Arthur Clarke - La ciudad y las estrellas

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La ciudad y las estrellas: краткое содержание, описание и аннотация

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Los hombres habían construido ciudades antes, pero ninguna como Diaspar. Diaspar: porque Diaspar tenía una leyenda. Era la última ciudad construida en la Tierra por el poder de quienes también pudieron conquistar las estrellas. Pero la grandeza de Diaspar acabó desapareciendo. Desde los más oscuros límites del Universo los Invasores atacaron el imperio creado por el hombre y lo confinaron otra vez a la Tierra. Quien fuera que abandonara la Tierra caería bajo la ira de los Invasores. Esta era la leyenda de Diaspar. Una leyenda de un billón de años…

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Alvin había intentado hacer solo sus experiencias; pero la soledad era algo que no siempre se podía tener a mano en Diaspar. Apenas dejaba su habitación, se encontraba con Mystra, quien no hacía el menor intento para pretender que su presencia fuese puramente accidental.

Nunca se le ocurrió a Alvin pensar que Mystra fuese bella, ya que jamás había visto la fealdad humana. Cuando la belleza es universal, pierde su poder de hacer latir el corazón y sólo su ausencia es la que puede producir efectos emocionales.

En los primeros momentos y al encontrarla, Alvin se sentía un tanto aburrido y molesto por el encuentro con el recuerdo de pasiones que ya no le afectaban apenas. Era todavía demasiado joven para sentir la ausencia de una amistad perdida y cuando llegara el momento podría darse el caso de resultarle difícil él hacerlas de nuevo. Incluso en sus momentos de mayor intimidad la barrera de su calidad de Único surgía entre él y sus amantes. Para aquel cuerpo ya completamente formado, era sin embargo un muchacho y así continuaría aún durante décadas, mientras que sus compañeros, uno tras otro, recordarían las memorias de sus pasadas vidas y le dejarían muy atrás en tal aspecto. Ya lo había experimentado. Incluso Mystra que tenía un aspecto tan ingenuo y desprovista de artificio entonces, pronto se convertiría en todo un complejo de recuerdos y memorias, con un talento más allá de la imaginación de Alvin.

Su ligera molestia solía desvanecerse casi al instante. No había razón alguna para que Mystra no pudiese ir con él si ella lo deseaba. Alvin no era egoísta y no deseaba tampoco encerrar para sí sus nuevas experiencias en el fondo de un escondrijo, como un avaro. Por lo demás, podía ir aprendiendo mucho de las reacciones de la bella muchacha enamorada de él.

Ella no solía hacer preguntas, cosa que resultaba poco usual y en aquella ocasión permaneció callada mientras el canal exprés les iba sacando fuera del agitado corazón de la ciudad. Juntos siguieron su camino hacia la sección central de alta velocidad sin molestarse en echar un vistazo de pasada al milagro que yacía bajo sus pies. Un ingeniero del viejo mundo, se habría vuelto loco de remate poco a poco, al tratar de comprender cómo una calzada aparentemente sólida podía estar fija a ambos lados, mientras que por el centro discurría a una velocidad creciente. Pero para Alvin y Mystra era perfectamente natural, que la materia pudiese existir de tal forma que resultase salida en una dirección y líquida en la opuesta.

A su alrededor, los edificios se hacían más y más altos, como si la ciudad fuese reforzando sus defensas contra el mundo exterior. Qué extraño resultaría, pensó Alvin, si aquellas imponentes murallas se hiciesen transparentes como el cristal y se pudiese observar la vida que latía en su interior. Esparcidos por doquier y en el espacio que les rodeaba se hallaban amigos a quienes conocía, amigos que conocería en alguna ocasión y personas extrañas a quienes jamás, probablemente llegaría a conocer. En realidad estas últimas personas serían pocas, ya que en el curso normal de su dilatada vida futura tendría ocasión de encontrarse y conocer a casi toda la población de Diaspar. La mayor parte de aquellas personas, estarían en sus habitaciones particulares, aunque no estuviesen solas. Sólo tenía que formarse una idea y formular un deseo, para que apareciesen junto a ellas en todo, excepto en realidad física, la apariencia de la persona elegida o deseada. Nadie se aburría, ya que tenían acceso a todas las cosas que habían sucedido en 105 dominios de la imaginación o de la realidad, desde los días en que fue construida la ciudad. Para los hombres con una mente así constituida, la existencia era de lo más placentero y agradable. Que ello no fuese algo realmente fútil, era algo que Alvin todavía no había llegado a comprender.

