Steve Martini - El abogado

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Uno de los primeros clientes del abogado Paul Madriani es Jonah Hale, un anciano que se encuentra en un grave aprieto cuando Jessica, su hija, sale de la cárcel: Jonah y su esposa se han encargado de la educación de Amanda, su nieta de ocho años, debido a la drogadicción de la madre de la niña, pero, a raíz del importante premio que ha ganado el matrimonio en la lotería, Jessica decide secuestrar a la pequeña y pedir a su padre una gran suma de dinero si desea recuperarla. Jonah, que tiene la custodia legal, se niega, por lo que Jessica recurre a los servicios de Zolanda, una activista radical de los derechos de la mujer, que acusa a Jonah de haber abusado sexualmente de Amanda. El caso se complicará con un asesinato del cual Jonah será el principal sospechoso.

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Empujo la puerta con fuerza, mi hombro contra el hierro forjado. Otro disparo. Esta vez pega en la piedra, por encima de mi cabeza. Empujo con más fuerza, haciendo que el cadáver del hombre se deslice quizá medio metro, hasta que queda bloqueado contra la puerta. Empujo a Amanda por el resquicio.

– Corre -le digo.

En vez de hacerlo, ella se queda plantada, mirándome, paralizada por el pánico.

Susan y Jessica siguen a la niña por la abertura de la puerta. Susan agarra la mano de Amanda y, llevándola casi en vilo, corre con ella en dirección al restaurante. Jessica agarra a la niña por la otra mano.

Paso por el resquicio de la puerta y miro al hombre caído en el suelo. Tiene los ojos abiertos, y en ellos brilla la muerte. No puedo hacer nada por él, así que utilizo su cuerpo. Cierro la puerta y empujo el cadáver contra ella. Otra bala pasa zumbando cerca de mí.

Me adentro en el patio, fuera de la línea de fuego. En estos momentos, el lugar está vacío de gente. Soy el último en retirarse por una amplia escalinata que parece tener unos diez metros de largo, como la boca de una inmensa ballena de cuyas entrañas brota música de salsa. De pronto me hallo en un bar discoteca subterráneo, lleno de parpadeantes luces estroboscópicas.

Junto a la puerta del local reina el pánico. La gente se pelea por salir.

Uno de los gorilas que se ocupan de vigilar el local mira hacia nosotros desde la barra del bar, situada a uno de los costados del local, preguntándose qué demonios sucede. La gente está volcando mesas, corriendo hacia las salidas.

Más hacia dentro, el pánico se extiende lentamente, amortiguado por el estruendo. Las parejas que bailan en la pista no se enteran de nada. Sus cuerpos se mueven al compás de la música y de las polícromas luces estroboscópicas que también marcan el ritmo.

Susan derriba una mesa y se escuda tras ella con Amanda. Jessica se tira al suelo junto a ellas.

Yo vigilo la puerta, esperando. Me uno a ellas y de pronto me doy cuenta de que aquí no hay protección que valga.

Uno de los vigilantes, un gorila que debe de medir más de dos metros y pesar más de ciento cuarenta kilos, se dirige hacia la entrada.

– ¡No! -le grito por encima de la música.

Él me mira como diciendo «¿Y tú quién demonios eres?». Ocurra lo que ocurra, él está decidido a ponerle remedio. Desaparece escaleras arriba y dos segundos más tarde escucho detonaciones, tres o cuatro, fuego rápido, casi inaudible debido al estrépito de la música. El cuerpo del hombre rueda escaleras abajo. La pista de baile se vacía. La gente se esfuma como por ensalmo. Los dos camareros también han desaparecido.

Jessica me mira y dice:

– Me quieren a mí. Coge a Amanda y márchate…

– No. -Amanda está llorando.

– Ocultémonos tras la barra -les digo. La barra, larga y sinuosa, corre paralela a la pared curvilínea. Es el único refugio que queda en todo el local.

Jessica no se mueve, pero Susan agarra a la pequeña. El brazo de Amanda se engancha en la bolsa de playa que cuelga del hombro de Susan. Ésta se detiene un segundo para dejar caer la bolsa. Cuando lo hace, se me ocurre una idea.

– ¡Marchaos! -Apenas presto atención a mis compañeras. Estoy pensando en algo.

Jessica trata de discutir conmigo. Yo la empujo hacia la barra.

Finalmente sigue a Susan y se mueve a gatas por la vacía pista de baile.

Meto la mano en el interior de la bolsa de playa, cojo la pequeña toalla y el frasco de éter. En el suelo hay una cajita de fósforos que se ha caído de uno de los ceniceros cuando las mesas se volcaron. Cojo los fósforos y me los echo al bolsillo.

