Lorenzo Silva - La niebla y la doncella
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– Muy bien, Vila -concluyó Pereira-. Ahí tienes tu toro, y a tu banderillera preferida. Sólo espero que te concentres en el bicho y que rehuyas la tentación. Quince días en Canarias son una ocasión inmejorable para perder el control con una chica joven. Y ya sabes lo escasos que andamos de ellas y lo mucho que nos cuesta conservarlas cuando dejan de ser solteras.
La última frase de Pereira se había salido del tono relajado de la conversación. Era verdad que casi todas las chicas, en cuanto se casaban y pensaban en tener hijos, se largaban de la unidad. El régimen de trabajo allí, con viajes prolongados y a veces imprevistos, jornadas ilimitadas y desorden vital continuo, no era, desde luego, el más propicio para conjugarlo con una maternidad responsable. Tampoco con una paternidad en condiciones; de eso sabía yo algo. Y era una lástima, incluso para el propio Pereira, a quien no podía considerarse precisamente un ferviente adalid feminista. Porque las mujeres trabajaban bien y, sobre todo, eran formidables para actuar de incógnito. Aunque los ciudadanos, y en particular los malos, supieran que en la Guardia Civil había mujeres, aún les costaba intuir a la guardia en la simpática chica en vaqueros que les daba palique en la barra del bar.
– Me parece que me juzga a la ligera, mi comandante -repuse, con aire digno-. Y no creo haberle dado motivos. Además, si Chamorro deja de estar soltera, no será por mi culpa. Ya tiene novio.
Pereira puso un gesto de asombro.
– Coño, no tenía ni idea. ¿Y se sabe quién es?
Detesto el comadreo, aunque sea con el superior de uno y por motivos tangencialmente profesionales. Por eso traté de ser lo más parco posible.
– Uno de la empresa. Lo conoció en el curso de cabo.
– Me cago en diez, si lo sé no la mandamos. ¿Y dónde anda él?
– En los GRS, aquí en Madrid.
– Anda la leche, un antidisturbios. Qué cosas. No me habría imaginado eso de Chamorro. Mira tú, la vida te sorprende siempre. En fin, espero que no dure. Porque pienso como tú, que es la mejor tía que tenemos.
No era común que Pereira emitiera juicios como aquél acerca de su propia gente. Me permitió acabar nuestra entrevista con una sensación no del todo desagradable, después de haber soportado sus irónicas insinuaciones y de haber tenido que hacerle de correveidile sobre la vida sentimental de mi compañera. Una cuestión que, por otras razones que no viene al caso explicar, me resultaba ya de por sí suficientemente incómoda.
Andaba revolviendo todas estas cosas en la cabeza cuando, con la carpeta debajo del brazo, me acerqué a la mesa de Chamorro. Estaba, como era su costumbre en los momentos de relativa calma, poniendo en limpio informes, clasificando papeles y rematando expedientes. Una de las grandes ventajas de trabajar con ella, aparte de que fuera sagaz, voluntariosa y sacrificada, era que uno siempre sabía donde encontrar luego la información que iba recopilando. Aunque ella se enfadara si se lo hacías notar. Como individuo naturalmente caótico, me desconcierta lo rabiosa que se pone la gente ordenada cuando le reconoces y le envidias su provechosa cualidad.
– Chamorro, ¿has estado alguna vez en La Gomera?
Mi compañera alzó apenas la vista.
– ¿En La Gomera?
– Sí. Esa isla pequeña, al oeste de Tenerife.
– En Tenerife sí estuve, en el viaje de fin de curso de COU. Pero en La Gomera no, nunca. ¿Por qué?
– Pues vete pensando en sacar la ropa de verano del armario. Tenemos tajo por allí -le enseñé la carpeta-. Un chico joven y guapo al que le afeitaron el cuello hace un par de años. Y nos vamos mañana.
– ¿Mañana?
– Sí, Chamorro, mañana. Voy a darle una vuelta a todo este papelote y luego te lo paso. Ve cerrando lo que haya que cerrar y piensa en faltar de aquí unos quince días.
– Quince días, nada menos -repitió, apagada-. No me fastidies. Yo tenía plan para este fin de semana.
– Pues llamas al increíble Hulk y le dices que soy un cabrón.
– No le llames increíble Hulk.
– Lo siento, Virginia -me retracté-. A mí también me han fastidiado. Tenía al niño este fin de semana. Le han regalado un triunfo a Barbara Stanwyck, y ya sabes que no hay cosa que me dé más por culo en esta vida.
– No sé si preguntarte por qué le pusiste ese mote a tu ex mujer.
– ¿Barbara Stanwyck? Es clavada. Y la Stanwyck siempre hacía de mala. Una señal que debería haber atendido, en su momento.
– Mira que eres tonto, cuando te pones.
