Harlan Coben - No Se Lo Digas A Nadie

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Durante trece años,Elizabeth y David Beck han acudido al lago Charmaine para dejar testimonio,en la corteza de un árbol, de un año más de felicidad. Ya no es así. Fue la trece su última cita.Una tragedia difícil de superar. Han pasado ocho años, pero el doctor David Beck no consigue sobreponerse al horror de semejante desgracia porque, aunque Elizabeth esté muerta y su asesino en el corredor de la muerte, aquella última cita puso fin a algo más que a una vida.

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Un niño se dirigió torpemente al cristal de la ventana y lo golpeó con aire feliz. Su padre acudió presuroso a su lado y lo cogió en brazos riendo. Al mirarlos, dejó vagar sus pensamientos y no pudo por menos de pensar en lo que podía haber sido su vida. A su lado tenía una pareja de edad avanzada que charlaba cordialmente sin hablar de nada en particular. Cuando ella y Beck eran adolescentes, solían observar al señor y la señora Steinberg, que todas las noches, sin faltar una, paseaban por Downing Place cogidos del brazo, mucho después de que sus hijos se hubieran hecho mayores y hubieran volado del nido. Sus vidas también serían así, le había prometido Beck. La señora Steinberg murió a los ochenta y dos años. El señor Steinberg, que había tenido siempre una salud de hierro, la siguió cuatro meses después. Dicen que suele ocurrir con los viejos porque, parafraseando a Springsteen, sus dos corazones se convierten en uno solo. Cuando muere uno, le sigue el otro. ¿Fue eso lo que pudo haberles ocurrido a ella y a David? Ellos no habían estado sesenta y un años juntos como los Steinberg pero, considerando las circunstancias en términos relativos, si se dice que apenas se conservan recuerdos de la propia vida anteriores a los cinco años y teniendo en cuenta que ella y Beck habían sido inseparables desde los siete y que ninguno de los dos podía desenterrar ningún recuerdo sin encontrar al otro en él, y considerando todo el tiempo que habían pasado juntos no ya en años sino en promedios de vida, podía decirse que su relación era incluso más estrecha que la de los Steinberg.

Se volvió a mirar la pantalla. Junto al anuncio del vuelo 174 de British Airways comenzó a parpadear la palabra «embarque».

Estaban anunciando su vuelo.

Carlson y Stone, acompañados de sus colegas locales Dimonte y Krinsky, estaban ante el mostrador de reservas de British Airways.

– No ha aparecido -les dijo la encargada de las reservas, uniformada de blanco y azul con un pañuelito en el cuello, un bellísimo acento y una tarjetita con su nombre, Emily.

Dimonte soltó un taco. Krinsky se encogió de hombros. No cabía esperar otra cosa. Beck había conseguido burlar la cacería todo aquel día. Era una posibilidad remota que cometiese la tontería de embarcarse en un vuelo con su verdadero nombre.

– Estamos en un callejón sin salida -dijo Dimonte.

Carlson, que aún llevaba apretado contra la cadera el informe de la autopsia, preguntó a Emily:

– ¿Quién es el empleado más competente en materia de ordenadores?

– Creo que soy yo -respondió la chica con sonrisa segura.

– Déjeme ver las reservas -dijo Carlson.

Emily hizo lo que le pedía.

– ¿Puede decirme cuándo encargó el pasaje?

– Hace tres días.

Dimonte no pudo por menos de intervenir.

– Planeaba escaparse. ¡Será hijo de puta!

– No -negó Carlson con un gesto.

– ¿Cómo lo sabes?

– Hemos aceptado que mató a Rebecca Schayes para que ésta no hablara -explicó Carlson-. Si hubiera pensado dejar el país, ¿por qué había de preocuparse por esto? ¿Por qué correr el riesgo de esperar tres días y cargar con otro asesinato?

– Estás dándole demasiadas vueltas, Nick -dijo Stone negando con la cabeza.

– Nos falta una pieza -insistió Carlson-. ¿Por qué decidió huir así de pronto?

– Porque estábamos persiguiéndole.

– Hace tres días no lo estábamos persiguiendo.

– Quizá sabía que era una cuestión de tiempo.

Carlson frunció un poco más el ceño.

Dimonte se volvió a Krinsky.

– Estamos perdiendo el tiempo. Andando que es gerundio -miró a Carlson-. Dejaremos un par de agentes aquí por si acaso.

Carlson asintió, aunque escuchaba a medias. Antes de marcharse, preguntó a Emily:

– ¿Viajaba con alguien?

Emily pulsó unas teclas.

– Su reserva era para una sola persona.

