Steve Martini - El abogado

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Uno de los primeros clientes del abogado Paul Madriani es Jonah Hale, un anciano que se encuentra en un grave aprieto cuando Jessica, su hija, sale de la cárcel: Jonah y su esposa se han encargado de la educación de Amanda, su nieta de ocho años, debido a la drogadicción de la madre de la niña, pero, a raíz del importante premio que ha ganado el matrimonio en la lotería, Jessica decide secuestrar a la pequeña y pedir a su padre una gran suma de dinero si desea recuperarla. Jonah, que tiene la custodia legal, se niega, por lo que Jessica recurre a los servicios de Zolanda, una activista radical de los derechos de la mujer, que acusa a Jonah de haber abusado sexualmente de Amanda. El caso se complicará con un asesinato del cual Jonah será el principal sospechoso.

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– ¿Dónde habéis aparcado? No he oído vuestro coche.

– Un poco más abajo -contesto.

– Sólo tardo un minuto -dice ella-. La verdad es que realmente os gusta complicar las cosas. Ahora tengo que pagar a los de la mudanza. -Alza la cabeza. La luz fluorescente del techo ilumina sus facciones. Por primera vez logro verla con claridad-. ¿Seguro que no puedo llevarme mis cosas? Sólo tengo el televisor, un ordenador portátil y algunas ropas.

Su cabello es oscuro, y más largo. No es la rubia con aspecto de duende que aparecía en la foto de Jonah, y las ropas son distintas, más refinadas, un traje pantalón negro y tacones altos, pero el rostro, algo en los ojos, es similar. Tiene las delicadas facciones de Jessica, nariz fina, y pómulos altos y marcados. Y la estatura parece la adecuada. Podría ser ella, pero no termino de estar seguro.

– Lo siento. En el coche no hay sitio -le explico. Parece ser lo que ella está esperando oír, y por eso lo digo.

– Sí, ya sé. La misma mierda de siempre -dice ella-. Probablemente, los muy cretinos se quedarán con mis cosas. -No está claro si se refiere a nosotros o a los encargados de la mudanza-. Al salir de la ciudad tendréis que deteneros para que yo pueda echar la carta a un buzón.

No digo nada, y ella me mira de nuevo. Asiento con la cabeza.

– ¿Dónde está la niña? -En cuanto estas palabras salen de mi boca, Susan respinga, como si no esperase que yo fuese tan directo.

La chica del talonario no se inmuta, y sigue escribiendo.

– Cielo, ven aquí. Nos vamos.

Al volverme, veo en el umbral a un chiquillo. Hombros pequeños, pelo castaño oscuro, unas cuantas pecas alrededor de la nariz. Lleva vaqueros y camiseta, y zapatillas de empeine alto, como todos los chiquillos que conozco.

La tensión abandona mi cuerpo como un globo de aire caliente invertido. Miro a Susan, preguntándome qué demonios pasa, y estoy a punto de decirle que ya es hora de que nos marchemos.

Cuando lo hago, no veo a Susan. Ésta se ha arrodillado frente al chiquillo.

– Cariño. ¿Cómo estás?

Al principio, el chiquillo no responde. Luego, con voz fina y forzada, dice:

– Estoy bien.

Miro de nuevo al pequeño y ahora me doy cuenta de que no se trata de un niño, sino de una niña disfrazada de niño. El pelo largo ha desaparecido, y es de un color distinto, pero al concentrarme me doy cuenta de que el rostro es el de Amanda Hale.

En ese momento, todo ocurre a la vez. Susan rodea con los brazos a la pequeña y, pegando los labios a su oído, en un susurro que a un metro de distancia resulta apenas audible, dice:

– Nos envían tus abuelos.

Los ojos de Amanda se iluminan.

– ¿Quiénes sois? ¡Fuera de aquí! -Jessica me tira el talonario, que yo cojo en el aire a escasos centímetros de mi rostro.

La mujer se abalanza hacia Susan y la niña, y sus uñas refulgen, pero yo la atrapo por detrás antes de que pueda llegar, giro sobre mí mismo y la inmovilizo contra la repisa. Ella es flaca y robusta, y tiene mucha fuerza para su tamaño. Echa las manos hacia atrás y trata de arañarme el rostro. Ha levantado los pies del suelo y está pateando y llamándome cosas, epítetos que no reproduciré.

Susan todavía tiene el bolso y la bolsa de playa colgados del hombro. Mete la mano en la bolsa y saca la cinta adhesiva.

– ¡Dejad a mi mamá! -Ahora Amanda está golpeándome en la espalda, pequeños impactos apenas perceptibles. Me siento como un matón desalmado.

Susan da un rodeo y aparece al otro lado de la repisa, con el rollo de cinta en una mano.

– Sujétala bien.

