Arnaldur Indriðason - Las Marismas

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Un hombre aparece asesinado en su casa en el barrio Las Marismas de Nordurmyri. La policía encuentra escondida en su escritorio una vieja foto de la tumba de una niña de cuatro años. Y es precisamente esa foto la que conduce a los investigadores hacia el pasado tenebroso de aquel hombre, a sus antiguas relaciones y a un drama familiar. Esta historia coincide con la desaparición de una joven de su propio banquete de boda.
Los inspectores, Erlendur y Sigurdur Óli, se enfrentan en los dos casos a enredados y complicados pasados de familias aparentemente corrientes.
«Verosímil, bien construida, conmovedora e inteligente.» Times Literary Supplement
«Fascinante, original y desconcertante.» Val McDermid

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– Venimos por el asesinato que ocurrió aquí, en el sótano -dijo Erlendur, e interrumpió así la balbuceante verborrea del piloto.

– ¿Habéis estado en Oslo? -preguntó el piloto.

– No -dijo Erlendur-, pero no venimos para hablar de Oslo.

El piloto le miró y luego observó a Sigurdur Óli; de repente parecía despejarse.

– A ese hombre no le conocía de nada -explicó-. Compré este agujero hace cuatro meses; según tengo entendido, llevaba vacío mucho tiempo. A él le vi algunas veces por aquí, por la calle. Parecía normal.

– ¿Normal? -preguntó Erlendur.

– Quiero decir que era agradable hablar con él.

– ¿De qué hablaste con él?

– Más que nada, de aviación. Le interesaba la aviación.

– ¿Qué le interesaba de la aviación?

– Los aviones -dijo el piloto, y abrió una lata de cerveza que sacó de una bolsa de plástico-. Los destinos -siguió después de tomarse un trago de cerveza-. Las azafatas -añadio, y soltó un eructo-. Preguntó mucho por las azafatas. Ya sabéis.

– No, no sabemos -dijo Erlendur.

– Cuando pernoctamos en el extranjero.

– Ah, sí.

– Que qué hacemos, si las azafatas están animadas y cosas así. Había oído que las estancias en el extranjero solían ser muy movidas.

– ¿Cuándo le viste por última vez? -preguntó Sigurdur Óli.

El piloto se quedó pensativo. No se acordaba.

– Hace algunos días -dijo al fin.

– ¿Sabes si recibió visitas últimamente? -preguntó Erlendur.

– No, suelo pasar mucho tiempo fuera de casa.

– ¿Has visto a alguien merodeando por aquí, por el barrio, alguien que pareciera estar buscando algo o simplemente paseando sin rumbo fijo?

– No.

– ¿Alguien que llevaba una chaqueta militar de color verde?

– No.

– ¿Un hombre joven con botas militares?

– No. ¿Llevaba botas militares? ¿Sabéis quién lo hizo?

– No -dijo Erlendur, y volcó una lata medio llena de cerveza cuando se dio la vuelta para salir del piso.

La mujer iba a llevar a los niños con su madre unos días y estaba preparada para salir. No quería que los pequeños se quedaran en casa después de lo que había pasado. El hombre asentía con la cabeza. Era lo mejor. Evidentemente les había afectado. Habían comprado la vivienda cuatro años atrás y estaban a gusto en ella. Un buen barrio para vivir. También para los niños. Éstos estaban de pie al lado de su madre.

– Fue tremendo encontrarlo así -dijo el hombre con la voz entrecortada, como susurrando. Miró a sus hijos-. Les hemos dicho que el hombre estaba dormido -añadio-, pero…

– Sabemos que estaba muerto -dijo el niño mayor.

– Muerto -dijo el pequeño. El matrimonio sonrió desconcertado.

– Se lo han tomado muy bien -aseguró la mujer, y acarició la mejilla del mayor.

– Holberg me caía bien -explicó el hombre-. Conversábamos algunas veces, aquí en la calle. Había vivido en esta casa mucho tiempo y hablábamos sobre el jardín, sobre mantenimiento y cosas así, lo habitual cuando hablas con un vecino.

– Pero no teníamos mucha relación -dijo la mujer-. Me parecía mejor así. Mejor mantener la intimidad.

No habían notado nada fuera de lo normal y no habían visto a nadie con chaqueta militar verde merodeando por los alrededores. La mujer estaba impaciente por marcharse con los niños.

– ¿Recibía Holberg muchas visitas habitualmente? -preguntó Sigurdur Óli.

