Joseph Conrad - Nostromo
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– ¿No están casados aún? -preguntó la señora de Gould. -La madre, según mis noticias, pensaba en esa boda desde que Linda era una niña. Cuando las dos muchachas estuvieron recogidas aquí durante la guerra de Separación, esa extraordinaria Linda solía decir con la mayor naturaleza que iba a ser la esposa de Gian Battista.
– No están casados aún -afirmó secamente el doctor. -He velado un poco por el bienestar de sus protegidas.
– Gracias, querido doctor Monygham -replicó la señora, con una sonrisa juvenil de afable malicia que hizo brillar sus menudos dientes iguales bajo de la sombra de los grandes árboles. -La gente no conoce el gran fondo de bondad que hay en usted. No la deja usted traslucir, como para molestarme a mí que desde hace tiempo tengo puesta mi confianza en su buen corazón.
El doctor, contrayendo el labio superior con la expresión de morder, se inclinó rígidamente en la silla. En su condición de hombre enteramente embargado por un amor tardío, que se le presentaba no como la ilusión más espléndida, sino como una revelación desgraciada y de un valor inmenso, la vista de aquella mujer (de la que había carecido durante un año) le sugería ideas de adoración, de besar la orla de su vestido. Y este exceso de sentimiento se tradujo naturalmente en un aumento de mordacidad irónica.
– Temo verme abrumado por tanta gratitud. -Pero, hablando en serio, esa gente me interesa. Me he llegado varias veces al faro de la Gran Isabel para cuidar al viejo Viola.
En realidad el objeto de tales visitas -y eso no se lo dijo a la señora de Gould- fue hallar, en ausencia de ésta, el consuelo de una atmósfera de sentimientos concordes con los suyos en la austera admiración del garibaldino a la "signora inglesa -la bienhechora"; en la afección voluble, torrencial, apasionada de la ojinegra Linda por "nuestra doña Emilia -aquel ángel"; en los ojos de la rubia Gisela, vueltos al cielo expresando adoración de su protectora, ojos que después se volvían a él con una mirada de soslayo, medio ingenua, medio coqueta, que hacía exclamar al doctor mentalmente: "Si no fuera viejo y feo, creería que esa picaruela pretende enamorarme. Y tal vez sea así. Juraría que coquetea con todo el mundo".
El doctor Monygham no dijo nada de eso a la señora de Gould, providencia de la familia Viola, y en cambio volvió a lo que él llamaba "nuestro gran Nostromo".
– Lo que deseaba referir a usted es lo siguiente: Por espacio de algunos años nuestro gran Nostromo no ha hecho gran caso del viejo Viola ni de sus hijas. Verdad es también que ha estado ausente en sus viajes costeros diez meses de los doce del año. Ha venido haciendo su fortuna, según me dijo el capitán Mitchell en una ocasión, y parece que lo ha logrado a las mil maravillas. Era de esperar. Es un hombre que posee innumerables arbitrios, lleno de confianza en sí mismo, dispuesto a aprovechar todas las ocasiones y a desafiar toda clase de peligros. Recuerdo que, estando yo un día en el despacho de Mitchell, entró en él con el aire tranquilo y grave que le es peculiar. Había pasado, según dijo, una temporada lejos de esta costa, negociando en el golfo de California; y añadió, mirando a la pared, como suele, por encima de nosotros, que se alegraba de ver a su regreso el nuevo faro en construcción sobre el peñón de la Gran Isabel. Se alegraba mucho, repitió. Mitchell explicó que la Compañía O.S.N. lo construía por consejo suyo a fin de asegurar y facilitar el servicio de los vapores correos. El capitán Fidanza tuvo la amabilidad de decir que era un consejo excelente. Me parece estar viéndole retorcerse el bigote y mirar todo alrededor de la cornisa de la habitación, antes de proponer que se nombrara al viejo Giorgio torrero del faro.
– Me hablaron de ello, y me pidieron entonces mi parecer -dijo la señora de Gould. -Por cierto que indiqué mis dudas sobre la conveniencia de encerrar a las niñas en aquella isla, como en una prisión.
