Joseph Conrad - Nostromo

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– Sí -continuó. -Todos hemos tenido nuestras recompensas…: el ingeniero jefe, el capitán Mitchell…

– A propósito -interrumpió la señora de Gould con su voz encantadora. -El pobre amigo hizo el viaje de la campiña a Londres sin otro motivo que el de visitarnos en nuestro hotel. Se portó con la ampulosa dignidad de siempre, pero se me figura que hecha de menos a Sulaco. Charló sobre "acontecimientos históricos" con tan caducos balbuceos que sentí ganas de llorar al oírle.

– ¡Hum! -refunfuñó el doctor. -Ha envejecido rápidamente, claro está. El mismo Nostromo se va haciendo también viejo, aunque no ha cambiado. Y hablando de ese individuo, tengo que decirle a usted una cosa…

Desde hacía un rato resonaban en la casa los murmullos de alguna ocurrencia inesperada. De pronto los dos jardineros que trabajaban en los rosales de una glorieta se arrodillaron e inclinaron la cabeza al pasar Antonia Avellanos, que apareció avanzando al lado de su tío.

Investido del capelo cardenalicio después de una breve visita a Roma, a que había sido invitado por la Propaganda, El Padre Corbelán, misionero de los indios salvajes, patriota de acción, amigo y protector de Hernández el ladrón, a quien había convertido y arrancado de su mala vida, se adelantó con pasos largos y lentos, enjuto y un poco encorvado, con las robustas manos cogidas a la espalda. El primer cardenal-arzobispo de Sulaco había conservado su porte rígido y austero, el porte del evangelizador de ferocidades selváticas. Se creyó que su inesperada elevación a la púrpura se había hecho con la mira de contrarrestar la invasión protestante de Sulaco, organizada por la Sociedad de Misiones subvencionada por Holroyd. Antonia, cuyo bello rostro se mostraba un poco ajado, levemente redondeada de formas, caminaba junto a su tío, con su elástico andar y altiva seriedad, sonriendo de lejos a la señora de Gould. Había traído al cardenal-arzobispo a visitar a la querida Emilia, sin ceremonia, sólo por un momento antes de la siesta .

Cuando todos estuvieron sentados, el doctor Monygham, que había cogido la manía de detestar cordialmente a todo el que se acercaba a la señora de Gould con cierta intimidad, se apartó a un lado, fingiendo estar sumido en honda meditación. Una frase más alta de Antonia le hizo levantar la cabeza.

– ¿Cómo podemos abandonar gimiendo en la opresión a los que hasta hace sólo unos cuantos años han sido nuestros compatriotas, y que lo son aún? -decía la señorita Avellanos. -¿Cómo hemos de permanecer ciegos, sordos y sin entrañas ante las crueles vejaciones sufridas por nuestros hermanos? Hay un remedio.

– Sí, anexionar el resto de Costaguana al orden y prosperidad de Sulaco -saltó el doctor. -No hay otro remedio.

– Estoy convencida de ello, señor doctor -replicó Antonia con grave calma de una resolución incontrastable-; esa fue desde el principio la intención del pobre Martín.

– Sí, pero los intereses materiales no dejarán poner en peligro su desenvolvimiento por una idea de piedad y de justicia -musitó el doctor con acritud. -Y tal vez esa consideración sea tan valedera como la de remediar la opresión.

El cardenal-arzobispo enderezó su humanidad estirada y huesuda.

– Hemos trabajado por esos intereses materiales de los extranjeros; los hemos creado -aseveró el último de los Corbelanes en tono profundo y acusador.

– ¡Y sin ellos ustedes no son nada! -exclamó el doctor desde su apartado asiento. -No se lo consentirán a ustedes.

– Qué se guarden muy bien si no quieren que el pueblo, contrariado en sus aspiraciones, se levante reclamando su parte de riqueza y su parte de poder! -declaró el popular cardenal-arzobispo de Sulaco con acento significativo y amenazador.

Siguió un silencio, durante el cual Su Eminencia miró fijamente al suelo con frente ceñuda, mientras Antonia reflejaba en la calma de su continente una firmeza inalterable de convicciones. La conversación giró sobre asuntos particulares, recayendo sobre la visita de los Goulds a Europa. El cardenal-arzobispo, durante su permanencia en Roma, había padecido de jaqueca constantemente. Era el clima…, el aire malsano.