– Nunca lo vi con nadie -dijo la mujer.

– Parecía sentirse un poco solo -añadio el hombre.

– Su casa apestaba -dijo el niño mayor.

– Apestaba -repitió el pequeño.

– En el sótano había humedad -dijo el hombre justificando a los niños.

– A veces la humedad sube hasta aquí -siguió la mujer.

– Se lo habíamos comentado -aseguró el hombre.

– Dijo que lo iba a mirar -repuso ella.

– Hace dos años de eso -aclaró él.

Capítulo 4

El matrimonio del barrio de Gardabaer miró a Erlendur con angustia. Su hija pequeña había desaparecido. No sabían nada de ella desde hacía tres días. Nada, desde la boda. Le dijeron que había desaparecido durante la celebración. Su hijita pequeña. Erlendur se imaginaba una pequeña niña rubia hasta que se enteró de que tenía veintitrés años y que estudiaba psicología en la universidad.

– ¿De la boda? -preguntó Erlendur, y miró a su alrededor en el enorme y lujoso salón; tenía el tamaño de una planta entera del edificio donde él vivía.

– ¡De su propia boda! -dijo el hombre, como si todavía no entendiera lo que había pasado-. ¡La chica se escapó de su propia boda!

La mujer se sonó en un pañuelo arrugado.

Era mediodía. Erlendur había tardado una media hora en llegar desde Reikiavik hasta Gardabaer, a causa de las obras que se encontró en el camino; además le costó lo suyo dar con el gran chalé de la familia. Desde la calle no se veía, oculto en medio de un gran jardín donde crecían varios tipos de árboles, algunos de hasta seis metros de altura. El matrimonio le esperaba con una angustia evidente.

Erlendur sabía que esto era una pérdida de tiempo y que tenía otros asuntos más importantes que resolver; pero ya que su ex mujer le había pedido que le hiciera este favor decidio complacerla, a pesar de que apenas se habían hablado durante dos décadas.

La mujer llevaba un elegante traje chaqueta de color verde claro y el hombre, un traje negro. Él decía estar muy preocupado por su hija, aunque tenía el convencimiento de que antes o después volvería a aparecer por casa sana y salva. Quería hablar con la policía sin que se pusiera en marcha un equipo de búsqueda o de rescate ni que saliera ningún aviso en los medios.

– Simplemente se esfumó -dijo la mujer.

Tenían la edad de Erlendur, unos cincuenta años. Los dos se dedicaban al comercio, importaban artículos para niños y eso les proporcionaba gozar de una buena situación económica. Nuevos ricos. El paso del tiempo les había tratado con benevolencia. Erlendur se fijó en dos automóviles nuevos aparcados delante del doble garaje. Los dos pulidos y brillantes.

La mujer se armó de valor y empezó a contarle toda la historia. Había ocurrido hacía tres días, el sábado. ¡Dios mío, qué deprisa pasaba el tiempo! Era un día precioso. Les casó ese cura tan conocido.

– Horrible -dijo el marido-. Vino corriendo, soltó un rollo y luego desapareció rápidamente con su cartera. No entiendo cómo puede ser tan famoso.

La mujer no dejó que nada alterara la belleza de la boda.

– ¡Un día grandioso! Soleado, un precioso tiempo otoñal. Seguramente había unas cien personas en la iglesia. Tiene tantísimos amigos. Es una chica muy popular. Hicimos la fiesta aquí, en Gardabaer. ¿Cómo se llama el sitio? Siempre se me olvida.

– Gardaholt -puntualizó el marido.

– Es un sitio tremendamente agradable. Llenamos. La sala, quiero decir. Recibió tantísimos regalos. Luego cuando… cuando…

– Tenían que bailar el primer vals -siguió el hombre cuando la mujer se puso a llorar-, y el tonto del novio estaba completamente solo en la pista de baile. Nosotros llamamos a Dísa Rós, pero ella no aparecía. Empezamos a buscarla, pero era como si se la hubiera tragado la tierra.

– ¿Dísa Rós? -dijo Erlendur.

– Luego se descubrió que había cogido el coche de bodas…

– ¿Coche de bodas?

– ¡Ay, sí! Ese cochazo decorado con flores y lazos que les llevó desde la iglesia como se llame, y se largó de la boda. De repente. Sin explicaciones.

– ¡De su propia boda! -exclamó la mujer.

– ¿Y vosotros no sabéis la razón?

– Evidentemente ha cambiado de idea -dijo la mujer-. Se habrá arrepentido de todo.

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