Minette Walters - Donde Mueren Las Olas

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Ni tan siquiera el ensordecedor ruido de las hélices del helicóptero parece capaz de romper la pesada calma que se cierne sobre un tranquilo pueblo costero situado al sur de Inglaterra. Unos pocos curiosos, desde los acantilados o desde los escasos veleros fondeados en 1a bahía, aplauden lo que creen es el final feliz del rescate de una joven atrapada en una playa abrupta y de difícil acceso. En realidad, la mujer ha sido asesinada y, según todos los indicios, torturada y violada. Su desnudo cuerpo no arroja pista alguna sobre su identidad. El agente Nick Ingram, encargado de la investigación, recela enseguida de un joven actor que paseaba por el lugar de los hechos. El posterior descubrimiento de sus relaciones con la víctima, así como sus actividades en el campo de la pornografía para costearse su lujoso tren de vida, hará que todo le señale como el principal sospechoso.
Pero al mismo tiempo, en el puerto de un cercano pueblo, aparece una niña de tres años con aspecto de haber sido abandonada y con una preocupante actitud de desconfianza y ensimismamiento. La llegada del padre conducirá también hasta la mujer de la playa, que es, en realidad, la madre de la niña. A la policía tampoco le pasa por alto que la pequeña se siente aterrorizada cada vez que su padre se le acerca; un dato revelador que se suma a otras oscuras circunstancias, como el hecho de que el marido no posea una coartada sostenible. Será necesario algo más que arduas investigaciones para conseguir desvelar los aspectos más oscuros y secretos de las vidas de los allegados a la víctima y para localizar las claves que permitan desvelar la identidad del asesino.

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»Sinceramente, no creo que a ella se le ocurriera pensar que Steve sólo le daba coba porque ella estaba disponible y no le costaba ni un céntimo. Steve me dijo que se quedó de piedra cuando él le dijo que no quería volver a verla. Entonces fue cuando ella se puso tonta. Supongo que estaba acostumbrada a engañar a idiotas como su marido y que cogió un cabreo de mil demonios cuando se dio cuenta de que un tipo joven se había aprovechado de ella. Le llenó el barco de mierda, y luego se aficionó a hacer saltar la alarma de su coche y ensuciárselo con mierda. Steve encontraba excrementos por todas partes. Lo que más le jodio fue lo de su bote. Un viernes lo encontró lleno de agua y cagarros medio derretidos. Dijo que Kate debía de haberlos guardado varios días. Y entonces fue cuando Steve empezó a hablar de ir a la policía.

»Yo le dije que me parecía una estupidez. Si metes a la pasma en esto, le dije, no se acabará nunca. Y Kate no será la única que irá por ti, sino que se le unirá su marido. No puedes acostarte con una mujer casada y esperar que el marido haga la vista gorda. Le dije que se lo tomara con calma y que aparcara el coche en otro sitio. ¿Y el bote?, me preguntó él. Yo le propuse que alquilara uno que ella no pudiera reconocer. Y así se acabó todo. Fue muy sencillo. Problema resuelto. Que yo sepa, Kate no volvió a molestarlo.

Galbraith tardó en reaccionar. Había estado escuchando atentamente y tomando notas, y antes de hablar acabó de escribir.

– ¿Le prestó usted un bote?

– Sí.

– ¿Cómo era?

Bridges frunció el entrecejo y contestó:

– Normal y corriente. ¿Por qué le interesa tanto?

– ¿De qué color era?

– Negro.

– ¿De dónde lo sacó?

– De un catálogo de venta por correo, creo. Era el que tenía antes de que me comprara el bote nuevo.

– ¿Sabe si Steve lo conserva?

Bridges vaciló antes de responder:

– No lo sé. ¿No estaba en el Crazy Daze cuando lo registraron?

El inspector se dio unos golpecitos en los dientes con el lápiz, y recordó lo dicho por Carpenter el miércoles: «No me ha gustado nada. Es un fantasma, y sabe demasiado sobre interrogatorios policiales».

– De acuerdo -dijo-. Volvamos a Kate. Dice usted que el problema estaba resuelto. ¿Qué pasó después?

– Nada. Eso fue todo. Sólo que esa mujer apareció muerta en una playa de Dorset el fin de semana que casualmente Steve estaba allí.

– Ya. Y además a la niña la encontraron paseando sola por una calle concurrida a unos doscientos metros de donde Steve tenía amarrado el barco.

– Fue un montaje. Debería someter a William al tercer grado. Él tenía más motivos que Steve para matarla. Ella le ponía los cuernos a su marido, ¿no?

Galbraith se encogió de hombros.

– Pero William no odiaba a su esposa. Él ya sabía cómo era Kate cuando se casó con ella, y no le importaba. Steve, en cambio, se había metido en un lío y no sabía qué hacer para salirse.

