Joseph Conrad - Nostromo
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El capitán Fidanza, al regresar de su próximo viaje, halló a los Viola establecidos en la caseta del torrero del faro. El conocimiento que tenía de la idiosincrasia de Giorgio no le había engañado. El viejo garibaldino había rechazado la idea de tener ningún compañero, exceptuando sus hijas. Y el capitán Mitchell, anhelando complacer a su pobre Nostromo, con aquella feliz inspiración que sólo puede dar el verdadero cariño, había nombrado formalmente a Linda Viola segunda torrera del faro de la Gran Isabel.
– El faro es propiedad particular -solía explicar-. Pertenece a mi compañía. Puedo nombrar a quien me plazca y Viola será el elegido. Es casi lo único que me ha pedido hacer en su favor Nostromo, hombre que vale en oro lo que pesa, repare usted bien.
Inmediatamente de haber anclado la goleta frente a la Nueva Aduana, edificio cuyo tejado plano y columnata le daban un falso aspecto de templo griego, Nostromo salía del puerto remando en su pequeño bote en dirección a la Gran Isabel, paladinamente, en las últimas horas de la tarde, a vista de todo el mundo, con la conciencia de haber triunfado del destino adverso. Necesitaba regularizar su situación. Le pediría a Giorgio su hija. Mientras remaba su pensamiento estaba fijo en Gisela. Linda le amaba sin duda, pero el viejo se alegraría de conservar en su compañía la mayor, que tenía la voz de su esposa.
No dirigió el bote a la estrecha playa donde había desembarcado con Decoud y en su primera visita al tesoro hecha posteriormente, sino a la costa opuesta, y en saliendo a tierra subió la regular y suave pendiente de la isla cuneiforme. Giorgio Viola, a quien vio de lejos, sentado en un banco junto a la fachada de la caseta, contestó a su saludo en voz alta, levantando el brazo. Nostromo se llegó a él. Ninguna de las muchachas apareció.
– Aquí se está bien -dijo Viola en su tono habitual austero y distraído.
El otro asistió con una inclinación de cabeza; y luego, tras un breve silencio:
– Supongo que habrás visto pasar mi goleta hace dos horas, ¿no? Y ¿sabes por qué estoy aquí antes de que mi áncora haya mordido, por decirlo así, el fondo de este puerto de Sulaco?
– En mi casa se te recibe siempre como a un hijo -manifestó el viejo tranquilamente, con la mirada perdida en el mar.
– ¡Ah! Tu hijo. Comprendo. Ves en mí lo que hubiera sido tu hijo. Está bien, viejo . Me gusta que me recibas así. Oye, he venido a pedirte…
Un repentino encogimiento se apoderó del intrépido e incorruptible Nostromo. No se atrevía a pronunciar mentalmente el nombre. Aquel corto silencio imprimió una fuerza y solemnidad especiales al final mudado de la frase.
– Mi mujer… (El corazón le palpitaba aceleradamente.) Es tiempo de que tú…
El garibaldino le detuvo extendiendo el brazo…
– Había dejado a tu arbitrio señalar el momento.
Levantóse con calma. Su barba intonsa desde la muerte de Teresa, espesa y nívea, le cubría el robusto pecho. Volvió la cabeza a la puerta y llamó con voz vigorosa:
– ¡Linda!
Oyóse salir del interior de la casa una contestación pronta y apagada, y el aturdido Nostromo se había levantado también, pero permaneciendo mudo mirando a la puerta. Tenía miedo. No temía verse rechazado por la muchacha, a quien amaba -ninguna negativa le haría renunciar a la mujer amada, -sino el deslumbrador espectro del tesoro, que se alzaba ante él, reclamando una sumisión que no podía ser rehusada. Tenía miedo, porque, muerto o vivo, como los gringos de Azuera, pertenecía en cuerpo y alma al crimen de su audacia. Tenía miedo de que se le prohibiera el arribo a la isla, y por eso guardaba silencio.
Al ver a los hombres de pie, uno al lado de otro, aguardándola, linda se detuvo a la puerta. La apasionada palidez mate de su rostro permaneció inalterable, pero sus negros ojos parecieron recoger y concentrar toda la luz del sol moribundo en un centelleo ardiente dentro de sus oscuras profundidades, veladas al punto por la caída lenta de sus grandes párpados.
– Aquí tienes a tu marido, dueño y bienhechor -pronunció el viejo Viola con voz vibrante que pareció llenar la extensión entera del golfo.
