– Tienes razón, Alex. No va a salir. ¿Por qué apiadarse de ese cabrón liberándolo de su sufrimiento? Dejaremos que se muera de hambre en la oscuridad, solo. ¿Contenta?
Ella asintió.
– ¿Has visto los periódicos de hoy?
– No, he estado limpiando la casa. Tengo todos los de ayer, no hay nada de qué preocuparse. Miraremos los de hoy en el aeropuerto. -Sonrió-. Después, se acabaron las preocupaciones, ¿sí?
Cinco minutos después, el Mercedes estaba cargado con las cuatro maletas de Ashley y la bolsa de deporte de Vic. Éste cerró la puerta de la casa y se guardó las llaves en el bolsillo.
– ¿Crees que deberíamos devolverlas a la agencia?
– Tenemos pagados cinco meses más de alquiler, ¡mujer! ¿Quieres que la gente venga y se ponga a husmear? Porque una cosa sí te digo: dentro de una o dos semanas no va a oler muy bien ahí dentro.
Ashley no dijo nada mientras se abrochaba el cinturón de seguridad y miraba la casa desde la ventanilla por última vez. Era una casa rara, perfecta para su propósito por lo aislada que estaba -el barrio más cercano estaba a unos cuatrocientos metros- y, de hecho, era doblemente perfecta en vista de los acontecimientos del pasado martes por la noche. Ni en un millón de años se diría que era una casa bonita o con estilo. Construida en los años treinta sobre un páramo cubierto de maleza -que no había cambiado-, parecía una mitad truncada de una casa pareada. Originalmente, tenía un garaje, pero hacía unos años lo habían transformado en lo que ahora era la sala de estar.
Vic arrancó el coche. Dentro de una hora estarían en el aeropuerto de Gatwick. Mañana, tal vez hoy más tarde -siempre tenía problemas con el cambio horario-, estarían de vuelta en Australia. En casa. Unas gotitas de lluvia golpearon el parabrisas. Aun así, se puso sus gafas de sol Gucci nuevas. Vic le había rapado el pelo -no había tiempo de ir a la peluquería-, y esta mañana se había puesto una peluca oscura y corta. Si habían organizado una operación de búsqueda en el aeropuerto, estarían buscando a Ashley Harper. La posibilidad de que buscaran a Alexandra Huron era mínima, pero al mirar el pasaporte que llevaba en el bolso, cuya vigencia aún era de dos años más, sonrió. Sin duda nadie buscaría a Anne Hampson.
Vic puso la primera, luego buscó algo.
– ¿Dónde está el puto freno de mano?
– Es una palanca, tienes que tirar.
– ¿Por qué coño tienen una palanca? ¿Por qué no has alquilado un coche normal?
– ¿Qué coche más normal quieres que un Mercedes?
– ¡Un coche con un freno de mano como Dios manda!
– ¡Santo cielo!
Vic bajó la ventanilla.
– ¡Adiós, gilipollas! -gritó-. ¡Que tengas un feliz resto de tu vida!
– ¿Vic?
– ¿Sí? -Vic pisó el acelerador a fondo y bajó por la carretera llena de baches, de la que el Ayuntamiento parecía haberse olvidado-. ¿Qué pasa, ya echas de menos la polla adolescente de tu amante?
– ¿Sabes qué? ¡La tiene más grande que tú!
Vic se giró y le dio una bofetada, el coche dio un volantazo y pisó los matorrales, luego regresó a la carretera y pegó un bote al pasar por un bache.
– ¿Pegarme hace que te sientas bien?
– Eres una puta asquerosa.
Llegaron a un cruce y giraron a la derecha junto a una urbanización de casas modernas y árboles aún jóvenes.
– Y tú eres un matón, Vic. Eres un sádico, ¿lo sabías? ¿Eso te hace sentir bien? ¿Así te excitas, torturando a alguien como Michael?
– ¿Y tú te excitas tirándotelo y sabiendo que un día vas a dejarlo tirado de verdad?
Se volvió hacia ella y la fulminó con la mirada, luego se incorporó a la carretera principal.
Sucedió todo tan deprisa que lo único que Ashley vio fue lo que pareció, por un instante, un cambio en la luz repentino. Se oyó un golpe tremendo; notó una sacudida violenta; se le taponaron los oídos, y el interior del coche se llenó de lo que parecían plumas; además, apestaba a cordita. Al mismo tiempo, la bocina comenzó a pitar.