– No, no lo hagas -digo, al tiempo que hago girar entre mis brazos a Jessica con gran rapidez, de modo que ella no pueda soltar las manos.

Ahora Jessica está vuelta hacia mí. Me escupe. Tiene la boca seca. Trata de asestarme un rodillazo en la entrepierna, pero falla. La agarro por los brazos, justo por encima de los codos, y le bloqueo las rodillas con el muslo.

– Le ataré las manos con la cinta -dice Susan.

– No. -Maniatar a Jessica y dejarla aquí ya ha dejado de ser una opción viable.

La miro a los ojos.

– Escúchame. Sólo tengo tiempo para decir esto una vez. La gente a la que esperas viene a matarte. ¿Entiendes lo que digo? Te matarán a ti y a cualquiera que esté contigo.

Bajo la vista hacia Amanda, que ahora está agarrada al costado de su madre.

– ¿Quiénes sois?

– Eso no importa.

– Trabajáis para mi padre, ¿verdad? -Parcialmente, ha deducido lo que sucede.

– Lo único que necesitas saber es que no trabajo para Esteban Ontaveroz.

– ¿Esteban?

– No hay tiempo para charlas -le digo.

– ¿Por qué voy a creerte? Lo único que queréis es llevaros a mi pequeña.

– De ser eso cierto, ahora estarías en el suelo, maniatada y amordazada -dice Susan.

– ¿Para qué iba a quererme Esteban? Yo no les dije nada. -Se refiere a las autoridades.

– Lo que le preocupa es lo que cree que puedes decirles.

– Si nos quedamos aquí unos minutos más, podremos discutir eso personalmente con Ontaveroz -dice Susan, y no deja de tener razón.

– ¿Cómo me ha encontrado Esteban?

– En estos momentos no tenemos tiempo para hablar de eso.

– No puede ser él -dice Jessica-. La que me llamó fue la gente de Suade.

– Suade ha muerto. -Noto que un escalofrío le recorre el cuerpo. Su rostro se demuda, como si le hubiesen asestado un fortísimo golpe.

– La asesinaron hace casi tres meses -dice Susan-. La noticia ha aparecido en todos los periódicos del norte. ¿Acaso no los lees?

– Aquí no me llega la prensa norteamericana.

Ya ha dejado de debatirse. Aflojo los brazos en torno a los suyos. Me separo unos centímetros. Amanda aprovecha la oportunidad para pegarse más a su madre.

– ¿Y qué me dices de la televisión? -Señalo el receptor que hay sobre la repisa.

– La parabólica está estropeada. Lo único que recibo son las emisiones en español.

– ¿Reconociste la voz del hombre que te llamó? -pregunta Susan.

Jessica niega con la cabeza y mira las paredes de la cocina, como buscando en ellas una respuesta.

– ¿Cuándo llamó? -pregunto.

– Esta mañana a última hora -dice ella.

– ¿Cuándo, exactamente?

– No sé. Quizá a las once. Poco antes del mediodía.

Está claro que no han llamado desde la población, pues de haberlo hecho ya estarían aquí.

– No disponemos de tiempo para hablar. -Agarro a Jessica por un brazo, y la empujo hacia la puerta.

– ¿Quién mató a Suade? -Ella se detiene y se vuelve a mirarme. Quiere hablar sobre el tema.

No le digo que su padre está acusado del crimen.

– ¿Esteban? -pregunta ella.

– Eso es lo que sospecho -digo-. Te buscaba a ti.

– Oh, mierda. -Jessica mira a Amanda-. Tenemos que largarnos cuanto antes. -Al fin comprende. La realidad se impone.

Ausente, recojo el talonario que ha caído al suelo. Trato de entregárselo a Jessica, pero ésta ya se halla en la puerta, empujando a Amanda ante sí.

– El coche está en el camino de atrás -le digo.

Jessica coge el bolso que cuelga del respaldo de una de las sillas de la sala. Susan lleva la bolsa de playa y su bolso. De pronto, se da cuenta de que se ha dejado la cinta adhesiva sobre la repisa. Se vuelve para cogerla.

– Déjala. -La empujo fuera de la cocina, por delante de mí, al tiempo que echo un último vistazo a mi reloj bajo la luz. Si Jessica esperaba en media hora a sus visitantes, éstos se están retrasando.

Cruzamos rápidamente la sala y salimos por la puerta principal, que no nos molestamos en cerrar a nuestra espalda. Seguimos el sendero que conduce a la zona de estacionamiento de detrás del apartamento. Susan abre la marcha. Lleva a la niña de la mano. Amanda corre a todo lo que le dan sus pequeñas piernas. Coloco a Jessica ante mí, de forma que me sea posible vigilarla. Ella está teniendo problemas con los tacones altos.

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