John Darnton - Ánima

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Nueva York: un chico de trece años yace en la cama de un hospital con el cerebro dañado a causa de un accidente. Dos científicos se hacen cargo de su destino. Ambos médicos alcanzarán juntos un resultado que superará todas las expectativas de la ciencia médica.

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– Sí. No hay duda de que yo soy una parte interesada en este caso.

– Es probable que le pidan que hable, como le dije la otra noche. Le preguntarán por qué quiere que a Tyler le sea retirada toda la asistencia mecánica. Y cuanto más directas sean sus respuestas, mejor. En su mayoría se trata de médicos y científicos. Son receptivos al sentido común, no a los sentimientos.

– Lo que me está diciendo es que no debería expresar lo que siento.

– No, no se trata de eso. Sólo que tenga cuidado al decirlo. No vuelque sobre ellos de golpe todo lo que siente. No los ponga entre la espada y la pared.

– Yo soy el que está entre la espada y la pared.

– Bueno, no son criminales. No están tratando de hacerle daño a Tyler. No debe olvidarlo: todo esto comenzó con ellos intentando salvarle la vida. Y, al principio, usted estaba de acuerdo. Lo que ha ocurrido es que usted ha cambiado de opinión y ellos, no.

– Porque ellos quieren probar nuevos juguetes. No porque realmente estén pensando en el bienestar de Tyler.

– Tal vez en parte tenga razón. ¿Y qué? ¿Qué importancia tiene que intervenga un poco de orgullo profesional, de arrogancia incluso? Eso no importa, siempre que acaben por hacer un bien.

– Eso fue lo mismo que pensé al principio. Pero ahora la situación ha cambiado.

Su tono de voz se estaba elevando y a Kate le preocupó que llamase la atención de los hombres de expresión grave que comenzaban a entrar en la sala y a llenar las filas de asientos. Eso no era lo que ella pretendía. Ella quería que Scott se calmase, no que se alterase.

La gente siguió entrando, médicos, algunos con elegantes trajes hechos a medida, otros con indumentaria informal, chaquetas de lino con finos zapatos italianos. Kate vio a las dos

1. Programa del fondo de seguro social de asistencia médica estadunidense para personas mayores de sesenta y cinco años. (N. del T.)

enfermeras que acompañaban a Saramaggio en el quirófano. Ambas se sentaron juntas en la última fila, susurrando y mirando hacia donde ella se encontraba. Se preguntó de qué estarían hablando, pero luego decidió que no le importaba.

– Una cosa más -dijo ella, cubriéndose la boca con la palma de la mano porque los asientos contiguos ya estaban ocupados-. Esto quizá le suene extraño pero, técnicamente, su decisión no es vinculante. Lo que quiero decir es que, aunque decidan en contra de Saramaggio, él podría continuar con la operación. Sólo significa que estará solo y corriendo un riesgo.

– ¿Y qué se supone que significa eso?

– Bueno, por un lado, que Saramaggio no contaría con demasiado respaldo si usted decidiera llevar la cuestión más allá… fuera de aquí.

– Quiere decir… si decido llevar este asunto ante un tribunal.

– Sí.

Las diez sillas del estrado ya estaban casi todas ocupadas. Robert Kellman, el presidente, estaba sentado en el centro. Reunía todos los requisitos para el cargo: senatorial, con mechones de pelo blanco cubriendo las orejas. «Un urólogo», susurró Kate. Los otros eran en su mayoría hombres de mediana edad, de aspecto igualmente graves, casi intercambiables. «Guisantes secos en una vaina», pensó Scott. Había una sola mujer, pálida y seria, delgada como la hoja de un hacha, y Kate le explicó que era la jefa de enfermeras. Un asiento permanecía vacío. Finalmente, un sacerdote de rostro rubicundo apareció para reclamarlo, dejó un maletín junto a él y luego se movió entre las filas de asientos como un político, estrechando una mano aquí y dando una cariñosa palmada allá.