Trato de hacer girar la tapa del frasco. Como no cede, la tapo con la toalla y lo intento de nuevo. Se afloja. Lo desenrosco sólo una vuelta y luego, manteniendo cuidadosamente la toalla sobre el frasco, aparto el rostro para evitar los vapores y cruzo la sala en dirección a la escalera. Describo un amplio arco para mantenerme a un lado y evitar convertirme en blanco de las balas. Me detengo con la espalda contra la pared a un lado de la amplia escalera.

Hay más de diez metros de espacio abierto ante la base de la escalera. Sólo hay cuatro peldaños hasta el nivel del patio exterior. Uno de los pistoleros está en el centro de la explanada superior. Lo veo silueteado contra las luces del patio. Por fortuna, él mira hacia una negra caverna en la que sólo brillan los ocasionales relámpagos de las luces estroboscópicas de la pista de baile. La música sigue sonando, atronadora.

Ahora ya no hay marcha atrás para mí. Desenrosco el tapón de la lata y lo tiro, luego me doy la vuelta y echo a correr a través de la abertura, esta vez con la toalla separada del frasco, dejando sobre el suelo, detrás de mí, un humeante reguero de éter.

El pistolero hace un disparo que no alcanza su blanco.

Otro disparo. Su amigo está junto a él. La bala pega en el suelo, donde yo me encontraba hace un instante. Lo que ellos ven es una imagen parpadeante, debido a las luces estroboscópicas de la pista de baile.

Hacen fuego una vez más contra la parpadeante imagen, pero ya es demasiado tarde. Yo he llegado al otro lado, tengo la pared contra el muro, junto al extremo más próximo de la barra.

Ellos tratan de conseguir un ángulo de tiro adecuado. Escucho sus pies sobre los peldaños de piedra que hay arriba. Uno de ellos dispara tres veces y sus proyectiles pegan en la pared, por encima de mi cabeza, haciendo saltar fragmentos de escayola. Es fuego de cobertura, mientras su amigo se pega a la pared y baja otros dos escalones. Escucho su agitada respiración al otro lado del recodo.

Ahora suenan voces en el patio exterior. El segundo pistolero, el que está arriba, habla con quienesquiera que estén llegando. Comprendo que sus compatriotas, los que fueron a los apartamentos, al fin nos han encontrado. Eso significa que ahora son al menos seis. Se están reagrupando para el asalto final.

Meto la mano en el bolsillo donde he guardado los fósforos. Sacudo el frasco, en cuyo fondo aún quedan por lo menos dos dedos y medio de éter. El orificio de la tapa sigue cubierto por la toalla.

Me arrodillo y vierto el contenido restante, formando cuidadosamente un fino reguero. Sacudo las últimas gotas al tiempo que me cobijo tras la barra. Trato de contener la tos, a causa de los efectos del éter. Estoy un poco mareado, y me siento como entre nubes.

Escucho pasos en la escalera. Con la cajita de fósforos en una mano y el frasco en la otra, me alzo de rodillas y arrojo el frasco al otro lado de la sala. Se produce una salva de disparos, los fogonazos se mezclan con las luces estroboscópicas de la pista de baile. Dos de los pistoleros quedan silueteados frente a la abertura.

– Paul -oigo gritar a Susan, y me vuelvo a mirar. Jessica está corriendo a través del espacio abierto. Amanda ha ido tras ella.

Jessica se da cuenta, se vuelve y se detiene.

– ¡No!

Los pistoleros disparan de nuevo.

Lanzo un fósforo prendido al reguero de éter, justo en el momento en que las balas hacen impacto en el cuerpo de Jessica.

Una diabólica llama azul cruza el suelo, inflamándose en una bola de fuego que me chamusca el rostro al tiempo que la explosión me lanza detrás de la barra.

Suenan unos horribles gritos. Uno de los pistoleros se retuerce y va dando traspiés hacia el extremo de la barra. Cuando aparece ante mi vista, el hombre es una antorcha humana. Aún ardiendo, casi cae sobre mí. Yo gateo para apartarme de él, notando cómo el calor me vacía los pulmones de aire.

Me doy la vuelta y, rodeado del oscuro humo, voy a gatas hasta el otro extremo de la barra. Para cuando llego allí, Susan se ha tirado sobre Amanda para protegerla.

En el exterior se oyen detonaciones, algunas de ellas de armas automáticas. Por entre el humo y las llamas no me es posible ver nada. El otro pistolero se ha reunido con su compañero. Su cuerpo yace, humeante, al pie de la escalera.

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