Joseph Conrad - Nostromo
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El incomparable Nostromo, el capataz, el respetado y temido capitán Fidanza, el indiscutible protector de sociedades secretas, republicano como Giorgio y revolucionario de corazón (aunque de otra manera), estuvo a punto de saltar desde cubierta por encima de la borda de su propia goleta. Aquel hombre, infatuado hasta la locura, miró deliberadamente el suicidio cara a cara. Pero no llegó a perder el juicio. Le detuvo el pensamiento de que el suicidio no era una solución. Se imaginó muerto, sin que por eso la desgracia y la afrenta dejaran de seguir su camino. O, hablando con mayor propiedad, no podía imaginarse muerto. De tal modo le dominaba la idea de su propia existencia, concebida como una cosa de duración infinita en sus cambios, que en su cerebro no cabía la noción de acabamiento. La tierra gira sin término.
Era valiente, con un valor adulterado, pero tan bueno para sus fines como el genuino. Navegó por cerca del peñón de la Gran Isabel, echando una penetrante mirada desde el puente a la boca de la barranca, obstruida por un matorral virgen. Pasó bastante cerca para cambiar saludos con los, obreros, que miraban, haciendo pantalla con las manos sobre los ojos; desde la cresta del peñasco, dominado por la palanca de una potente grúa. Observó que ninguno de ellos había tenido ocasión de acercarse siquiera a la barranca, cuanto menos de entrar en ella. En el puerto supo que no dormía ninguno en la isla. Las cuadrillas de operarios regresaban a tierra firme todas las tardes, cantando a coro en los lanchones vacíos, arrastrados por un remolcador. Por el momento no tenía nada que temer.
¿Pero después? -se preguntó. Más tarde, cuando un torrero viniera a vivir en la caseta, que se estaba construyendo a unos ciento cincuenta metros detrás de la torre y a cuatrocientos poco más o menos de la oscura, sombría y fragosa barranca, donde se guardaba el secreto de su seguridad, de su influencia, de su esplendidez, de su poder sobre lo futuro, de su desprecio de la adversidad, de todas las traiciones posibles, vinieran de ricos o de pobres…, ¿qué pasaría entonces? No podría saquear el tesoro. Su audacia, superior a la de los demás hombres, le había infiltrado en su vida aquella vena de plata. Y el sentimiento de una sujeción terrible y ardiente, el sentimiento de una esclavitud -tan irremediable y profunda, que a menudo en sus reflexiones se comparaba a los legendarios gringos, ni muertos ni vivos, encadenados a su conquista de una riqueza vedada en Azuera- oprimía pesadamente al independiente capitán Fidanza, dueño y patrón de una goleta costera, cuyo elegante aspecto (y fabulosa suerte en el tráfico) eran proverbiales a lo largo de la costa occidental de un vasto continente.
Con sus temibles bigotes y andar grave, algo menos ágil, embutidos los robustos miembros, vigorosos y simétricos, en un vulgar terno de paño escocés oscuro, de los que hacen los judíos en los barrios bajos de Londres y se vendían en la sección de ropas hechas de la Compañía Anzani, vióse en aquel viaje al capitán Fidanza pasear por las calles de Sulaco atendiendo a su negocio, como solía. Y, como de ordinario, dejaba correr la especie de que había obtenido una ganancia importante con su cargamento, que lo era de pesca salada, precisamente en vísperas de Cuaresma. Se le vio en los tranvías que iban y venían entre la ciudad y el puerto; habló con los parroquianos de un café o dos en el tono mesurado y firme de siempre. El capitán Fidanza era un personaje visible . Aún no había nacido la generación que ignoró la famosa expedición a Cayta.
El capataz de cargadores, conocido por la incorrecta denominación de Nostromo, se había creado, usando su verdadero nombre, otra existencia pública, pero modificada por las nuevas condiciones, menos pintoresca, más difícil de mantener en la creciente y variada población de Sulaco, la progresiva capital de la República de Occidente.