– Al viejo garibaldino -prosiguió el doctor- le agradó la oferta de aquel empleo. En cuanto a Linda, cualquier lugar le parecía amable y delicioso con tal que hubiera sido indicado por Nostromo. Allí como en otro sitio podría gozar de ver y hablar a su Gian Battista. Mi opinión es que siempre estuvo enamorada del incorruptible capataz. Pero hay otra cosa. Tanto el padre como la hija mayor anhelaban vivamente alejar a Gisela de las atenciones de un tal Ramírez.
– ¡Ah! -exclamó sorprendida y curiosa, la señora de Gould. -¿Ramírez? ¿Qué clase de hombre es ése?
– Un mozo de la ciudad, hijo de un cargador . De muchacho anduvo vagando, encanijado y harapiento, por el muelle, hasta que Nostromo le sacó de su miseria y le hizo un hombre. Cuando tuvo algunos años más, le puso al servicio de una gabarra, y en breve le confió la del núm.3, precisamente la que transportó la plata, señora de Gould. Nostromo la eligió por ser la más velera y fuerte de toda la flota de la Compañía. El joven Ramírez fue uno de los cinco obreros encargados de trasladar el tesoro desde la Aduana en aquella famosa noche. Al irse a pique, Nostromo, en el momento de dejar el servicio de la compañía, se le recomendó al capitán Mitchell para sucesor suyo. Le habían instruido perfectamente en todos los pormenores del oficio, y de este modo Ramírez pasó a ser, de un hambriento vagabundo, al capataz de los cargadores de Sulaco.
– Gracias a Nostromo -comentó la señora de Gould con calurosa aprobación.
– Gracias a Nostromo -repitió el doctor Monygham. -A fe mía, la influencia y el valimiento de ese prójimo me asustan siempre que pienso en ello. Nada tiene de extraño que el pobre viejo Mitchell se aviniera con gusto a nombrar a cualquier conocedor del oficio, para ahorrarse molestias. Pero lo admirable es que los cargadores de Sulaco aceptaran a Ramírez por jefe, sencillamente porque así se le había antojado a Nostromo. Por supuesto, no sirve para descalzarle a éste, ni tiene su prestigio, aunque él soñara con igualarle; pero, así y todo, alcanzó un puesto de bastante consideración. Esto le envalentonó para aspirar a Gisela Viola, que, como usted sabe, está reconocida por una belleza en la ciudad. Pero el viejo garibaldino le cobró una aversión violenta, no sé por qué. Quizá porque no era un modelo de perfección, como su Gian Battista, verdadera encarnación del valor, de la fidelidad y del honor "del pueblo". El signor Viola tiene en poco a los naturales de Sulaco. Así, pues, el viejo de espartanas virtudes y la cariblanca Linda, de labios carmíneos y ojos de azabache, vigilaban con feroz solicitud a la rubia. Se previno a Ramírez que se abstuviera de hablarle, y según me han dicho, Viola llegó a amenazarle una vez con la escopeta.
– Y de la misma Gisela ¿qué me dice usted? -inquirió la señora de Gould.
– Que es algo coqueta, a lo que creo -respondió el doctor. -Me parece que ha de importarle poco seguir o dejar las relaciones con Ramírez. Por supuesto, le gustan las atenciones de los hombres. Ramírez no ha sido el único novio, permítame usted decírselo, señora de Gould. También ha habido un maquinista del ferrocarril a quien se ha intimidado con la escopeta alejarse de la muchacha. El viejo Viola no permite que se juegue con su honor. Desde la muerte de su mujer se ha vuelto irritable y suspicaz. Por eso se alegró en el alma de sacar de la ciudad a la muchacha. Pero repare usted en lo que ocurre, señora. Al honrado pretendiente Ramírez, enamorado hasta los tuétanos, se le ha prohibido poner los pies en la isla. Perfectamente. El hombre respeta la prohibición, pero, como es natural, vuelve con frecuencia los ojos a la Gran Isabel. Hasta ha dado en la manía de pasarse la mayor parte de la noche mirando al faro. Y es el caso que durante esas vigilias sentimentales ha descubierto que Nostromo, o sea, el capitán Fidanza, regresa muy tarde de sus visitas a los Viola. A veces a medianoche.
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