Joseph Conrad - Nostromo

Здесь есть возможность читать онлайн «Joseph Conrad - Nostromo» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Триллер, на испанском языке. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.

Nostromo: краткое содержание, описание и аннотация

Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «Nostromo»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.

Nostromo — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком

Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «Nostromo», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.

Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

– Dicen por ahí que amas a Ramírez.

Gisela hizo gestos negativos con la cabeza, sin mirarle. En sus abundantes cabellos de oro ondearon reflejos cobrizos. La límpida frente de la rubia ostentaba el suave y puro brillo de una perla de incalculable valor iluminada por los cambiantes espléndidos del sol poniente, combinando la sombra de los espacios estrellados, la púrpura del mar y el carmesí del cielo en majestuosa quietud.

– No- replicó con calma-. Nunca le he amado. Creo que nunca… El me ama… tal vez.

La seducción de su lenta voz se extinguió en el aire, y sus ojos permanecieron fijos en el vacío, indiferentes y sin pensamiento.

– ¿Te declaró Ramírez su amor? -inquirió Nostromo dominándose.

– Ah! Una vez…, una tarde…

– ¡Miserable!… ¡Ja!

Se había estremecido, como si le hubiera picado un tábano, y se quedó plantado ante ella, mudo de cólera.

– ¡Misericordia divina! ¡Tú también Gian Battista! ¡Qué desgraciada soy, Dios mío! -exclamó, lamentándose con ingenua sencillez-. Se lo dije a Linda, y ella me riñó…, me riñó. ¿He de vivir ciega, sorda y muda en este mundo? Y después Linda se lo dijo a padre que cogió la escopeta y le ahuyentó. ¡Pobre Ramírez! Ahora has venido tú, y también te lo dice a tí.

Nostromo la contemplaba con los ojos fijos en el hoyuelo de su blanca garganta, que tenía el irresistible encanto de las cosas jóvenes, palpitantes, delicadas, vivas. ¿Era ésta la chicuela que había conocido? Parecía imposible. Vínole al pensamiento que en los últimos años la había visto muy poco…, nada. Aparecía ahora en el mundo como un ser desconocido. Su presencia le había cogido de improviso. Era un peligro. Un peligro terrible. El instintivo humor de fiera determinación, que siempre le había acompañado en los peligros de la vida, aumentó con firmeza vehemente la violencia de su pasión. La rubia continuó con una voz que le recordó el canto del agua corriente, el tintineo de una campanilla de plata:

– Y entre vosotros tres me habéis traído aquí a esta cautividad, entre el cielo y el agua. No hay más. Cielo y agua. ¡Oh, Santísima Madre! La cabeza se me cubrirá de canas en esta odiosa isla. ¡Llegaré a detestarte, Gian Battista!

El prorrumpió en una fuerte risotada. La voz de Gisela le envolvía como una caricia. Lamentaba su desdicha, exhalando inconsciente, como una flor su aroma en la frescura del atardecer, la indefinible seducción de su persona. ¿Tenía ella la culpa de que nadie hubiera echado flores a Linda? Aun de mocitas cuando iban a misa con su madre, la gente, según recordaba bien, no hacía caso de Linda, que era atrevida y descarada, prefiriendo asustarla a ella, que era tímida, con sus piropos. Tal vez fuera porque tenía el cabello tan rubio.

El interrumpió:

– Por tu cabello de oro, y tus ojos de violeta, y tus labios de rosa, y tus torneados brazos, y tu garganta de nieve…

Imperturbable en la indolencia de su postura, se ruborizó, cubriéndose de encendido carmín hasta las raíces de los cabellos. No era vanidosa y oyó los elogios de Nostromo con la inconsciencia de una flor; pero le agradaron. Tal vez a las flores les gusta oírse alabar. Nostromo bajó la vista y añadió con vehemencia:

– Y por tus menudos pies.

Apoyando la espalda en la tosca pared de piedra de la caseta, la muchacha parecía solazarse lánguidamente en el cálido rubor que la había invadido. Sus ojos miraron abajo, a los menudos pies, alabados por Gian Battista.

– De manera que al fin vas a casarte con nuestra Linda. Tiene un genio terrible. ¡Ah! Ahora se moderará, después que le has declarado tu amor. Será menos fiera.

– ¡ Chica ! -replicó Nostromo-. Yo no le he dicho nada.