Ella se adelantó, los ojos casi cerrados, con el aspecto de una sonámbula embargada por un sueño beatífico.
Nostromo hizo un esfuerzo sobrehumano.
– Hace largo tiempo, Linda, que nos hemos dado palabra de casamiento -aseveró en tono firme, igual, desapasionado, frío.
La joven puso la mano en la palma abierta de la de Nostromo, bajando la cabeza de cabello negro con reflejos bronceados, sobre la que se apoyó un momento la diestra de de su padre.
– Y con esto quedará satisfecha el alma de la difunta.
Estas palabras las profirió Giorgio Viola, que siguió hablando un rato de su malograda esposa, mientras los dos desposados, sentados juntos, se abstenían de mirarse. Luego calló el viejo, y Linda, inmóvil, empezó a hablar:
– Desde que tuve uso de razón para comprender que vivía en el mundo, he vivido para tí solo, Gian Battista. ¡Eso bien lo sabías! ¡Bien lo sabías…, Battistino!
Pronunció él nombre exactamente con la entonación de su madre. Una sombra como de tumba cubrió el corazón de Nostromo.
– Sí. Lo sabía -dijo.
El heroico garibaldino continuó sentado en el banco, inclinada la canosa cabeza, embargada el alma con recuerdos dulces o violentos, terribles o lúgubres…, solitario en esta tierra llena de hombres.
Entretanto Linda, su hija predilecta, decía:
– Fui tuya desde la fecha más remota a que alcanzan mis recuerdos. Me bastaba pensar en ti para que todo lo demás del mundo desapareciera ante mis ojos. Cuando tú estabas presente, no podía ver a nadie más. Era tuya. Nada ha cambiado. El mundo te pertenece, y tú me dejas vivir en él…
Bajó su voz, llena y vibrante, a una nota más grave, y halló otras cosas que decir… atormentando al hombre que estaba a su lado. Hablaba en un murmullo ardiente y voluble. No dio muestras de ver a su hermana, que salió con un paño de altar en las manos, a medio bordar, y pasó por delante de ellos, silenciosa, rozagante, bella, con una mirada rápida y una débil sonrisa, para ir a sentarse aparte al otro lado de Nostromo.
La tarde era tranquila. El sol estaba casi sepultado en el confín de un océano de púrpura; y la blanca torre del faro, proyectándose lívida sobre el fondo de nubes que cubrían el fondo del golfo, ostentaba su foco de luz roja ardiente, a modo de brasa encendida por el fuego del cielo. Gisela, indolente y reservada, levantaba de cuando en cuando el paño de altar para ocultar sus bostezos nerviosos de pantera joven.
De pronto Linda se arrojó sobre su hermana y, tomándole la cabeza, le cubrió la cara de besos. Nostromo sentía vértigos. Cuando su futura esposa dejó a la rubia, medio aturdida por las violentas caricias, con las manos descansando en el regazo, el esclavo del tesoro tuvo ideas de pegar un tiro a aquella mujer. El viejo Giorgio levantó su leonina cabeza:
– ¿A dónde vas, Linda?
– Al faro, padre mío .
– Sí, sí…, a tu deber.
Se levantó él también y siguió con la vista a su hija mayor; luego, en un tono cuya nota festiva semejaba el eco de la alegrías perdidas en la noche de las edades, añadió:
– Voy a cocinar alguna cosa. ¡Ajá, hijo mío! El viejo sabe además dónde guarda una buena botella.
Y volviéndose a Gisela, le dijo con mudado acento de austera ternura:
– Y tú, pequeña, no reces al Dios de los curas y de los esclavos, sino al Dios de los huérfanos y de los oprimidos, de los pobres y de los niños, para que te dé por marido a un hombre como éste.
Apoyó un momento la mano con fuerza en el hombro de Nostromo, y luego entró en la casa. El infeliz esclavo de la plata de Santo Tomé sintió, al oír aquellas palabras, que los colmillos venenosos de los celos se le clavaban en el fondo del corazón. Este cruel mordisco de su sensibilidad afectiva, que experimentaba por primera vez, le aterró por la violencia y profundidad del tormento que infligía. ¡Un marido! ¡Un marido para ella! Y, no obstante, era muy natural que Gisela tuviera un marido en una época u otra. Nunca lo había comprendido hasta entonces. Al echar de ver que su belleza podía pertenecer a otro, sintió como deseos de matar también a esta otra hija del viejo Giorgio. Luego murmuró en tono desabrido:
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