– Continúe -le dijo a Waits.
– Bueno, ya conoce el resto. Tuvimos sexo, pero ella no era buena. No podía relajarse. Así que hice lo que tenía que hacer.
– ¿Que era qué?
Waits sostuvo la mirada a Bosch.
– La maté, detective. Puse las manos en torno a su cuello y apreté y luego apreté más fuerte y observé que sus ojos se quedaban quietos. Entonces terminé.
Bosch lo miró, pero no pudo evitar abrir la boca. Eran momentos como ésos los que le hacían considerarse inadecuado como detective, momentos en que se sentía acobardado por la depravación que era posible bajo forma humana. Se miraron el uno al otro durante un largo momento hasta que habló O'Shea.
– ¿Tuvo sexo con su cadáver? -preguntó.
– Sí. Mientras todavía estaba caliente. Siempre digo que el mejor momento de una mujer es cuando está muerta pero todavía caliente.
Waits miró a Rider para ver si había provocado una reacción. La detective no mostró nada.
– Waits -dijo Bosch-. Es usted basura inútil.
Waits miró a Bosch y puso la mueca en su rostro otra vez.
– Si ése es su mejor intento, detective Bosch, tendrá que hacerlo mucho mejor. Porque para usted sólo va a empeorar a partir de aquí. El sexo no es nada. Viva o muerta es transitorio. Pero le arrebaté el alma y nadie la recuperará.
Bosch bajó la mirada al expediente que tenía abierto delante de él, pero no vio las palabras impresas en los documentos.
– Sigamos adelante -dijo finalmente-. ¿Qué hizo a continuación?
– Limpié la furgoneta. Siempre llevo plásticos en la parte de atrás. La envolví y la preparé para enterrarla. Luego salí y cerré la furgoneta. Me llevé sus cosas otra vez a su coche. También tenía sus llaves. Entré en su coche y me largué. Pensé que ésa sería la mejor manera de mantener a la policía alejada.
– ¿Adónde fue?
– Ya sabe adónde fui, detective. A los High Tower. Sabía que había allí un garaje vacío que podría usar. Más o menos una semana antes, había ido a buscar trabajo allí y el gerente mencionó casualmente que había un apartamento libre. Me lo mostró porque hice ver que estaba interesado.
– ¿También le mostró el garaje?
– No, sólo lo señaló. Al salir, vi que no había candado en la puerta.
– Así que llevó el coche de Marie Gesto allí y lo metió en el garaje.
– Exacto.
– ¿Alguien le vio? ¿Vio usted a alguien?
– No y no. Tuve mucho cuidado. Recuerde que acababa de matar a alguien.
– ¿Y su furgoneta? ¿Cuándo volvió a Beachwood para recogerla?
– Esperé a que se hiciera de noche. Pensé que sería mejor, porque tenía que cavar. Estoy seguro de que lo comprende.
– ¿La furgoneta estaba pintada con el nombre de su empresa?
– No, entonces no. Acababa de empezar y todavía no quería atraer la atención. Trabajaba sobre todo por referencias, aún no tenía licencia municipal. Todo eso surgió después. De hecho, era otra furgoneta. Fue hace trece años. He cambiado de furgoneta desde entonces.
– ¿Cómo volvió a los establos para recoger la furgoneta?
– Cogí un taxi.
– ¿Recuerda de qué compañía?
– No lo recuerdo, porque no lo llamé. Después de dejar el coche en los High Tower me fui a un restaurante que me gustaba cuando vivía en Franklin, Bird's. ¿Ha estado allí alguna vez? Hacen un buen pollo asado. En cualquier caso era un largo camino. Comí y cuando se hizo lo bastante tarde les dije que me pidieran un taxi. Pasé al lado de mi furgoneta, pero le pedí al taxista que me dejara en los establos para que no pareciera que la furgoneta era mía. Cuando estuve seguro de que no había nadie alrededor fui a la furgoneta y encontré un bonito lugar privado para plantar mi pequeña flor.
– ¿Y todavía podrá encontrar ese sitio?
– Sin duda.
– Cavó un agujero.
– Sí.
– ¿De qué profundidad?
