El vengador volvió la espalda al mar, porque tenía una tarea pendiente.
Aparte de los ladridos de Walter, mi perro, al darme una breve bienvenida, la casa estaba en silencio cuando regresé, y lo agradecí. Desde que Rachel y Sam se habían marchado, parecía que aquellas otras presencias, negadas durante tanto tiempo, habían encontrado la manera de colonizar los espacios que antes ocuparon las otras dos que las habían sustituido. Yo había aprendido a no contestar a su llamada; a pasar por alto los crujidos en las tablas o los pasos en el techo del dormitorio, como si las presencias se paseasen por el desván buscando entre las cajas y maletas lo que antiguamente fue suyo; a permanecer ajeno al golpeteo en las ventanas cuando oscurecía, optando por pensar que era algo distinto de lo que en realidad era. Sonaba igual que el susurro de las ramas agitadas por el viento, como si sus puntas rozasen el cristal, sólo que no había ningún árbol cerca de las ventanas, y una rama jamás golpetearía con tal regularidad o tal insistencia. A veces me despertaba en la oscuridad sin saber bien qué había perturbado mi descanso, consciente sólo de que se había oído un sonido donde no debería haber sonido alguno, y quizá con la vaga sensación de percibir un murmullo, que iba apagándose a medida que mi conciencia volvía a levantar las barreras que el sueño había bajado temporalmente.
La casa nunca estaba del todo vacía. Algo se había instalado allí.
Debería haberle hablado a Rachel de ello mucho antes de que ella se marchase, lo sé. Debería haber sido sincero con ella y haberle dicho que mi esposa muerta y la hija que había perdido -o unos fantasmas que no eran exactamente ellas- no me dejaban en paz. Rachel era psicóloga. Lo habría entendido. Me quería y habría intentado ayudarme. Puede que hubiera hablado de culpa residual, del delicado equilibrio de la mente, de que ciertos sufrimientos son tan grandes y tan horrendos que una recuperación completa no está al alcance de un ser humano. Y yo habría asentido con la cabeza y dicho sí, sí, sí, así es, sabiendo que había parte de verdad en lo que ella decía y que, a la vez, no bastaba para explicar la naturaleza de lo que había ocurrido en mi vida desde que me arrebataron a mi mujer y a mi hija. Pero no hablé, por miedo a que pronunciar esas palabras en voz alta equivaliese a otorgar a ese fenómeno un rango de realidad que no deseaba reconocer. Negué su presencia y, al hacerlo, ellas tuvieron un mayor control sobre mí.
Rachel era preciosa. Tenía el pelo rojo, la piel clara. En Sam, nuestra hija, había mucho de ella y sólo un poco de mí. La última vez que hablamos, Rachel me dijo que Sam, nuestra hija, ya dormía mejor. Hubo momentos, cuando vivíamos juntos bajo el mismo techo, en que su sueño se veía perturbado, en que Rachel o yo nos despertábamos al oír su risa y, a veces, su llanto. Uno de los dos iba a ver cómo estaba la niña y observábamos cómo tendía las manitas, intentando agarrar cosas invisibles en el aire, o cómo volvía la cabeza para seguir el movimiento de figuras que sólo ella veía, y yo me fijaba en que la habitación estaba fría, más fría de lo que debiera.
Y Rachel, pensé, aunque no decía nada, también lo advertía.
Tres meses antes yo había asistido a una charla en la Biblioteca Pública de Portland. Dos personas, un médico y una vidente, habían debatido sobre la existencia de fenómenos sobrenaturales. Para ser sincero, reconozco que, allí, me sentí un tanto abochornado. Me pareció estar en compañía de personas que no se lavaban con la suficiente frecuencia y que, a juzgar por las preguntas planteadas después de la sesión, tenían una clara predisposición a aceptar como verdad toda clase de supercherías, entre las cuales el mundo espiritual no parecía ser más que una pequeña parte, al lado de los ángeles con aspecto de hadas, los ovnis y los lagartos alienígenas de forma humana.
