Peter James - Una Muerte Sencilla

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A Michael Harrison pretenden gastarle una broma inolvidable en su despedida de soltero; algo que jamás pueda olvidar: enterrarlo vivo durante unas horas. Todo se complicará cuando sus amigos, que son los únicos que conocen el verdadero paradero de Michael, mueran esa misma noche en un accidente de tráfico. Abandonado a su suerte, el único enlace con el exterior será Davey, un chico retrasado mental que recogerá del lugar del accidente el watkie-tatkie con el que los amigos de Michael pretendían seguir en contacto con él. A la cabeza de las investigaciones sobre la desaparición se pondrá Roy Grace, un policía experto en desaparecidos. Paulatinamente, las pistas se irán entrelazando de forma confusa unas con otras: historias de amor y de celos, identidades falsas… Así pues, poco a poco, se va descubriendo que lo que, en principio, era una broma estúpida, puede que, en el fondo, tal vez, sea un plan tejido por oscuros motivos.
Peter James nos presenta en Una muerte sencilla a Roy Grace, un personaje brillante y atormentado, experto en resolver crímenes pero incapaz de enfrentarse a su propio pasado.

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Un coche de policía cortaba la carretera y había una gran barrera azul a cada lado en la que se podía leer: «Policía -Parar».

Capítulo 87

– Acaban de saltarse una barrera policial en la rotonda de Beddingham -informó a Grace el funcionario de operaciones, Jim Robinson- y ahora se dirigen al oeste por la A 27. Su siguiente opción de desvío es la rotonda que está a kilómetro y medio, donde pueden elegir girar a la derecha hacia Lewes o a la izquierda hacia Kingston.

– ¿Tenemos a alguien en la rotonda?

– Una moto está de camino, puede que llegue a tiempo.

– Una moto no sirve de nada. Hay que cerrarles el paso. Al menos no van en un coche rápido, así que podremos cogerles. Necesitamos cuatro coches. ¿Dónde están los cuatro más cercanos?

– Tenemos dos en dirección al cruce de la A 23: uno desde Lewes, tiempo estimado de llegada: cuatro minutos; uno desde Shoreham, tiempo estimado de llegada al cruce de la A 23 con la A 27: tres minutos. Aquí en Sussex House hay dos coches preparados para salir y viene otro de Haywards Heath, tiempo estimado de llegada: dos minutos.

– ¿El helicóptero los ha perdido de vista?

– Está justo encima de ellos.

Grace cerró los ojos un momento para visualizar la carretera. Ahora mismo, los malos, fueran quienes fueran -y la sospecha que tenía sobre quién era uno de los dos era muy fundada-, habían cometido el error de elegir la carretera que Grace cogía todos los días para ir al trabajo y volver. Seguramente, era la carretera que conocía mejor del planeta. Se sabía todos los desvíos, todas las oportunidades, y teniendo en cuenta que iban en un vehículo con capacidades de cuatro por cuatro, y aunque el terreno estaba bastante empapado por las lluvias recientes, tendrían muchas opciones de salir de la carretera e ir campo a través si querían.

– ¿Podemos añadir un par de todoterrenos de la policía? -dijo Grace-. Que se coloquen lo más cerca posible del cruce de la A 27 con la A 23.

Miró su reloj. Las dos menos cuarto. Martes. Habría bastante tráfico y había que pensar en los otros usuarios de la vía. La policía había tenido muy mala prensa en los últimos años por culpa de persecuciones temerarias que habían provocado algunas víctimas inocentes. Esta persecución tenía que ser lo más segura posible dadas las circunstancias.

Cerrarles el paso sería lo mejor: un coche delante, otro detrás, uno a cada lado y obligarles despacio a reducir la velocidad. Sería el clásico final feliz.

Salvo que no conocía muchos finales felices desde que ya era mayorcito para creer en cuentos de hadas.

Capítulo 88

Bajando a toda prisa una colina larga con curvas, con la aguja del indicador de velocidad marcando más de doscientos kilómetros por hora, Vic sabía que llegarían al cruce de la A 23 dentro de un minuto más o menos; iba a tener que tomar una decisión. Durante el último par de minutos, consciente de la sombra constante del helicóptero, un pensamiento había ocupado su mente: «Si yo fuera poli, ¿qué bases estaría cubriendo en estos momentos?».

La opción de los aeropuertos había quedado anulada. Igual que los muelles de transbordadores; pero había algo en lo que seguramente la policía no había pensado, tal vez porque ni siquiera sabían de su existencia. Para llegar hasta allí había que deshacerse del maldito helicóptero. Había un sitio, a tan sólo unos kilómetros de distancia, donde podría conseguirlo.

