Pero no hizo nada por disminuir los golpes de remo, ya que cada minuto contaba. Cuando pudiese llegar hasta Pierre, tenía la seguridad y la esperanza cierta de tomar contacto con el grupo de Stone, que no rehusarían prestarle la ayuda que necesitaba. Seguramente querrían comprobar su identidad y comprobar su historial e incluso podía ser que imaginaran que él fuese un espía de Finn. Si Harriet estuviera allí, estaría completamente avalado por ella, aunque no estaba seguro de si la chica gozaba del suficiente predicamento acerca de aquel grupo. De todos modos, era una gran oportunidad. Era la esperanza final y no podía desperdiciarla. No tenía otro remedio que localizar a Pierre y encontrar al grupo y hacerles comprender la terrible urgencia de la situación.
Si fracasaba, aquello podía significar el fin de Hamilton y de todos los Hamilton que hubiese por el mundo, además de todos los paranormales aislados que vivían entre gentes normales, disminuidos y asustados entre constantes enemigos.
No morirían todos ellos, por supuesto. Pero la mayor parte de ellos serian esparcidos como hojas al viento, y perdidos prácticamente para quién sabe cuánto tiempo en los últimos rincones de una sociedad hostil y enemiga. Ello significaría que los paranormal-kinéticos perderían la base amplia en que descansaban, cualquiera que fuese no obstante el tácito consentimiento que hasta entonces venían gozando o el imperfecto entendimiento que se había establecido con los vecinos de condición normal. Sería un brutal golpe de regresión de la clase PK, quizá su lenta desaparición. Serían quizá otros cincuenta años de persecuciones brutales, hasta aguardar la llegada de otra generación más tolerante y comprensiva.
En la visión proyectada al futuro que Blaine se trazó, no veía por ningún sitio trazo alguno de ayuda, ni de simpatía. Ya que el Anzuelo, la única organización que podía ayudarles, les dejaría sencillamente a su suerte completamente abandonados, sin preocuparse de ellos lo más mínimo. Ya lo había comprobado en su último contacto con Kirby Rand.
Aquel pensamiento había dejado un amargo sabor en su mente, ya que había barrido de su persona el único placer que había tenido en la vida, la memoria de sus días gloriosos en el Anzuelo. Lo había amado con todo su corazón, había luchado contra quienes estaban en su contra, había incluso lamentado huir de él. Pero ahora comprendía claramente que no era posible permanecer ni lejos de aquella monstruosa organización, y que su lugar estaba allí, en el mundo duro y amargo de los demás paranormales, hermanos suyos. En ellos yacía viva la esperanza del desarrollo de los poderes paranormal-kinéticos, hasta el máximo de su capacidad.
Ellos eran entonces, por desventura, los desplazados, por haberse desviado de las normas que la humanidad había establecido rutinariamente a través de la historia, siendo precisamente aquel progreso radicante en tal desviación, donde se hallaba la riqueza y el futuro del género humano. Los seres humanos corrientes, efectivamente, habían empujado la cultura hasta donde les había sido posible. Pero entonces la raza evolucionaba. Se habían despertado y crecido facultades subyacentes en las mentes de otros seres privilegiados, exactamente como todas las criaturas del mundo habían evolucionado y especializado y nuevamente evolucionado, siempre hacia delante, desde el primer momento en que la primera chispa de vida había surgido en la Creación.
Las gentes corrientes les llamaban cerebros retorcidos, gente mágica, habitantes de las sombras. Era el resultado rutinario de establecer unas normas que arraigaban como una costumbre en cada generación, normas que no estaban apoyadas por ninguna regla universal, sino por el convenio de la mayoría llena de prejuicios y con el sentido reaccionario hacia todo lo nuevo y a lo que no se comprende, con la lógica inestable y el mezquino pensamiento, hacia donde se encaminan siempre las inteligencias corrientes.
«Y él mismo, pensó, ¿cómo podría encajar en todo aquello?». Su mente, en realidad, era más retorcida y extraña que las demás, ya que no era completamente humano. Pensó en Anita y en Hamilton y su corazón se veía apegado a ellos; pero ¿podría solicitar de cualquier ciudad, o de cualquier mujer, convertirse en una parte de sus vidas?