Conforme Alvin y Mystra se dirigían alejándose del corazón de la ciudad, el número de personas que veían por las calles, iba decreciendo lentamente, y no hubo nadie a la vista, al llegar a un lento descanso contra una larga plataforma de mármol brillantemente coloreada. Caminaron a través de aquella helada materia donde la sustancia del camino rodante fluía de vuelta hacia su origen y se enfrentaron con una muralla agujereada con túneles brillantemente iluminados. Alvin escogió uno de ellos sin vacilar y entró en él con Mystra tras él a corta distancia. El campo peristáltico les acogió en el acto y les impulsó hacia delante, mientras se recreaban con cuanto les rodeaba.

Parecía imposible que en realidad se hallasen en un túnel subterráneo. El arte que se había empleado en Diaspar pintando cuadros de bellísima factura, se había desplegado allí y por encima de sus cabezas los cielos parecían abiertos a todos los vientos y corrientes del firmamento. Por todo su entorno, observaban las espiras de la ciudad, reluciendo a la luz del sol. No era la ciudad que Alvin conocía, sino la Diaspar de una edad muy anterior. Aunque muchos de sus edificios le eran familiares existían sutiles diferencias que añadían más interés al escenario general. Alvin deseó ir muy despacio; pero nunca había hallado la forma de retardar su paso a través del túnel.

Pronto se sintieron depositados en una ancha cámara elíptica completamente rodeada de ventanas. A través de ellas, pudieron captar arrebatadoras vistas de maravillosos jardines, encendidos y salpicados de brillantes flores. Aún quedaban jardines en Diaspar; pero aquellos sólo habían existido en la mente de los artistas que los habían concebido. En realidad, muchas de aquellas flores, todavía existían en el mundo presente de Alvin.

Mystra se mostraba fascinada por su belleza y obviamente convencida que aquella había sido la finalidad por la que Alvin la había llevado hasta allí. Alvin la observó durante un rato, mientras corría alegremente de un lado a otro, de escena en escena gozando su delicia en cada nuevo descubrimiento. Había centenares de lugares como aquel, en los edificios medio desiertos que rodeaban la periferia de Diaspar, conservados en perfecto orden por los ocultos poderes que cuidaban de todo lo relacionado con la gran ciudad. Un día la marea irresistible de la vida podría fluir de aquella forma una vez más; pero hasta entonces, aquellos antiguos jardines eran como un secreto que compartían juntos.

— Tenemos que ir más lejos — dijo Alvin —. Esto es sólo el principio.

Entró por una de las ventanas y la ilusión se deshizo. No había jardín tras los cristales sino un pasaje circular curvándose ligeramente hacia arriba. Podía ver a Mystra a algunos pasos de distancia, aunque sabía que ella no le vería a él. Pero la chica no vaciló y un momento más tarde se hallaba junto a él en aquel pasaje.

Bajo sus pies el suelo comenzó a deslizarse lentamente hacia delante como si tuviese prisa en conducirles hacia su meta. Siguieron caminando en aquella forma unos cuantos pasos, hasta que su velocidad era tan grande que cualquier esfuerzo en contra habría resultado inútil.

El corredor continuaba todavía subiendo y a unos cien pies se había curvado casi en un ángulo recto. Pero aquello sólo podía conocerse por pura lógica, para todos los sentidos era como si se acelerase el paso por un corredor totalmente plano. El hecho de que en realidad estuviesen siendo llevados hacia arriba a miles de pies verticalmente, como por una gigantesca chimenea, no les ocasionaba la menor sensación de inseguridad, ya que cualquier fallo del campo polarizante era Inimaginable.

A poco el corredor comenzó a declinar «hacia abajo» de nuevo hasta que una vez más torció en un ángulo recto. El movimiento del piso disminuyó Imperceptiblemente hasta que llegó a detenerse al final de un largo salón adornado con espejos. Alvin sabía de antemano que sería muy difícil dar prisa a que Mystra saliese de allí. No era sólo que las características femeninas de la coquetería habían sobrevivido incambiadas desde la madre Eva, es que además, nadie podía resistir la fascinación de aquel lugar. No había nada como aquello, por lo que Alvin conocía, en el resto de Diaspar. Por algún capricho del artista, sólo unos cuantos espejos reflejaban la escena tal y como era, y aun aquellos según estaba convencido Alvin, estaban cambiando constantemente su posición. El resto reflejaban ciertamente algo , pero era ligeramente desconcertante para el que paseara entre ellos, el de verse entre unos alrededores siempre cambiantes y totalmente imaginarios.

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