– Entonces apresúrate. Ven mañana. Ven y díselo, para que yo me vea libre de sus vituperios, y… tal vez… quién sabe…

– Te permitan dar oídos a tu Ramírez, ¿eh? ¿No es eso? Tú…

– ¡Misericordia de Dios! ¡Qué violento eres, Giovanni! -contestó sin conmoverse. -¿Quién es Ramírez… Ramírez? ¿Qué vale Ramírez? -repetía como en sueños en la tétrica oscuridad del golfo velado de nubes.

La lobreguez sólo aparecía interrumpida por una franja carmesí en el confín de occidente, que semejaba una barra de hierro al rojo, tendida al través de un mundo sombrío como una caverna, donde el magnífico capataz de cargadores había ocultado sus conquistas de amor y riqueza.

– Oye, Gisela -dijo en tono mesurado. -No pienso decir una palabra de amor a tu hermana. ¿Quieres saber por qué?

– ¡Pobre de mi! Tal vez no pueda comprenderlo, Giovanni. Padre dice que no eres como los demás hombres; que nadie te ha entendido verdaderamente; que los ricos han de llevarse todavía una sorpresa… ¡Oh! ¡Santos del cielo! ¡Qué cansada me siento!

Levantó sus bordados para cubrirse la parte inferior del rostro, y luego los dejó caer sobre su regazo. La linterna del faro estaba velada por una pantalla del lado de tierra, pero ellos pudieron ver salir de la oscura columna de la torre el largo haz luminoso, encendido por Linda, que resbalaba sobre el mar yendo a perderse en el resplandor expirante de un horizonte purpúreo y rojo.

Gisela Viola, la cabeza apoyada en la pared de la casa, los ojos medio cerrados, y los menudos pies, cubiertos de blancas medias y negros chapines, cruzados uno sobre otro, parecía rendirse, tranquila y fatal, a la oscuridad creciente. Los encantos de su cuerpo, las misteriosas promesas de su indolencia se hacían notar en la noche del Golfo Plácido a modo de una fragancia fresca y embriagadora, que se difundía en las sombras, impregnando el aire. El incorruptible Nostromo respiraba su ambiente de seducción en el tumultuoso anhelar de su pecho. Antes de dejar el puerto se había quitado el traje ciudadano de capitán Fidanza, para remar con mayor desembarazo durante el largo trayecto hasta la isla. Estaba de pie ante ella, con la faja roja y la camisa de color que solía usar en el muelle de la Compañía, con el aspecto de marino del Mediterráneo, desembarcado en Costaguana para probar fortuna. El crepúsculo de púrpura y rojo le envolvió también, cerrado, suave, profundo, como el que a menos de cincuenta yardas de aquel sitio se había espesado alrededor de la pasión suicida del escéptico Martín, inspirándole en la soledad ideas de muerte.

– Tienes que oír una cosa -empezó al fin con perfecto dominio de si propio-. No diré una palabra de amor a tu hermana, con la que estoy desposado desde esta noche, porque es a ti a quién amo. ¡A ti!

Al través de la oscuridad divisó la tierna y voluptuosa sonrisa, que subió instintivamente a los labios de la joven, modelados para el amor y los besos, pero vio helarse aquella sonrisa en la expresión dura y desencajada de su aterrorizado semblante. Entonces él no pudo contenerse por más tiempo. Ella se encogió, esquivando su aproximación, mientras le tendía los brazos con majestuoso abandono en la dignidad de un lánguido rendimiento. Tomóle la cabeza entre las manos y le cubrió de besos el rostro que, vuelto hacia arriba, brillaba en la penumbra purpurina. Dominador y tierno, fue entrando poco a poco en la plenitud de su posesión. Pero advirtió que lloraba. Entonces el incomparable capataz, el hombre de los amores sin inquietudes, se hizo meloso y acariciador, como una madre que intenta acallar el llanto de su niño. Le habló en voz baja con dulzura. Sentóse al lado y le apoyó la rubia cabeza en su pecho. La llamó su estrella, su florcita.

La noche había cerrado. De la pieza grande de la caseta donde Giorgio, uno de los Mil Inmortales, inclinaba su cabeza leonina y heroica sobre un fuego de carbón de madera, salía el chirrido y aroma de una artística frittura .

En el velado desenvolvimiento de aquella escena, que sobrevino como un cataclismo, la cabeza de la joven es la que conservó una vislumbre de razón. Giovanni había perdido la noción del mundo en la quietud de aquel abrazo mutuo. Pero ella le murmuró al oído:

Читать дальше
Тёмная тема
Сбросить

Интервал:

Закладка:

Сделать

Похожие книги на «Nostromo»

Представляем Вашему вниманию похожие книги на «Nostromo» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.


Отзывы о книге «Nostromo»

Обсуждение, отзывы о книге «Nostromo» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.

x