El médico habló de alucinaciones auditivas que, según él, eran las que experimentaban más comúnmente aquellos que hablaban de fantasmas. Los ancianos, en especial los enfermos de Parkinson, sufrían a veces de una dolencia conocida como demencia con cuerpos de Lewy, debido a la cual veían figuras de tamaño reducido. Eso explicaba la preponderancia de historias en las que los espíritus presuntamente vistos aparecían cortados por las rodillas. Habló de otros posibles desencadenantes, de lesiones en el lóbulo temporal, de tumores y esquizofrenia, y de depresión. Describió los sueños hipnagógicos, esas vividas imágenes que nos asaltan en los espacios entre la vigilia y el momento de dormirnos; y sin embargo, concluyó, la ciencia por sí sola no podía explicar plenamente todas las experiencias sobrenaturales descritas. Eran muchas las cosas que no conocíamos, dijo, sobre el funcionamiento del cerebro, sobre el estrés y la depresión, sobre la enfermedad mental y la naturaleza del dolor.
La vidente, en contraste, era una vieja farsante y soltó una sarta de estupideces que por lo visto son propias de lo peor de su especie. Habló de seres con tareas inacabadas, de sesiones de espiritismo y mensajes del «más allá». Tenía un programa en la televisión por cable y una línea telefónica de alta tarificación, y actuaba para los pobres y los crédulos en pabellones deportivos y albergues en toda la zona nordeste.
Aseguró que los fantasmas rondan lugares, no a personas. Creo que eso es mentira. Alguien me dijo una vez que nosotros creamos nuestros propios fantasmas, y que, como en los sueños, cada uno de esos fantasmas es una faceta de nosotros mismos: nuestra culpabilidad, nuestros remordimientos, nuestro dolor. Quizás ésa sea una respuesta, más o menos. Todos tenemos nuestros fantasmas. No todos ellos son creación nuestra, y, sin embargo, al final nos encuentran.
Rebecca Clay estaba sentada en la cocina de su casa, con todas las luces apagadas. Tenía delante un vaso de vino tinto, aunque seguía intacto.
Debería haberle pedido al detective que se quedara. El hombre nunca se había acercado a la casa, y ella confiaba en la seguridad de sus puertas y ventanas y en la eficacia del sistema de alarma que tenía, en especial después de comprobarlas un asesor recomendado por el detective; pero al caer la noche, tales precauciones empezaron a parecerle insuficientes, y en ese momento percibía todos los ruidos de la vieja casa, cada crujido de las tablas al asentarse y la vibración de los armarios cuando el viento jugueteaba por las habitaciones como un niño descarriado.
La ventana sobre el fregadero estaba muy oscura, dividida en cuarterones por peinazos blancos, y no se veía nada más allá. Rebecca habría podido estar flotando a través de la negrura del espacio, separada del vacío exterior sólo por una finísima barrera, si no fuera por la suave exclamación de las olas invisibles que rompían en la playa. A falta de algo mejor que hacer se llevó el vaso a los labios, tomó un sorbo con cuidado y percibió, demasiado tarde, el tufillo avinagrado que despedía el vino. Hizo una mueca, luego escupió en el vaso y se levantó de la mesa. Se acercó al fregadero y vació el vaso antes de abrir el grifo para limpiar las manchas rojas del metal. Se agachó, bebió agua directamente del chorro y se enjuagó la boca para quitarse el sabor. Le recordó, incómodamente, al sabor de su ex marido, y la fetidez de sus besos por la noche cuando el matrimonio entró en su declive último y definitivo. Rebecca sabía que él la detestaba entonces tanto como ella lo detestaba en esos momentos, y que él deseaba librarse de la carga que compartían. Rebecca ya no deseaba ofrecerle su cuerpo, y no le quedaba el menor resto de la atracción que había sentido en otro tiempo, pero había encontrado la manera de separar el amor de la necesidad. En ocasiones se preguntaba con quién fantaseaba él cuando se movía encima de ella. A veces él se quedaba con la mirada en blanco, y ella sabía que a pesar de que su cuerpo se hallaba ligado al de ella, su verdadero ser estaba muy lejos. En otros momentos, en cambio, tenía una intensidad en la mirada, una expresión de desprecio o algo parecido, que convertía el acto sexual en una especie de violación. Entonces no había amor en el acto, y cuando ella recordaba esos años, no sabía decir si de verdad hubo alguna vez amor entre ellos.
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