El capitán Fidanza, despojado de su aureola pintoresca, pero siempre un poco misterioso, era bastante reconocido bajo de la alta cubierta de acero y cristal que cobijaba la estación del ferrocarril de la ciudad. Tomó un tren local y salió para Rincón, donde visitó a la viuda del cargador que había muerto de sus heridas (al alborear de la Nueva Era, como don José Avellanos) en el patio de la casa Gould. Consintió en sentarse y beber un vaso de limonada fresca en la choza campesina, mientras la mujer, de pie, vertía un torrente de palabras, a que él no entendía. Le dejó algún dinero, según su costumbre. Los niños huérfanos, creciditos y bien educados, que le llamaban tío, le pidieron a gritos su bendición. El se la dio, y al llegar a la puerta, se detuvo un momento a mirar a la pendiente aplanada de la montaña de Santo Tomé, frunciendo ligeramente el ceño. Esta leve contracción de su atezada frente, que imprimía un señalado tinte de severidad a su expresión, de ordinario impasible, fue observada en la logia a que asistía…, pero desapareció antes del banquete. La exhibió en la reunión de algunos compañeros, italianos y naturales del país, congregados en su honor bajo de la presidencia de un fotógrafo chiquito, un poco giboso, enfermizo e indigente, de cara blanca y valerosa alma, teñida de rojo por un odio sanguinario a todos los capitalistas, opresores de ambos hemisferios. El heroico Giorgio Viola, viejo revolucionario, no hubiera comprendido una palabra del discurso con que inauguró el acto, y el capitán Fidanza, pródigamente generoso, como de ordinario, con algunos camaradas pobres, no pronunció ningún discurso. Escuchó ceñudo, con el pensamiento en otra parte, y se retiró inaccesible, callado, con el aspecto de un hombre de cuidados.
Su ceño se aumentó cuando al amanecer observó a los picapedreros que salían para la Gran Isabel en lanchones cargados de grandes bloques escuadrados, en número suficiente para añadir otra hilada a la achaparrada construcción del faro. Era la tarea señalada: una hilada por día.
Y el capitán Fidanza meditó. La presencia de extraños en la isla le aislaría enteramente del tesoro. Ya antes de eso le había sido difícil y peligroso visitar. Sintió a la vez miedo y cólera, y recapacitó con la resolución de un amo y la astucia de un esclavo sometido. Luego salió a tierra.
Era hombre ingenioso, fecundo en arbitrios, y, como siempre, el expediente que halló en el momento crítico fue bastante eficaz para alterar la situación radicalmente. El incomparable Nostromo, "único entre mil", poseía el don de hacer salir la seguridad del corazón mismo del peligro. Si lograba ver a Giorgio instalado en la Gran Isabel, no tendría necesidad de ocultarse. Podría ir a la luz del día, a visitar a sus hijas -a una de ellas- y quedarse hasta ahora avanzada con el viejo garibaldino. Luego, en oscureciendo… Noche tras noche… Ahora se lanzaría a enriquecer rápidamente. Ansiaba asir, abrazar, absorber, subyugar en posesión indiscutible aquel tesoro, cuya tiranía había pesado sobre su espíritu, sus acciones, sobre su mismo sueño.
Partió en busca del capitán Mitchell, su amigo, y el asunto se arregló como el doctor Monygham había referido a la señora de Gould. Cuando se propuso el proyecto al garibaldino, algo parecido al débil reflejo, al fantasma impreciso de una sonrisa muy antigua, vagó bajo de los blancos, y enormes bigotes del veterano enemigo de reyes y ministros. Sus hijas le inspiraban ansioso cuidado, sobretodo la menor. Linda, que tenía la voz de su madre, hacía preferentemente las veces de ésta. El tono profundo y vibrante con que pronunciaba "eh, padre?", parecía, fuera del cambio de palabra, el mismo eco del apasionado y gruñón "¿eh, Giorgio?", de la pobre señora Teresa. El viejo Viola estaba persuadido de que la ciudad no era residencia conveniente para sus hijas. El infatuado, pero sencillo Ramírez era objeto de su profunda aversión, como si personificara los defectos del país, cuyos habitantes eran ciegos, viles, esclavos .
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