A Scott no le gustó nada: un sacerdote perteneciente a la institución y que probablemente defendería la santidad de la vida humana podía hacerle mucho daño a ese caso. -Por cierto -dijo-, ¿cómo deciden? ¿Votan o qué?

– Sí. Por votación.

Scott sintió que ella se ponía tensa a su lado. Y, cuando se volvió, comprobó cuál era la razón: Saramaggio acababa de sentarse al otro lado del pasillo, junto a Brewster, el administrador del hospital. El neurocirujano estaba mirando a Kate, lanzándole dardos.

Por primera vez, Scott fue consciente de que, al asociarse con su causa, Kate podía estar poniendo su carrera en peligro. De pronto sintió una oleada de gratitud, junto con una punzada de remordimiento. Se había mostrado tan obsesivo, tan egoísta, que ni siquiera había tenido en cuenta las consecuencias para ella. ¿Estaban acostumbrados esos médicos a la discrepancia que acompaña a un debate contencioso? ¿O la deserción de Kate sería considerada como una traición?

Los procedimientos comenzaron con una extensa descripción del estado de Tyler en el momento en que fue trasladado al St. Catherine, repleta de una terminología médica misteriosa que limpió sus heridas e hizo que la narración resultara más fácil de escuchar. No obstante, no podía fingir que ignoraba algunos términos, frases como «destrucción masiva de la corteza lateral izquierda» o «invasión traumática del sistema límbico». Pasar por eso iba a resultar mucho peor de lo que había previsto.

Scott se sintió impresionado al descubrir que el método que habían empleado en el hospital Kingston para preparar a Tyler para su evacuación a Nueva York, envolviéndole la cabeza en hielo para contener la inflamación del cerebro, ya no era el procedimiento recomendado para tratar las heridas cerebrales. «¿Acaso no notifican a la gente esa clase de cambios?», se preguntó.

Luego se le pidió a Saramaggio que presentara su punto de vista. Él pareció tratar la ocasión como una oportunidad para complacerse en la estima que le profesaban sus colegas de profesión. De hecho acercó su silla al estrado e inició una larga descripción de las operaciones: la intensa investigación que se había realizado previamente, los excelentes resultados obtenidos en los experimentos con animales, la forma en que el caso de Tyler encajaba con el protocolo para la primera operación jamás llevada a cabo de extracción, cultivo y reimplantación de células madre reproductivas asistida por ordenador. Era la imagen de la razón y la simpatía.

Uno de los médicos se inclinó ligeramente hacia delante para hacerle una pregunta.

– ¿Podría hablarnos acerca de la consulta hecha con el padre del paciente y de si le explicó todo el procedimiento?

Saramaggio explicó las dos reuniones que había mantenido con Scott y, de alguna manera, hizo que ambos encuentros sonaran más metódicos y exhaustivos de lo que él era capaz de recordar. Explicó cómo había descrito con precisión la penetración del «instrumento romo», las posibilidades de que ya hubiese provocado un daño irreparable en el cerebro del chico, la nueva investigación que se estaba llevando a cabo en el campo de las células madre, y la eficacia con la que habían sido reimplantadas en animales. Añadió que él simplemente le había presentado a Scott las alternativas viables e hizo que pareciera como si él se hubiera mostrado tan desinteresado como un camarero que ofrecía elegir entre dos platos del menú.

– Perdón, doctor Saramaggio -preguntó uno de los miembros de la junta-. ¿Cuánto tiempo diría usted que duraron esas sesiones?

Era una pregunta protocolaria, pero Saramaggio pareció desconcertado.

– ¿Cuánto tiempo? -Sí.

– Bueno, la primera tuvo lugar inmediatamente después de la exploración preliminar del paciente y yo diría que se prolongó durante una hora aproximadamente. Resulta difícil…

– Doctor -interrumpió el sacerdote-, ¿usted se reunió por primera vez con el padre, eh, el señor Jessup -miró a Scott con aire paternal-, después de la primera operación? ¿No antes?

– Así es.

– ¿Es eso lo habitual? Yo pensaba que usted podría haber querido…

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