Steve Martini - El abogado

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Uno de los primeros clientes del abogado Paul Madriani es Jonah Hale, un anciano que se encuentra en un grave aprieto cuando Jessica, su hija, sale de la cárcel: Jonah y su esposa se han encargado de la educación de Amanda, su nieta de ocho años, debido a la drogadicción de la madre de la niña, pero, a raíz del importante premio que ha ganado el matrimonio en la lotería, Jessica decide secuestrar a la pequeña y pedir a su padre una gran suma de dinero si desea recuperarla. Jonah, que tiene la custodia legal, se niega, por lo que Jessica recurre a los servicios de Zolanda, una activista radical de los derechos de la mujer, que acusa a Jonah de haber abusado sexualmente de Amanda. El caso se complicará con un asesinato del cual Jonah será el principal sospechoso.

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Ella mira mi vaso.

– Tendré que recuperar el tiempo perdido -dice.

Se acerca un camarero y ella le dice:

– Tomaré lo mismo que el señor.

Apenas el camarero se aleja de nuestra mesa, la expresión de Susan se vuelve de pronto más seria, casi sombría. Hay algo de lo que quiere hablarme. Me dice que se trata de algo serio, que nos afecta a los dos.

En este momento advierto que la honestidad brilla en sus ojos, pienso que Susan, a fin de cuentas, va a sincerarse conmigo, va a revelarme el misterio de lo que sucedió la noche en que murió Suade.

Sin embargo, lo que me dice es:

– He aceptado un empleo en otra ciudad.

La miro, sorprendido, desconcertado por primera vez por la mujer a la que tan bien creía conocer.

– Ya sé que te sorprende -dice-. Pero llevo largo tiempo pensando en ello. Aquí mi carrera está acabada. Hay gente importante que nunca me perdonará lo que hice.

– ¿A qué te refieres?

– A cosas que tú ya sabes. A lo de contarte lo de la pistola. A lo de ponerme de tu parte en el juicio. A nuestra excursión a Cabo.

– En los periódicos no dejan de elogiarte. Dicen que fuiste una heroína.

Ella menea la cabeza.

– Públicamente, algunos políticos se ven obligados a decir eso. Pero tienen buena memoria, y no se olvidan de los que no se prestan a ser jugadores de equipo. -La opinión que tiene Susan de la política no puede ser peor.

Llega su bebida, el margarita. Ella se pone la pajita entre los dientes.

Creo que Susan espera que le pregunte dónde ha encontrado su nuevo trabajo, pero no lo hago. En vez de ello, echo mano al bolsillo interior de mi chaqueta, saco algo y lo coloco suavemente en la mesa, entre los dos. Es el talonario de cheques, un talonario como tantísimos otros que los bancos dan a sus clientes todos los años.

Ella lo mira, desconcertada, con la pajita aún entre los dientes. Hasta que de pronto comprende.

– Vaya por Dios -murmura.

En la expresión de Susan se mezclan el dolor y el temor. No alza la vista inmediatamente, como si no fuera capaz de mirarme a los ojos.

– ¿Desde cuándo lo sabes? -dice en tono opaco, como si estuviera en trance.

– Lo averigüé esta misma tarde.

Ella lanza un suspiro, con súbito desánimo. Me mira en silencio, como si no estuviera segura de lo que yo voy a hacer a continuación.

– Quería decírtelo -dice-. No sabes hasta qué punto estaba deseosa de decírtelo.

– ¿Por qué no lo hiciste?

– Por mis hijas. Me habrían separado de las pequeñas. Habría tenido que hacer frente a un juicio. Me habrían encarcelado. Habría sido más fácil quitarme la vida -dice, como si la idea se le hubiese ocurrido más de una vez-. Sé lo que estás pensando. Dejé que Jonah pagara las consecuencias.

Eso es lo único por lo que no puedo perdonarla. Ella sigue:

– Por eso intenté conducirte en la dirección adecuada. Por eso te hablé de la pistola de Suade.

– ¿Qué hiciste con ella?

– Aquella noche, después de que ocurrió… -Aparta la mirada de mis ojos-. Me sentía asustada, confusa. Ni siquiera me di cuenta de que la pistola seguía en mi coche. Estuve conduciendo. Regresé hacia Imperial Beach. Cuando vi el arma en el suelo, en el lado del acompañante, no supe qué hacer. Así que estacioné en la ciudad y di un paseo hasta el puerto.

Susan arrojó la pistola desde el extremo del muelle de Imperial Beach.

– ¿Cuándo anotaste el número de serie?

– No lo hice. -Ella parece dolida porque a mí ni siquiera se me ocurra que en un momento de tal pánico ella pudiera haber tenido tanta sangre fría-. Evidentemente, yo sabía que ella tenía la pistola. No sabía que arrestarían a Jonah. Más tarde envié a uno de mis investigadores a que indagase en el registro federal de armas. Sabía que él encontraría el número de la pistola.

– ¿Cómo murió Suade?

– Fue un accidente.

– ¿Sacó la pistola y te apuntó con ella?

Susan asiente y me mira, intrigada, sin saber cómo me he enterado de eso. Yo nunca le mencioné lo de que, el día en que fui a visitarla, Suade no dejó de meter la mano en el fondo del bolso.

– Tienes que creerme -dice Susan.

– Te creo. ¿Por qué fuiste a verla?

– Ella tenía información.

– ¿Tu ordenador?

Ella asiente con la cabeza. Los ojos comienzan a llenársele de lágrimas.

– Yo la había ayudado. Le facilité información sobre Davidson.

El férreo marine había estado sometiendo a malos tratos a su hijo, y Susan lo sabía, pero no le era posible hacer nada. Ni siquiera un juez de fuera del condado iba a llamar maltratador a un colega togado, ni a retirarle la custodia conjunta. El único recurso de Susan fue Suade.

Susan facilitó una información crítica, cosas que no eran públicas, acerca del complicado divorcio, de modo que Suade pudo ayudar a la ex esposa de Davidson a vender las acciones y a vaciar las cuentas corrientes del juez, obteniendo recursos financieros suficientes para huir y esconderse.

– Suade creyó que había conseguido a una aliada para toda la vida -dice Susan-. Cuando le dije que no la ayudaría en otros casos, ella envió a Jessica a robar en mi casa. Sabía que yo no guardaría en la oficina información como la referente a los asuntos financieros de Davidson.

– Tu ordenador portátil -no lo pregunto: lo digo.

Ella asiente con la cabeza.

– Bajé información de los bancos de datos del tribunal. Yo tenía acceso a ellos.

Por un momento, permanecemos inmóviles. Ella me mira y, finalmente, pregunta:

– ¿Qué vas a hacer ahora?

Por primera vez desde que hemos abordado este tema, yo le dirijo una sonrisa.

– Deberías coger tu talonario y guardártelo en el bolso… antes de que alguien te lo robe.

Sus ojos reflejan alivio.

– Mi nuevo trabajo es en Colorado -me dice.

– Es un bonito lugar. Seguro que te gusta. -No digo nada acerca de mí mismo. De algún modo, Susan sabe que no iré a reunirme con ella.

Steve Martini

1Lena la Saltarina N de la t 2En español en el original N - фото 2
***
1Lena la Saltarina N de la t 2En español en el original N de la - фото 3

[1]«Lena la Saltarina. » (N. de la t.)

[2]En español en el original. (N. de la t.)

[3]En español en el original. (N. de la t.)

[4]En español en el original. (N. de la t.)

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