Se inclinó con más fuerza sobre el remo, tratando de borrar de su mente aquellos sombríos pensamientos. El viento, que hasta entonces había sido una brisa agradable, desde hacía una hora se había levantado con enorme fuerza desde el norte hacia el oeste, haciéndole cada vez más difícil la navegación. La superficie del río estaba encrespada y constantemente se veía asaltado por golpes de agua que casi le hacían zozobrar. El cielo pareció bajar más y mas, como si quisiera aplastar a la tierra. Bandadas de pájaros, aturdidos se dirigían de una parte a otra tratando de ocultarse entre los sauces, creyendo que la noche había precipitado su llegada. Blaine recordó al anciano sacerdote, sentado en el bote y husmeando el aire y oteando el cielo. Se aproximaba la tormenta, había dicho, y casi podía olerla.
«Pero el tiempo y la tormenta no podían detenerle». Pensó Blaine con decisión irrevocable, mientras que luchaba frenéticamente con el remo de la canoa No podría haber nada que le detuviese, ninguna fuerza en la Tierra lo haría, no podía dejarse detener. Sintió el primer golpe de la racha de nieve que le cayó sobre el rostro, y allá adelante el río iba desapareciendo de su vista, oculto por una cortina gris que avanzaba sobre él. Podía oír claramente el silbido de la nieve arrastrada por el fuerte viento, como si algún enorme animal fuese siguiéndole el rastro y rugiese ferozmente al no poder alcanzar a la víctima que deseaba atrapar. La ribera sólo se hallaba a un centenar de yardas de distancia, y Blaine comprendió que había llegado el momento de atracar a la orilla y hacer el resto del viaje a pie. Su desesperado esfuerzo y la vital necesidad de tiempo que le urgía, dadas las circunstancias de la tormenta, le impedían absolutamente continuar viajando por el río. Giró el remo con fuerza para enfilar la canoa hacia la orilla; pero mientras lo hacía el viento y la nieve, cada vez más temibles, con la tormenta desatada, le cerraron la visión hasta dejar el mundo que le rodeaba reducido a un diámetro de unos cuantos pies. Sólo había nieve por todas partes y el oleaje que el viento levantaba en la gran corriente del río, atacando a la canoa hasta hacerle bailar una danza loca. La orilla había desaparecido de su vista. Sólo tenía alrededor el agua, la nieve y el viento rugiendo como en un huracán desatado. La canoa se tumbó de costado peligrosamente y en un instante Blaine perdió por completo la dirección de la pequeña embarcación. Se sintió perdido y desorientado, sin la menor idea de dónde podría alcanzar la orilla. Levantó el remo y lo dejó al sesgo, tratando ya solamente de sostenerse en la canoa. El viento era helado y le atacaba el cuerpo como un cuchillo afilado, teniéndolo interiormente empapado de sudor. La nieve se había depositado helada sobre las cejas y chorros constantes de agua le caían por el rostro, conforme la nieve se le depositaba en los cabellos y se iba fundiendo.
La canoa danzaba de un lado a otro sin gobierno, arrastrada por las olas, y Blaine agarrado a ella, extraviado, sin saber qué hacer, batido totalmente por aquel terrible asalto que se le venía encima procedente de la tormenta y del río. Repentinamente apareció ante sus ojos un grupo de sauces cubiertos de nieve, a menos de veinte pies de distancia, como si se hiciese un claro entre la masa neblinosa que le envolvía por todas partes, y la canoa se dirigió rectamente hacia él. Blaine apenas si tuvo tiempo para prepararse para el choque contra la orilla, con las piernas encogidas y las manos aferradas a los bordes, y la canoa se estrelló contra la ribera, entre los sauces, con un fuerte golpe, amortiguado por la violencia del viento, que hizo zozobrar definitivamente a la pequeña embarcación, que volcó, echando a Blaine a la fría corriente del agua. Blaine se debatió a ciegas, tosiendo y escupiendo la fría y sucia agua del río, y luchó por poner pie en el fondo para poder alcanzar la pantalla de raíces formada por los sauces y emerger a tierra firme. La canoa había sido desgarrada y deshecha en la lona de un costado y pocos momentos después se hundía como un objeto inútil, tragada por el río. Blaine no se apercibió nuevamente del frío hasta salir del agua, pues el viento, en sus violentas ráfagas, le golpeaba sin piedad contra las ropas mojadas, produciéndole mil dolorosos pinchazos como heladas agujas. Blaine permaneció unos momentos temblando de frío entre los sauces, que el fuerte viento batía en un sordo rumor, formando un caótico remolino constante de ramas a su alrededor. Debería encontrar un agujero donde ocultarse a la mayor brevedad y encender fuego, de ser posible. En caso contrario no sobreviviría aquella noche. Se aproximó el reloj de pulsera a los ojos y comprobó que marcaba las cuatro de la tarde solamente. Dispondría quizá de otra hora de luz, y en aquella hora debería hallar un refugio contra la tormenta y el frío.
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