no puedes hacerlo!
Pero entonces oyó la detonación junto a su oído y vio la sacudida de la muñeca de Van al ser proyectada hacia arriba y hacia atrás. La criatura que se erguía en el centro del puente pareció sorprenderse del agujero que apareció en el centro de su pechó, del que empezó a manar sangre. Matt miro a las demás; se habían encogido al oír el fuerte ruido, y parecían aturdidos e incluso asustados. El del puente se toco el pechó, confundido, pero justo en aquel instante, el eco de la explosión llego hasta ellos con un gran estruendo a través del barranco y se alejo retumbando en otra dirección. Pareció aumentar de volumen hasta que se oyó un crujido, un desplome, otro sonido mas grave, y empezaron a caer rocas. El ruido se prolongo hasta convertirse en un temblor similar al de un terremoto, y a medida que caían las rocas, la garganta se lleno de polvo, entorpeciendo la visión.
– ¡Desprendimiento! -gritó Susan, mientras caían hacia atrás.
En aquel momento, la tierra pareció desmoronarse por encima de sus cabezas y, con un ruido ensordecedor, se desplomo sobre ellos un peso implacable, tan deprisa que no tuvieron tiempo de sentir el dolor. Matt se precipito por una espiral descendente hacia la oscuridad y la nada.
Se despertó sin conciencia de haber estado sin sentido. Lo primero que noto fue un peso sobre sus piernas y una especie de entumecimiento. Estaba tendido, a oscuras. Apenas podía respirar debido al polvo. No sabia donde se encontraba ni que había sucedido.
Fue recordándolo todo progresivamente: las pinturas de la pared de la cueva, el momento en que vio a las criaturas en la nieve, la muerte de Rudy, la persecución, la caverna, el disparo. Intento mover las piernas y descubrió que no podía. ¿Se las habría aplastado el derrumbamiento? ¿Era así como se sentiría si no tuviera piernas? Se toco los bolsillos por fuera con las palmas de las maños. Percibió el contorno de una navaja y una caja de cerillas. Recordaba que las cerillas eran de Rudy; se las había dado justo antes de abandonar la caverna. Cuando las saco y encendió una, broto un fogonazo cegador, que disminuyo hasta convertirse en un halo. Matt miro a su alrededor. Vio como sus piernas desaparecían bajo una pared de rocas y tierra que llegaba hasta el techó con una pronunciada pendiente. Después vio sangre en su brazo izquierdo. A través del polvo pudo distinguir una figura tumbada junto a el. Era Susan, hecha un ovillo e inmóvil. Matt no pudo ver si respiraba o no.
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