– No es ninguna tontería. Yo creo en esas cosas. En las señales. En algo hay que creer, cuando dejas de creer en el sexo y el alcohol.
Chamorro se echó a reír. No voy a ocultar que me gustaba conseguirlo. Que lo intentaba, quizá más a menudo de lo que debía.
– Está bien, cabo -recobré la seriedad-. Ya tiene sus órdenes, así que vaya cumpliéndolas. Pídale disculpas a Conan el Bárbaro en mi nombre. Yo me voy a estudiar esta novela que me ha puesto como lectura el profe.
– Tampoco me hace gracia que le llames Conan -la oí refunfuñar, mientras me dirigía a mi mesa. Pero a mí me parecía un apelativo nada ofensivo, más bien elogioso, para un tipo que medía 1,90 y se pasaba la vida metiéndose caña en el gimnasio, cuando no metía leña a los demás.
Muy a menudo me pregunto por qué, entre todos los caminos que podría haber tomado en la vida después de comprender que había hecho una elección errónea licenciándome en Psicología, resolví ingresar en la Guardia Civil. En su momento, dispuse de la ventaja de tomar la decisión basándome en consideraciones de corto plazo: el temario no era muy grande, las pruebas físicas no me resultaban inasequibles, y en pocos meses, si pasaba el examen, podía estar ganando un sueldo y devengando lentamente una magra pensión. Se me dirá que eso no es gran cosa, pero para un desempleado de larga duración, y a los efectos huérfano de padre, suponía un poderoso estímulo. Lo que ocurre es que luego el tiempo pasa, la vida te va presentando facturas, unas aciertas a pagarlas, muchas no, y al final la pregunta tienes que repetírtela en condiciones mucho menos diáfanas. Me veía obligado a hacérmela aquella mañana de lunes, por ejemplo: mientras me zambullía en un expediente de homicidio, sin poder sacarme de la cabeza que tendría que marcar el número de mi ex mujer para mendigarle que me permitiera ver a mi hijo esa misma tarde, aunque no me tocaba, y sin dejar de darle vueltas a lo que le diría a mi cada día más taciturno vástago para excusar mi enésimo incumplimiento como padre, sostén afectivo y ejemplo moral. Lo malo del envejecimiento, aunque sólo fuera el debido a los treinta y ocho años que hasta entonces yo había visto transcurrir, es que te enseña a encontrar gateras por las que huir de casi todo, e incluso a tener bien clasificadas las gateras en función de su eficacia como vías de escape. Por eso, sabía que una de las soluciones más efectivas que se me ofrecía era meterme a fondo en aquellas vidas ajenas que los papeles que tenía ante mis ojos recogían en sueltos y violentos retazos. Media hora antes, esas vidas no eran de mi incumbencia, ni siquiera de mi interés. Pero ahora no sólo constituían mi obligación profesional y un desafío personal, en tanto que mi honrilla pasaba a estar en juego en función de si lograba averiguar o no quién había puesto fin a los días de aquel muchacho desconocido. Allí, en aquella carpeta, tenía la forma y el camino para llevar adelante unos pocos de mis días, pese a todos los fallos que había cometido al organizar mi existencia. Algo así como la rutina del vampiro, alimentar la vida propia de la muerte de otros.
La lectura de aquel expediente me familiarizó con una investigación, la que habían llevado a cabo mis compañeros de Tenerife, a la que en principio poco reparo cabía oponer. Una vez establecida la identidad entre la sangre hallada en el asiento del BMW del concejal y la poca que quedaba en el difunto, cualquiera habría tirado por donde ellos tiraron. Desplazaron un par de investigadores a la zona y trataron de averiguar si podía establecerse una conexión entre la víctima y el sospechoso. En pocos días supieron de las relaciones del malogrado Iván con la joven hija de Gómez Padilla, y recabaron diversos testimonios de alguna escena destemplada entre el vicepresidente del cabildo y el muchacho, después de que aquél descubriera que López von Amsberg se acostaba con la niña de sus ojos. La más violenta había tenido lugar a la puerta del domicilio de Gómez Padilla, a donde el fallecido había acudido a altas horas acompañando a la hija. Según habían podido saber los investigadores, la chica, de nombre Desirée, y morbosamente atractiva, era conocida del vecindario por su ligereza de costumbres. En cuanto a Iván López, se le consideraba un chaval un poco atolondrado, fanfarrón e impulsivo. En opinión de muchos, no era más que un niño malcriado, al que su buena planta y escasez de seso habían terminado de convertir en un imbécil engreído y caprichoso. Su padre se había largado de casa siendo él muy pequeño, y la madre, una alemana que había llegado allí de vacaciones y que deslumbrada por la isla había decidido quedarse, era casi unánimemente tenida por chiflada desde bastante tiempo antes de que le mataran al hijo.
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