– ¡Mierda, mierda, mierda, mierda! -Vic dio un golpe en el volante con los puños; el airbag del conductor colgaba del cubo como un condón usado y junto a su cabeza había otro airbag flácido-. ¿Estás bien? -le preguntó a Ashley.
Ella asintió, mirando el capó del coche. La parte que tenía delante de ella estaba levantada y ya no se veía la estrella de Mercedes que lo remachaba. A unos metros de distancia, había otro coche, blanco, parado en un ángulo peligroso en mitad de la carretera.
Vic intentó abrir su puerta y pareció tener dificultades. Luego, echó todo su peso contra ella y, con un chirrido de las bisagras, cedió.
La puerta de Ashley se abrió sin problemas. Se desabrochó el cinturón y salió temblorosa. Luego se tapó la nariz y sopló para destaparse los oídos. Vio a una mujer de pelo gris y aspecto perplejo detrás del volante del otro coche, un Saab con gran parte del morro abollado.
Vic examinó los daños del Mercedes. La rueda delantera del lado del conductor estaba aplastada y torcida, y hundida justo en el compartimento del motor. Era imposible volver a conducir el coche.
– ¡Estúpida de mierda! -gritó Vic al Saab, por encima del pitido de la sirena del Mercedes.
Ashley vio que otro coche subía por la carretera y que una furgoneta se acercaba en dirección contraria. Y vio a un joven que corría hacia ellos.
– Vic -le gritó con urgencia-, hay que hacer algo, ¡por el amor de Dios!
– Sí, bien, hay que hacer algo. ¿Qué coño sugieres?
De vuelta en el centro de investigaciones, Nick Nicholl, de repente, gritó a Grace.
– ¡Roy! ¡Línea siete, cógelo, cógelo!
Grace pinchó el botón, descolgó el auricular y se lo llevó a la oreja.
– Roy Grace -dijo.
Era un sargento de la comisaría de policía de Brighton llamado Mark Tuckwell.
– Roy -dijo-, ¿el Mercedes sobre el que has emitido una alerta, un sedán azul: Lima-Juliet-Cero-Cuatro-Papa-Exray-Lima?
– Sí.
– Acaba de verse implicado en un accidente en Newhaven. Los ocupantes, un hombre y una mujer, han robado un vehículo.
Grace se sentó muy erguido: el teléfono pegado a la oreja; una subida de adrenalina.
– ¿Han cogido rehenes?
– No.
– ¿Tenemos descripciones de las dos personas?
– De momento, no son muy buenas. El hombre es bajo y fornido, caucásico, con el pelo rapado, unos cuarenta y cinco años; la mujer tiene el pelo corto y oscuro, entre veintiocho y treinta y pocos años.
– ¿Qué datos tienes sobre el vehículo que se han llevado? -preguntó cogiendo un bolígrafo.
– Un Land Rover Freelander, verde: Whisky-Siete-Nueve-Seis-Lima-Delta-Yanqui.
– ¿Ha habido ya algún contacto con el coche? -preguntó Grace mientras garabateaba la información.
– Aún no.
– ¿Cuánto hace exactamente que lo cogieron?
– Diez minutos.
Grace se quedó pensando unos momentos. Diez minutos. Se podía ir muy lejos en diez putos minutos. Le dio las gracias al sargento y le dijo que lo llamaría dentro de un par de minutos y que mantuviera la línea libre.
Luego, Grace informó rápidamente a su equipo.
– Nick, haz llegar los datos del vehículo a todos los condados vecinos -le dijo a Nick Nicholl mientras le pasaba los datos del vehículo-. A Surrey, Kent, Hampshire… y también a la Met. ¡Ya!
Se quedó pensando un momento. Las carreteras al este de Newhaven iban a Eastbourne y a Hastings. Al norte estaban las carreteras que llevaban al aeropuerto de Gatwick y a Londres. Al oeste estaba Brighton. Lo más probable, si seguían con el Land Rover, es que se dirigieran al norte.
– Bella -le dijo a la sargento Moy-, que salga el helicóptero. Como suponemos que estarán alejándose de la zona, que cubra las carreteras entre 15 y 25 kilómetros al norte de Newhaven.
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