Qiu Xiaolong - Muerte De Una Heroína Roja

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Shanghai, 1990, el asesinato de la joven Guan «Hong Ying», una celebridad política y estandarte nacional, se convierte en un caso delicado un año después de los acontecimientos de la Plaza Tiananmen. El recién ascendido Inspector Jefe Chen Cao se muestra poco convencido por la máscara de perfección de la heroína roja, entregada a la causa del Partido, sin amigos ni amante.
Muerte de una heroína roja es mucho más que una historia de detectives. Llena de contrastes, es una radiografía sutil de la China de la transición, captada a través de una multitud de historias particulares y una apasionante inmersión en su historia, cultura, tradición poética y gastronómica. Una magnífica iniciación a la China de hoy.
Galardonada con el Premio Anthony a la mejor primera novela y finalista del prestigioso Premio Edgar, Muerte de una heroína roja es la confirmación de uno de los escritores más interesantes del momento.

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Aquella tarde en el parque del Mar del Norte… «¿Recuerdas aquella tarde, con la Pagoda Blanca brillando contra el cielo despejado en el agua verde y el libro de poesía que se te mojó?» Chen se acordaba perfectamente, desde luego, aunque desde aquel día deseaba no hacerlo. El parque del Mar del Norte… era el lugar donde se citó con Ling por primera vez, cerca de la Biblioteca de Beijing, y donde se habían separado.

No sabía de su familia cuando se conocieron en la Biblio teca de Beijing. A comienzos del verano de 1981, Chen acabó su tercer año en el Instituto de Lenguas Extranjeras. Decidió quedarse en la ciudad ese verano, porque en el ático de Shanghai le costaba concentrarse. Había comenzado a redactar su tesis sobre T. S. Eliot, por eso iba a la biblioteca todos los días. En su origen, el edificio de la biblioteca era una de las numerosas salas imperiales de la Ciudad Prohibida. Después de 1949, la convirtieron en la Biblioteca de Beijing. En el Diario del pueblo se publicó la noticia de que la Ciudad Prohibida había dejado de existir. A partir de ese momento, la gente normal y corriente podía pasar el día leyendo en los salones imperiales. Como biblioteca, su ubicación era excelente, junto al parque del Mar del Norte, con la Pagoda Blanca brillando bajo el sol, y cerca del conjunto del Mar del Sur, frente al puente de Piedra Blanca. Sin embargo, como biblioteca no era demasiado cómoda. Por las ventanas de celosía de madera, con sus nuevos vidrios tintados, apenas entraba luz. Por eso, cada asiento tenía su propia lámpara. Tampoco existía un sistema de consulta abierto al público. Los lectores tenían que escribir las referencias en unas fichas y las bibliotecarias buscaban los libros en el sótano.

Ling era una de las bibliotecarias, la encargada de la sección de lenguas extranjeras. Junto a sus compañeras, trabajaba en un rincón, al lado de una ventana salediza, separado del resto de la sala por un largo mostrador de forma curva. Se turnaban para susurrar las normas a los nuevos lectores, les traían libros y, mientras tanto, redactaban informes. Chen le entregaba su lista por la mañana. Mientras Ling se ocupaba de sus pedidos, empezó a fijarse cada vez más en ella. Una chica atractiva de poco más de veinte años, de aspecto saludable, que se movía con agilidad a pesar de sus tacones altos. La blusa blanca que vestía era sencilla, pero parecía cara. Llevaba un amuleto de plata prendido de un hilo de seda roja. Por algún motivo, Chen se fijo en numerosos detalles, aunque la mayor parte del tiempo ella estaba sentada de espaldas a él, hablando en voz baja con las otras bibliotecarias o leyendo sus propios libros. Cuando le hablaba sonriente, sus ojos grandes eran tan claros que le recordaban el cielo sin nubes del otoño en Beijing.

Quizá ella también se fijara en él. Sus listas de libros eran una curiosa mezcla: filosofía, poesía, psicología, sociología y novelas policiales. Su tesis era una cuestión complicada. Las novelas policiales las leía para darse un respiro. En varias ocasiones, ella le había reservado libros sin que él los pidiera, entre ellos, una novela de P. D. James. Ling había llegado a un acuerdo tácito con él. Chen se dio cuenta de que en las fichas de consulta que él le entregaba, colocadas entre las páginas de los libros, su nombre estaba subrayado.