Poco después tío y sobrina se retiraron; los sirvientes cayeron nuevamente de rodillas, y el viejo portero, contemporáneo de Enrique Gould, ahora casi ciego e impotente, se arrastró a besar la mano extendida de Su Eminencia. El doctor Monygham, siguiéndoles con la vista, pronunció una sola palabra:

– ¡Incorregibles!

La señora de Gould alzó los ojos, y dejó caer negligentemente en el seno las blancas manos, brillantes con el oro y la pedrería de los anillos.

– Ya están conspirando. ¡Sí! -dijo el doctor. -La última Avellanos y el último Corbelán conspiran con los refugiados procedentes de Santa Marta, que afluyen aquí después de cada revolución. El Café Lombroso del rincón de la plaza está lleno de ellos; y puede usted oír su charloteo, al través de la calle, semejante al ruido de una pajarera de papagayos. Conspiran para invadir a Costaguana. Y ¿sabe usted adonde van a buscar el nervio y la fuerza necesarios? A las sociedades secretas de los emigrantes y naturales del país, en las que Nostromo -o, por mejor decir, el capitán Fidanza- es el gran hombre. ¿A qué debe esa situación? ¿Quién lo sabe? ¿Al talento? Lo tiene sin duda. Hoy su ascendiente entre el populacho es superior al de antes. Parece poseer algún poder secreto, algún medio misterioso para sostener su popularidad. Celebra conferencias con el arzobispo, como en los antiguos días que usted y yo recordamos. Barrios está descartado por inútil; pero tienen un jefe militar en el piadoso Hernández. Y pueden sublevar al país al nuevo grito: "¡La riqueza para el pueblo!"

– ¿Es que nunca habrá paz? ¿No habrá descanso? -musitó la señora de Gould. -Creí que nosotros…

– ¡No! -interrumpió el doctor. -No hay paz ni descanso en el desenvolvimiento de intereses materiales. Esos intereses tienen su ley y su justicia; pero una ley y justicia inhumanas que se fundan en la aplicación de los medios más prácticos para conseguir su fin, sin rectitud, sin la continuidad y la fuerza que sólo puede hallarse en un principio moral. Se acerca el tiempo, señora, en que todo lo que representa la Concesión Gould gravitará tan pesadamente sobre el pueblo como la barbarie, la crueldad y el desgobierno de algunos años atrás.

– ¿Cómo puede usted decir eso, doctor Monygham? -exclamó la señora, herida al parecer en lo más sensible de su alma.

– No digo más que la pura verdad -insistió obstinadamente el doctor. -Los intereses de la Concesión harán sentir su peso opresor y provocarán odio, derramamiento de sangre y venganza, porque los hombres han cambiado. ¿Cree usted que hoy los obreros de la mina marcharían contra la ciudad para salvar al señor administrador? ¿Cree usted eso?

Doña Emilia se oprimió los ojos con el reverso de las manos enlazadas y murmuró con hondo desencanto:

– ¿Y para venir a parar aquí hemos trabajado tanto?

El doctor bajó la cabeza y siguió desenvolviendo interiormente el silencioso pensamiento de su interlocutora. ¿Para eso su vida había sido despojada de las felicidades íntimas que procuran el mutuo amor de cada día con sus ternuras, tan necesarias para la vida del alma como el aire para la vida del cuerpo? Y el doctor, indignándose contra la ceguera de Carlos Gould, mudó a toda prisa de conversación.

– De Nostromo es de quien quería hablarle yo a usted. ¡Ah! Ese individuo sí que posee la estabilidad y la fuerza. Nada acabará con él. Pero no importa eso. Está ocurriendo algo inexplicable, o tal vez demasiado fácil de explicar. Usted sabe que Linda es prácticamente la torrera del faro de la Gran Isabel. El garibaldino no puede ya con sus años. Su labor se reduce a limpiar las lámparas y hacer la cocina de la familia; pero le es imposible subir las escaleras. La ojinegra linda duerme todo el día y vela durante la noche entera. No todo el día, sin embargo. Se levanta a eso de las cinco por la tarde, cuando Nostromo, siempre que se halla en el puerto con su goleta, va a cortejarla remando en un bote.

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