Oyó que el BMW aceleraba. La pista de aterrizaje estaba justo delante de él y vio que el bimotor descendía, le quedaban unos metros para posarse. Pisó el acelerador, cruzó la pista dando bandazos y atravesó la sombra del avión. Y luego, por un instante fugaz, ¡no vio la moto ni el BMW por el retrovisor! Siguió conduciendo, a todo gas, el coche daba bandazos, el chirrido del motor era cada vez peor y ahora lo acompañaba un olor acre a quemado. Se dirigían directamente a la valla del perímetro y a la estrecha carretera que se extendía enfrente.
– Tenemos que salir y escondernos, Vic. No vamos a dejarlos atrás con este trasto.
– Lo sé -dijo él con gravedad.
Al no ver ningún espacio en la valla, el pánico volvió a apoderarse del hombre.
– ¿Dónde está la puta salida?
– Atraviesa la valla y ya está.
Siguiendo su consejo, Vic continuó conduciendo a toda velocidad hacia la valla y redujo justo antes de golpearla. La malla hizo un ruido metálico sordo y se rasgó como un trozo de tela. Luego, se encontraron en la carretera del perímetro, con las marismas del río a la derecha y el aeródromo a la izquierda; con la moto y el coche siguiéndoles de cerca. Un Mercedes deportivo se acercaba en dirección contraria. Vic siguió conduciendo.
– ¡Aparta, coño!
En el último momento, el Mercedes se movió al arcén.
Estaban llegando a un cruce con una carretera estrecha que era poco más que un callejón. A la izquierda, frente a una cabaña, había un camión de mudanzas descargando, que bloqueaba totalmente la carretera.
Giró a la derecha, pisando el freno y mirando por el retrovisor. Al menos, este callejón era demasiado estrecho para que el BMW pudiera pasar. La moto estaba colocándose en posición. En cualquier momento, iba a adelantarle a toda velocidad. Vic zigzagueó para deshacerse de ella. Iban a ciento diez, ciento veinte, ciento veinticinco kilómetros por hora y se acercaban a un puente de madera sobre el río.
Luego, justo al llegar al puente, aparecieron en el otro extremo dos niños montando en bicicleta, justo en medio de la carretera.
– Mieeerda, mieeerda, mieeerda -dijo Vic.
Pisó el freno, tocó la bocina, pero no había tiempo. No iban a detenerse y no había sitio para adelantarlos. Ashley gritaba.
El coche se movió a la derecha, a la izquierda, a la derecha. Golpeó la barrera derecha del puente, cambió de dirección y golpeó la izquierda, rebotó, hizo medio trompo, luego volcó, botó en el aire, saltó por encima de la barrera de seguridad, atravesó la parte de madera de la superestructura del puente, lo astilló como si fueran palillos y cayó boca abajo. Las puertas traseras se abrieron y las maletas se precipitaron a toda velocidad con el coche hacia las marismas, que eran tan blandas y traicioneras como arenas movedizas.
El motociclista se bajó y, cojeando por la herida que se había hecho en la pierna cuando lo habían tirado de la moto hacía tan sólo unos minutos, se acercó al boquete del lateral del puente y miró abajo.
Lo único que pudo ver sobresaliendo del barro era el vientre negro y mugriento del Toyota. El resto del coche estaba hundido. Miró la carrocería, el tubo de escape y el silenciador, las cuatro ruedas aún girando. Luego, delante de sus ojos, el barro burbujeó alrededor del vehículo, como un caldero hirviendo, y momentos después el vientre y las ruedas comenzaron a desaparecer hasta que el barro se los tragó. Algunas burbujas grandes rompieron la superficie, como si hubieran perturbado la guarida subterránea de algún monstruo. Luego, nada.
La marea dificultaba el trabajo. Habían desplegado un cordón amplio alrededor de la zona donde el coche se había hundido y, en la margen lejana del río, una tela ocultaba la escena, sólo en parte, a una muchedumbre creciente de curiosos. Un coche de bomberos, dos ambulancias, media docena de coches de policía, y también un remolcador, estaban aparcados en el callejón.