– No lo sé, no muy profundo.
– ¿Qué usó para cavar?
– Tenía una pala.
– ¿Siempre lleva una pala en su furgoneta de limpiaventanas?
– No. La encontré apoyada en el granero, en los establos. Creo que era para limpiar las cuadras, esa clase de cosas.
– ¿La devolvió cuando terminó?
– Por supuesto, detective. Yo robo almas, no palas.
Bosch miró el expediente que tenía delante.
– ¿Cuándo fue la última vez que estuvo en el lugar donde enterró a Marie Gesto?
– Ummm, hace poco más de un año. Normalmente hago el viaje todos los 9 de septiembre. Ya sabe, detective, para celebrar nuestro aniversario. Este año estaba un poco ocupado, como sabe.
Sonrió afablemente.
Bosch sabía que había cubierto todo en términos generales. Todo se reduciría a si Waits podía llevarlos al cadáver y si Forense confirmaba la historia.
– Llegó un momento después del asesinato en que los medios prestaron mucha atención a la desaparición de Marie Gesto -dijo Bosch-. ¿Lo recuerda?
– Por supuesto. Eso me enseñó una buena lección. Nunca volví a actuar tan impulsivamente. Después fui más cuidadoso con las flores que elegía.
– Llamó a los investigadores del caso, ¿no?
– La verdad es que sí. Lo recuerdo. Llamé y les dije que la había visto en la tienda Mayfair y que no estaba con nadie.
– ¿Por qué llamó?
Waits se encogió de hombros.
– No lo sé. Sólo pensaba que sería divertido. Ya sabe, para hablar realmente con uno de los hombres que me estaba cazando. ¿Era usted?
– Mi compañero.
– Sí, pensaba que podría alejar el foco del Mayfair. Al fin y al cabo, yo había estado allí y pensaba que, quién sabe, quizás alguien podría describirme.
Bosch asintió.
– Dio el nombre de Robert Saxon cuando llamó. ¿Por qué?
Waits se encogió de hombros otra vez.
– Era sólo un nombre que usaba de vez en cuando.
– ¿No es su nombre real?
– No, detective. Ya conoce mi nombre real.
– ¿Y si le digo que no me creo ni una sola palabra de lo que ha dicho aquí hoy? ¿Qué diría de eso?
– Diría que me lleve a Beachwood Canyon y probaré todas las palabras que he dicho aquí.
– Sí, bueno, ya veremos.
Bosch apartó su silla y les dijo a los otros que quería departir con ellos en el pasillo. Dejando a Waits y Swann atrás, pasaron de la sala de interrogatorios al aire acondicionado del pasillo.
– ¿Pueden dejarnos un poco de espacio? -dijo O'Shea a los dos ayudantes del sheriff.
Cuando todos los demás estuvieron en el pasillo y la puerta de la sala de interrogatorios quedó cerrada, O'Shea continuó.
– Falta el aire ahí dentro -dijo.
– Sí, con todas esas mentiras -dijo Bosch.
– ¿Y ahora qué, Bosch? -preguntó el fiscal.
– Y ahora no me lo creo.
– ¿Por qué no?
– Porque conoce todas las respuestas. Y algunas de ellas no funcionan. Pasamos una semana con las compañías de taxis revisando los registros de dónde cogieron y dejaron pasaje. Sabíamos que si el tipo llevó el coche a los High Tower, necesitaba algún tipo de transporte de vuelta a su propio vehículo. Los establos eran uno de los puntos que comprobamos. Todas las compañías de taxi de la ciudad. Nadie recogió ni dejó a nadie allí ese día o noche.
Olivas intervino en la conversación colocándose al lado de O'Shea.
– Eso no sirve al ciento por ciento, y lo sabe, Bosch -dijo-. Un taxista podía haberlo llevado sin apuntarlo en los libros. Lo hacen muy a menudo. También hay taxis ilegales. Están a las puertas de los restaurantes en toda la ciudad.
– Todavía no me creo sus cuentos chinos. Tiene una respuesta para todo. La pala resulta que está apoyada contra el granero. ¿Cómo pensaba enterrarla si no la hubiera visto?
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