– Eso no lo convierte en un asesino.

– Quizá pensó que necesitaba una solución definitiva.

Bridges negó con la cabeza:

– Steve no es así.

– ¿Y William Sumner sí?

– No lo sé. No lo conozco.

– Según su declaración, Steve y usted tomaron una copa con él una noche.

– Vale. No lo conozco bien. Estuve allí un cuarto de hora y apenas hablé con él.

Galbraith juntó las manos delante de la boca y miró al joven.

– Pero al parecer usted sabe muchas cosas sobre él -dijo-. Y también sobre Kate, pese a que sólo los vio una vez.

Bridges se concentró en sus papeles de fumar, colocándolos en diferentes posiciones con los dedos.

– Steve habla mucho.

Al parecer, Galbraith aceptó esa explicación, porque asintió con la cabeza.

– ¿Por qué planeaba Steve viajar a Francia esta semana?

– No sabía que tuviera esa intención.

– Había reservado una habitación en un hotel de Concarneau, pero como no la confirmó, se la han cancelado esta mañana.

De pronto Bridges adoptó una expresión de cautela.

– No me lo había dicho.

– ¿Debería haberlo hecho?

– Claro.

– Usted ha dicho que ya no tenían una relación estrecha -le recordó Galbraith.

– Era una forma de hablar.

El inspector lo miró.

– Está bien. Ultima pregunta. ¿Dónde está el escondite de Steve?

– ¿Qué escondite? -respuso Bridges con candidez.

– Veamos, se lo plantearé de otra forma. ¿Dónde guarda el material del barco cuando no lo utiliza? El bote y el motor, por ejemplo.

– En cualquier sitio. Aquí. En su piso de Londres. En el maletero de su coche.

Galbraith sacudió la cabeza y dijo:

– No hay manchas de aceite. Hemos buscado en todos esos sitios. -Esbozó una sonrisa y agregó-: Y no me venga con que un motor fueraborda no gotea cuando lo inclinan, porque no le creeré.

Bridges se rascó la mandíbula.

– Usted no es su niñera, Tony -murmuró Galbraith con tono amable-, y no hay ninguna ley que diga que cuando tu amigo cava un hoyo para él, tú tienes que meterte dentro con él.

Bridges hizo una mueca y dijo:

– Mire, se lo advertí. Le dije que lo mejor que podía hacer era declarar voluntariamente, porque si no le harían hablar a la fuerza. Pero no me hizo caso. Está convencido de que puede controlarlo todo, cuando la verdad es que desde que lo conozco no ha sido capaz de controlar nada. Steve es puro descontrol. A veces preferiría no haber conocido a ese mamón, porque estoy hasta los cojones de mentir por él. -Se encogió de hombros y añadió-: Pero es mi amigo.

Galbraith esbozó una sonrisa. Estaba claro que Bridges no decía la verdad, y recordó la expresión: «Con amigos así ¿quién necesita enemigos?». Echó un vistazo a la habitación. Había demasiadas discrepancias, sobre todo respecto a las huellas dactilares, y tenía la impresión de que lo estaban llevando por un camino por el que no quería ir. ¿Por qué lo creía Bridges conveniente? ¿Porque sabía que Harding era culpable? ¿O porque sabía que era inocente?

Capítulo 22

La policía de Dorsetshire llamó al director del hotel Angelique de Concarneau, un bonito pueblo costero del sur de la Bretaña, y se enteró de que Steven Harding había telefoneado el 8 de agosto para reservar una habitación doble para tres noches, a partir del sábado 16 de agosto, para él y para la señora Harding. Dejó su teléfono móvil como número de contacto, y dijo que pasaría la semana del 11 al 17 de agosto viajando por la costa de Francia en barco, y que no estaba seguro de la fecha exacta de llegada al hotel. Había acordado confirmar la reserva como muy tarde veinticuatro horas antes de su llegada. Como Harding no había confirmado la reserva, el director le dejó un mensaje en el contestador, y como Harding no había vuelto a llamar al hotel, habían cancelado la reserva. El director del hotel no conocía a Harding y no supo decir si el señor o la señora Harding habían estado alguna vez en el hotel. ¿Dónde estaba situado el hotel? No en primera línea de mar, pero muy cerca de las tiendas y las maravillosas playas.

Y de los puertos deportivos, por supuesto.

Tras una completa revisión de los números memorizados en el teléfono móvil de Harding, que la policía no había podido realizar en el momento de su detención porque el teléfono estaba bajo unos periódicos en casa de Bob Winterslow, se obtuvo una serie de nombres que a los investigadores ya les resultaban familiares. Sólo había una llamada que seguía siendo un misterio, bien porque la persona que había llamado había ocultado su número o porque la había realizado desde una central telefónica -seguramente extranjera-, y por eso el teléfono no había podido registrarla.

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