Habían traído una grúa al viejo puente a pesar de que les preocupaba que no soportara el peso. Grace también estaba en el puente, observando las maniobras de recuperación. Había buzos de la policía trabajando a fondo para sujetar los ganchos del equipo de levantamiento que colgaban de la grúa a las fijaciones de seguridad del Toyota. El cielo, que había repartido gotitas de lluvia intermitentemente durante todo el día, se había despejado un poco durante la última hora y el sol intentaba abrirse paso.
El barro denso había imposibilitado a los buzos adentrarse más y la única esperanza de que los ocupantes estuvieran vivos era que las ventanas hubieran quedado intactas y que dentro del coche hubiera aire. La cantidad de fragmentos de cristal esparcidos por el puente hacía que esa posibilidad fuera bastante remota.
Habían recuperado del Land Rover Freelander abandonado dos maletas, pero lo único que contenían era ropa de mujer; ni un trocito de papel que pudiera darles una pista sobre el paradero de Michael Harrison. Grace tenía la sensación sombría de que el coche iba a aportarles algo.
– ¿Sabes a qué me recuerda esto? -dijo Glenn Branson, que estaba de pie junto a Grace-. A la primera peli de Psicosis, de 1960. Cuando sacan el coche con el cadáver de Janet Leigh del lago. ¿Te acuerdas?
– Me acuerdo.
– Es una buena película. El remake era una mierda. No sé por qué se molestan en hacer remakes.
– Por dinero -dijo Grace-. Es una de las razones por las que tú y yo tenemos trabajo. Porque la gente hace cosas horribles por dinero.
Al cabo de unos minutos más, los ganchos estaban en su lugar y comenzó el levantamiento. Con el estruendo ensordecedor del motor de la grúa, Grace y Branson apenas oyeron los ruidos succionadores y gorjeantes del barro, debajo de las aguas de la marea, al soltar su presa.
Despacio, delante de sus ojos, y lavado por el agua, el Toyota dorado se alzó en el aire, la puerta del maletero abierta y colgando. Salía barro por todas las ventanas. El coche estaba destrozado y las columnas del techo estaban torcidas. No parecía que ni una sola ventana hubiera quedado en su sitio.
Y, al principio, mientras caía el barro, parte en bloques, parte en placas líquidas, sólo eran visibles las siluetas de los dos ocupantes y, luego, al fin, aparecieron sus rostros inertes.
La grúa trasladó el coche a la margen del río y lo posó en el suelo, boca abajo, a unos metros de una casa flotante que estaba pudriéndose. Varios bomberos, agentes de policía y obreros que habían acompañado a la grúa desengancharon el equipo de levantamiento y enderezaron lentamente el coche. Mientras lo giraban sobre las ruedas, las dos figuras del interior se sacudieron como si fueran los maniquíes de las pruebas de accidentes de tráfico.
Grace, inquieto, seguido por Branson, se acercó al coche, se puso en cuclillas y miró dentro. Aunque aún tenía barro pegado a la cara y el pelo mucho más corto que la última vez que la había visto, era indudable que se trataba de Ashley Harper, los ojos muy abiertos, impasibles. A continuación, se estremeció repugnado al ver un cangrejo de patas largas y escuálidas avanzando por su regazo.
– Dios santo -dijo Branson.
Grace se preguntó quién diablos era el hombre que estaba a su lado, en el asiento del conductor. También tenía los ojos muy abiertos. Era un hombre robusto con aspecto de matón y una mascarilla de horror en la cara.
– Mira a ver qué lleva ella encima -dijo Grace.
Abrió la puerta del conductor y buscó en la ropa empapada y embarrada del hombre algo que lo identificara. Sacó una cartera de piel pesada del interior de la chaqueta y la abrió. Dentro, había un pasaporte australiano.
La fotografía era del hombre del coche, no había duda. Se llamaba Victor Bruce Delaney y tenía cuarenta y dos años. Debajo del apartado «En caso de accidente contactar con» había escrito «Señora Alexandra Delaney» y una dirección de Sydney.
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