Robert Wilson - Los cronolitos

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Scott Warden es un hombre perseguido por el pasado… y pronto también por el futuro. En la Tailandia de comienzos del siglo XXI es un vago en una comunidad costera de expatriados, cuando es testigo de un acontecimiento imposible: la aparición en el boscoso interior de un pilar de piedra de casi setenta metros. Su llegada colapsa los árboles en un cuarto de kilómetro alrededor de su base. Parece estar compuesto de una exótica forma de materia y la inscripción tallada muestra la conmemoración de una victoria militar… que tendrá lugar dentro de dieciséis años.
Poco después, un pilar aún mayor aparece en el centro de Bangkok. A lo largo de los siguientes años, la sociedad humana queda transformada por estos misteriosos visitantes, al parecer llegados desde el futuro reciente. ¿Quién es el guerrero “Kuin”, cuyas victorias celebran? Scott sólo quiere reconstruir su vida, pero un extraño bucle le arrastra sin cesar hacia el misterio central… y una fascinante batalla con el futuro.
Tensa, emotiva, rigurosa y emocionante, “Los Cronolitos” es una obra maestra de uno de los mejores autores de ciencia ficción de la actualidad.

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Hacía más de un año que no salíamos juntos, pero nuestro trato era cordial cuando nos encontrábamos en la sala de café o en el restaurante. Últimamente había mostrado un interés algo maternal por mí y me había preguntado en diversas ocasiones por mi estado de salud, como si pensara que tarde o temprano iba a sucederme algo terrible (puede que aquel día hubiera llegado, pero yo seguía estando tan fuerte como un caballo).

Al abrir la puerta, Annali se quedó sorprendida. Sorprendida y, obviamente, alarmada.

—Scotty —dijo—. Oye, deberías haber llamado antes.

—¿Estás ocupada? —no lo parecía. Llevaba una falda pantalón ancha y una camisa de color amarillo apagado. Quizá, estaba limpiando la cocina.

—Tengo que irme en unos minutos. Te invitaría a entrar, pero tengo que vestirme y todo eso. ¿Qué estás haciendo aquí?

Me di cuenta de que le daba miedo mi compañía… o, quizá, que alguien la viera conmigo.

—¿Scott? —echó un vistazo al pasillo—. ¿Tienes algún problema?

—¿Por qué me preguntas eso, Annali?

—Bueno… he oído decir que te han despedido.

—¿Hace cuánto tiempo?

—¿A qué te refieres?

—¿Hace cuánto tiempo sabías que iban a despedirme?

—¿Me estás preguntando si todo el mundo lo sabía? No, Scott. Dios, eso habría sido humillante. Por supuesto que no, pero se oían rumores…

—¿Qué tipo de rumores?

Frunció el ceño y se mordió e! labio. Ese gesto era nuevo.

—Debido al tipo de trabajo que realiza, a Campion-Miller no le conviene tener problemas con el gobierno.

—¿Qué cono tiene que ver eso conmigo?

—No es necesario que grites.

—Annali… ¿problemas con el gobierno?

—Lo único que sé es que unas personas estuvieron preguntando por ti. Al parecer, trabajaban para el gobierno.

—¿Eran policías?

—No sé… ¿Tienes problemas con la policía? Eran unas personas trajeadas. Puede que de Hacienda, pero no lo sé.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Sólo son habladurías, Scott. Lo más probable es que no sean más que tonterías. La verdad es que no tengo ni idea del motivo de tu despido, pero debido a toda esa tecnología que envía al extranjero, C-M necesita tener todos sus permisos en orden. Si alguien aparece haciendo preguntas sobre ti, el conjunto de la empresa podría verse en peligro.

—Annali, yo no soy ningún peligro para la seguridad.

—Lo sé, Scott —pero ella no lo sabía; era incapaz de mirarme a los ojos—. Para serte sincera, estoy segura de que no son más que tonterías… pero tengo ir a vestirme.

Empezó a cerrar la puerta muy despacio.

—¡Y por el amor de Dios! La próxima vez llama antes de venir — añadió.

Annali vivía en el segundo piso de un pequeño edificio de ladrillos de tres plantas, situado en el casco antiguo de Edina. Era el apartamento 203. Me quedé mirando el número de su puerta durante unos instantes. Veinte y tres.

Nunca más volví a verla. En ocasiones me pregunto qué tipo de vida le tocó vivir, qué tal le fue durante aquellos años tan largos y tan duros. No le dije a Janice que me había quedado sin trabajo, pero no porque aún quisiera demostrarle algo. Supongo que ahora intentaba demostrármelo a mí mismo… y a Kaitlin.