Era agradable pasar el día entero en la biblioteca. Estudiar a la luz de las lámparas de pantalla verde debajo de los vidrios tintados, pasear por el viejo patio flanqueado por las grullas de bronce que miraban a los visitantes, cavilar mientras iba y venía a lo largo de la galería, observar los dragones amarillos de las baldosas entrelazados con nubes blancas…, o simplemente esperar contemplando a la bella bibliotecaria. Ella también leía completamente absorta, con la cabeza apenas inclinada hacia el hombro derecho. De vez en cuando se detenía a pensar, miraba el chopo por la ventana, apoyaba una mejilla en la mano y luego reanudaba su lectura.

Unas veces intercambiaban palabras amables, y otras, miradas igualmente amables. Una mañana Chen la vio acercarse, vestida con una blusa de color rosa y una falda blanca, cargando en sus brazos desnudos el montón de libros que él había reservado. Le vino a la mente la imagen de los melocotones en flor cuando brotan de un abanico de papel blanco. Incluso empezó a escribir los primeros versos, aunque le interrumpió la llegada de un grupo de ruidosos adolescentes. A la semana siguiente, una revista de renombre publicó uno de sus poemas, y entonces, junto con la lista de sus pedidos, Chen le entregó un ejemplar. Ella se sonrojó y le agradeció efusivamente su regalo, que al parecer, le gustó mucho. Cuando él devolvió los libros al final de la tarde, le contó lo del poema inconcluso como si fuera una broma, y ella volvió a sonrojarse.

Otro inconveniente era que la cantina en el edificio contiguo estaba abierta sólo al personal de la biblioteca. En aquella época aún no existían los cómodos restaurantes o puestos, pequeños y baratos, de propiedad privada, así que recurrió a la treta de entrar con unos bollos al vapor escondidos en su mochila. Una tarde estaba sentado en el patio comiendo un bollo frío cuando ella pasó en bicicleta, pero a continuación, por la mañana, Ling le entregó los libros que le había pedido y le hizo una propuesta: lo invitaba a la cantina del personal, donde podría comer en su compañía. Aceptó. La comida era bastante más sabrosa, y además, le ahorraba tiempo. En varias ocasiones, después de haber tenido que asistir a reuniones en algún otro sitio, Ling se las arreglaba para traerle comida en su propia fiambrera. Al parecer, gozaba de no pocos privilegios. Nadie decía nada a propósito de todo aquello.

En una ocasión incluso lo dejó entrar en la sección de libros antiguos, que permanecía cerrada por las labores de restauración. En aquella sala todo estaba cubierto de un manto de polvo, pero había libros maravillosos. Algunos se guardaban en exquisitas cajas forradas de tela y databan de las dinastías Ming y Qing. Chen empezó a hojearlos y ella se quedó. Él pensó que aquello correspondía a una norma de la biblioteca. No había aire acondicionado en la sala. Ling se quitó los zapatos y Chen sintió unas ganas furiosas de verla bailar un bolero sobre el suelo viejo cubierto por una pátina de polvo. Tuvo que resistirse a la tentación de mirarla por encima de los libros que leía. A pesar de su esfuerzo por concentrarse girando la silla hacia un lado, sus pensamientos iban por otros derroteros. Al percatarse de ello, se sintió turbado.

La mayoría de las veces se quedaba leyendo hasta bastante tarde. Al cabo de un tiempo, empezó a salir de la biblioteca a la misma hora que ella. Las primeras veces parecía una coincidencia, hasta que un día Chen la vio junto a su bicicleta, bajo el antiguo arco de la puerta, esperándolo. Solían recorrer juntos el laberinto de pintorescos pasajes al atardecer. Dejaban atrás las viejas casas blancas y negras de estilo sihe, al anciano que vendía molinos de viento fabricados con papeles de color, el sonido de los timbres de las bicicletas llenando el aire quieto y los gritos de las palomas flotando en lo alto de los cielos de Beijing, rumbo a la esquina de Xisi, donde ella aparcaba su bicicleta y enlazaba con el metro. La veía girarse en la entrada del metro para hacerle una seña. Vivía bastante lejos.

Una mañana temprano, cuando se dirigía a la Biblioteca, se detuvo en la estación. Sabía que ella saldría por allí para recuperar su bicicleta. Compró un billete y bajó al andén. Había mucha gente por todas partes. Se quedó esperando, y de pronto, se perdió en la contemplación de una pintura mural que retrataba a una joven uighr sosteniendo racimos de uva en sus brazos desnudos. Daba la impresión de que la mujer caminaba hacia él, con su brazalete tintineando en el tobillo, dando pasos muy ligeros, moviéndose…, y entonces la vio acercarse entre la multitud del tren, a la que pronto dejó atrás.

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