– ¿Cómo hizo la reserva? ¿Personalmente? ¿Por teléfono? ¿A través de una agencia de viajes?

Volvió a pulsar más teclas.

– No fue a través de una agencia de viajes. Eso seguro, porque si fuera así habría una señal indicativa de que había que pagar comisión. La reserva se hizo directamente a British Airways.

Ninguna ayuda por ese lado.

– ¿Cómo pagó?

– Con tarjeta de crédito.

– ¿Puede darme el número, por favor?

Se lo dio y él se lo pasó a Stone. Éste negó con la cabeza.

– No es de ninguna de sus tarjetas o por lo menos ninguna de la que tengamos noticia.

– Compruébalo -dijo Carlson.

Stone ya tenía el móvil en la mano. Asintió con un gesto y pulsó la tecla de la almohadilla.

Carlson se restregó la barbilla.

– Usted dice que encargó el pasaje hace tres días.

– Exacto.

– ¿Sabe la hora?

– De hecho, sí. El ordenador la registra. Las seis y catorce minutos de la tarde.

Carlson asintió.

– Perfecto. ¿Podría decirme si alguien más hizo una reserva más o menos a la misma hora?

Emily se quedó un momento pensativa.

– No he hecho nunca ese tipo de consulta -dijo-. Espere un momento y déjeme ver una cosa -tecleó y esperó, volvió a teclear y volvió a esperar-. El ordenador no clasifica por fechas de reserva.

– ¿Pero tiene la información?

– Sí, espere un momento -volvió a teclear-. Puedo pegar la información en una hoja de cálculo. Podemos sacar cincuenta reservas por pantalla. Así irá más aprisa.

En el primer grupo de cincuenta había un matrimonio que hizo la reserva el mismo día pero unas horas antes. Nada. En el segundo grupo no había nadie. Pero en el tercer grupo cantaron bingo.

– Lisa Sherman -dijo Emily-. El vuelo era para el mismo día y se hizo ocho minutos más tarde.

No era un dato significativo en sí, pero Carlson notó que se le erizaba el vello de la nuca.

– ¡Oh, qué cosa tan interesante! -exclamó Emily.

– ¿Qué?

– El asiento.

– ¿Qué pasa con el asiento?

– Estaba previsto que se sentaría junto a David Beck. Fila dieciséis, asientos E y F.

Carlson se sobresaltó de pronto.

– ¿Ella ha embarcado?

Más tecleo. Se desvaneció la pantalla y apareció otra.

– En realidad, sí. Es probable que esté embarcando en este mismo momento.

Se ajustó la correa del bolso y echó a andar. Caminaba a paso ligero, con la cabeza muy alta. Todavía llevaba las gafas, la peluca y los implantes. También la foto de Lisa Sherman en su pasaporte.

Se encontraba a cuatro puertas de distancia de la suya cuando oyó unas frases de un reportaje de la CNN. Se paró en seco. Un hombre con un equipaje de mano de tamaño industrial chocó con ella. Le hizo un grosero gesto con la mano como si le hubiera cortado el paso en una autopista. No le hizo ningún caso y siguió con los ojos en la pantalla.

En el ángulo situado a la derecha de la imagen de la presentadora aparecía en la pantalla una fotografía de su vieja amiga Rebecca Schayes junto a una imagen de… de Beck.

Se acercó corriendo a la pantalla. Debajo de las imágenes y en letras rojo sangre se leían las palabras siguientes: Muerte en el cuarto oscuro.

«… David Beck, sospechoso del asesinato. Pero ¿es éste el único crimen que, según se cree, ha cometido? Jack Turner, de la CNN, tiene algo que decir al respecto.»

Desapareció la imagen de la presentadora y apareció la de dos hombres vestidos con la chaqueta de la policía neoyorquina cargando en una litera la bolsa negra que contenía el cadáver. Reconoció inmediatamente el edificio y profirió un grito ahogado. Ocho años. Habían transcurrido ocho años y Rebecca seguía teniendo el estudio en el mismo sitio.

La voz de un hombre, presumiblemente la de Jack Turner, inició el informe: «La historia del asesinato de una de las fotógrafas más conocidas de Nueva York es complicada. Rebecca Schayes apareció muerta en el cuarto oscuro de su estudio. Tenía dos tiros en la cabeza, disparados desde muy poca distancia». Pasaron una rápida fotografía de Rebecca con rostro sonriente. «El sospechoso es su amigo de toda la vida, el doctor David Beck, pediatra de la zona alta de la ciudad.» Una imagen de Beck con expresión muy seria llenó la pantalla. Al verla, estuvo a punto de caer desmayada.

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