La verdad es que a Kait no le importaba cómo me ganaba la vida, pues a sus diez años, consideraba que los temas de los adultos eran demasiado opacos y aburridos. Lo único que sabía era que yo “iba a trabajar” y que ganaba el dinero necesario para ser un miembro respetable, aunque no acaudalado, del mundo adulto. Y eso estaba bien. Me gustaba el reflejo de mí mismo que a veces veía en los ojos de mi hija: para ella yo era una persona estable, predecible e incluso aburrida.

Pero no le había defraudado.

Y, por supuesto, no era peligroso.

No quería que Kait (ni Janice, ni Whit) supieran que me habían despedido… por lo menos, hasta que no tuviera algo más que añadir a la historia. Aunque no se tratara de un final feliz, por lo menos un segundo capítulo, la continuación…

Éste llegó a través de otra llamada telefónica inesperada.

La verdad es que no se trataba de un fina! feliz, puesto que no era un final y, sin duda alguna, tampoco era feliz.

Janice y Whit me invitaron a cenar. Del mismo modo que hay personas que, trimestralmente, ingresan cierta cantidad de dinero en su plan de pensiones o hacen un generoso donativo para obras de caridad, Janice y Whit me invitaban a cenar cada tres meses.

Janice ya no era una madre soltera que vivía en un edificio de renta controlada. Se había despojado de ese estigma casándose con Whitman Delahunt, el supervisor del laboratorio bioquímico en el que trabajaba. Whit era un tipo ambicioso con severas dotes directivas. A pesar de la crisis asiática, Clarion Pharmaceuticals había logrado prosperar abasteciendo a los mercados occidentales que, de pronto, se habían visto privados de los baratos productos bioquímicos que se importaban de China y Taiwán (Whit solfa decir que los Cronolitos eran “el pequeño arancel de Dios”, palabras que obligaban a Janice a esbozar una incómoda sonrisa). Creo que yo no le caía demasiado bien, pero me aceptaba como si fuera una especie de primo del pueblo que estaba unido a Kaitlin por un desagradable y omitible accidente de paternidad.

Para ser justo, debo decir que intentaba hacerme sentir cómodo, al menos esta noche. Cuando me abrió la puerta de su casa de dos plantas estaba envuelto en una cálida luz amarillenta. Sonrió. Whit era uno de esos tipos grandes que inspiran ternura, que parecen ositos de peluche y que son igual de peludos. No era guapo, sino “mono”, como dirían las mujeres. Tenía diez años más que Janice y se estaba quedando calvo, aunque lo llevaba bien. Su sonrisa era enorme pero falsa, y sus dientes eran blancos como la nieve. Estaba seguro de que Whit tenía la mejor odontología, la mejor queratomía radial y el mejor coche del vecindario. Me preguntaba si sería duro para Janice y Kaidin tener que ser la mejor esposa y la mejor hija respectivamente.

—¡Entra, Scott! —exciamó—. Quítate esas botas y ven a calentarte junto al fuego.

Comimos en un espacioso comedor en el que las ventanas, reforzadas con plomo y de distinguida procedencia, traqueteaban en sus marcos. Kait habló un poco sobre el colegio (este año estaba teniendo problemas, sobre todo en matemáticas). Whit habló con mayor entusiasmo sobre su trabajo y Janice, que seguía realizando síntesis proteínicas bastante rutinarias en Clarion, no habló en ningún momento. Al parecer, prefería dejar que Whit alardeara sin cesar.

Kait fue la primera en abandonar la mesa y desapareció en la habitación contigua, donde un televisor había estado musitando en contrapunto con el viento durante toda la cena. Entonces, Whit sacó un decantador de coñac y nos sirvió las bebidas con torpeza, como si fuera un occidental ensayando una ceremonia de té japonesa. Lo cierto es que Whit no solía beber.

—Me temo que he estado hablando durante toda la velada — comentó—. Ahora te toca hablar a ti, Scott. ¿Qué tal te está tratando la vida?

—La fortuna ofrece regalos sin ceñirse a las normas.

—Scotty está recurriendo de nuevo a la poesía —explicó Janice.

—Lo que quiero decir es que me han ofrecido un trabajo.

—¿Estás pensando en abandonar Campion-Miller?

—Me fui de allí hace un par de semanas.

—¡Oh! Hay que tener agallas para tomar esa decisión, Scott.

—Gracias, Whit, pero las cosas no fueron así.

Janice parecía tener una comprensión más profunda del tema.

—¿Y con quién estás ahora?

—Bueno, aún no es seguro, pero… ¿te acuerdas de Sue Chopra?

Janice frunció el ceño. Segundos después, sus ojos se abrieron de par en par.

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