La autovía de dos carriles subía espectacularmente; a la derecha se extendía el campo abierto ondulado de tierra caliza y a la izquierda estaba la gran expansión urbana de Brighton y Hove. Más allá, aún a unos kilómetros, la famosa chimenea alta del destino que perseguía, el puerto de Shoreham; pero no sería su primera parada.

– ¿Por qué has seguido recto, Vic? -le preguntó Ashley, nerviosa-. Creía que íbamos a Gatwick.

Vic no respondió. Un anciano menudo avanzaba por el carril interior en un Toyota dorado de cuatro puertas que parecía tener unos buenos diez años. ¡Perfecto!

El túnel aparecería en cualquier momento. Por lo que recordaba, tendría unos quinientos metros de largo y atravesaba los Downs. Dejaron atrás la señal de «Prohibido adelantar» y penetraron en la oscuridad débilmente iluminada del túnel a unos 175 kilómetros por hora. Al instante, Vic pasó al carril interior, pisó el freno, redujo y encendió las luces de emergencia.

– Vic… ¿qué diablos…?

Pero él no le respondió. Miraba por el retrovisor, observando la hilera de coches que los adelantaban a toda velocidad. Y ahora el Toyota se acercaba. Vic se puso tenso porque sabía que tenía que sincronizarlo todo a la perfección. El Toyota indicó que iba a adelantarles y comenzó a desplazarse, pero al instante unas luces parpadearon y una bocina pitó. Un Porsche pasó como un bólido y el Toyota, frenando bruscamente, tuvo que volver al carril interior.

¡Estupendo!

Vic tiró del freno de mano del Land Rover tan fuerte como pudo, sabiendo que detendría el coche sin que se encendieran las luces de frenado.

– ¡Agárrate! -gritó, y soltó el freno y aceleró.

Detrás, unas ruedas chirriaron, pero cuando el Toyota chocó con ellos, ya habían ganado un poco de velocidad. El impacto fue ligero, tan sólo una sacudida mínima que apenas notó, y el sonido de cristales rotos.

– ¡Sal! -gritó Vic.

El hombre abrió deprisa la puerta, se bajó de un salto y corrió hacia atrás para evaluar los daños. Lo único que le preocupaba era la parte de delante del Toyota. Parecía estar bien: la calandra estaba hundida, tenía un faro roto, pero no goteaba ni aceite ni agua.

– ¡Coge las maletas, joder! -le gritó a Ashley, que caminaba asustada hacia él-. ¡Las putas maletas, mujer!

Vic abrió de golpe la puerta del conductor del Toyota. El conductor era aún más enclenque de lo que le había parecido al adelantarlo. Pasaba de largo de los ochenta, tenía la cara llena de manchas de vejez, el pelo ralo y gafas de culo de botella.

– ¡Eh! ¿Qué… qué se cree… qué? -dijo el hombre.

Vic le desabrochó el cinturón de seguridad, consciente de que estaba deteniéndose un coche detrás de ellos. Luego le quitó las gafas para desorientarlo.

– Te meteré en la ambulancia, tío.

– Yo no necesito una puta…

Vic sacó al hombre, lo agarró por los hombros, lo colocó en el asiento de atrás del Land Rover y cerró la puerta. Un hombre barrigón de mediana edad que acababa de bajarse de un monovolumen Ford que había parado detrás del Toyota se acercó corriendo a Vic.

– ¿Necesita ayuda?

– Sí, pobre hombre. Creo que le ha dado un ataque… Iba dando volantazos.

Un camión pasó ruidosamente, luego dos motos. Ashley gritó.

– Por el amor de Dios, ayúdame, Vic. ¡No puedo yo sola con estas malditas maletas!

– ¡Déjalas, joder!

– Tengo todos mis papeles ahí dentro…

Vic vio que el hombre barrigón miraba a Ashley de manera extraña y decidió que la solución más rápida era dejarlo fuera de combate. Le dio un puñetazo y lo apoyó en la parte delantera de su Ford.

Luego cargaron deprisa la bolsa de deporte de Vic y dos de las maletas de Ashley en el Toyota y se subieron al coche. Vic puso la marcha atrás y, luego, con un chirrido que supuso que provenía de la correa del ventilador, retrocedió unos metros. Entonces puso la primera y el coche dio una sacudida. Miró el retrovisor, luego aceleró, pasó por delante del Land Rover y pisó el acelerador tan a fondo cómo le permitió el viejo y destartalado Toyota hacia la luz cada vez más cercana al final del túnel.

Ashley lo miraba impresionada.

– Muy astuto -le dijo.

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