John Connolly - Los atormentados

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Daniel Clay, en otro tiempo un respetado psiquiatra infantil, desapareció al salir a la luz los abusos sufridos por varios niños que él atendía. Ahora, cinco años después, y cuando ya se le ha declarado muerto, su hija, Rebecca Clay, es acosada por un desconocido que pregunta por su padre. Ese desconocido, llamado Merrick, está obsesionado con descubrir la verdad sobre la desaparición de su propia hija, y Rebecca contrata al detective Charlie Parker para deshacerse de Merrick a toda costa. Parker no tarda en verse atrapado entre aquellos que quieren conocer la verdad sobre Daniel Clay y aquellos que quieren permanecer ocultos a toda costa, pues quizá no estaban del todo al margen de los abusos. Pero intervienen otras fuerzas. Alguien, un fantasma del pasado de Parker, financia la cacería de Merrick. Y las acciones de Merrick han inducido a otros a salir de las sombras: figuras semivislumbradas decididas a vengarse a su manera, pálidos espectros que vagan sin reposo. Han llegado los seres atormentados… Así arranca este nuevo y esperado caso del detective Charlie Parker, alias «Bird», en la que es la sexta novela de la serie policiaca escrita por John Connolly.

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Cuando acabó, seguí al Hyundai de Rebecca mientras ésta llevaba a Jenna al colegio y permanecí detrás de ella todo el camino hasta su oficina. Trabajaba a un paso de su casa, en Willard Square, junto al cruce de Pillsbury y Preble. Me había dicho que pensaba quedarse en el despacho hasta la hora del almuerzo y luego, por la tarde, tenía que visitar inmuebles. La vi entrar. Había procurado mantenerme a una distancia discreta de su coche. Aún no había advertido la menor señal del hombre que la seguía, pero prefería que no me viera con ella, todavía no. Quería que intentara acercarse a Rebecca otra vez, para estar esperándolo. No obstante, si ese individuo sabía lo que se traía entre manos, me descubriría fácilmente, y ya me había resignado al hecho de que necesitaría a más hombres si quería hacer bien las cosas.

Mientras Rebecca trabajaba en su despacho, volví a Scarborough, paseé a Walter y le di de comer; después me duché y me cambié de ropa. Dejé el Mustang y cogí un Saturn cupé verde, me compré un café y un bollo en la panadería Foley's, en la Carretera 1, y volví a Willard. El taller de Willie Brew, en Queens, me había localizado y vendido el cupé después por un precio inferior al que deberían haber costado sólo los neumáticos. Era útil como coche de reserva en ocasiones como aquélla, pero al conducirlo me sentía como un pueblerino.

– ¿Ha muerto alguien en él? -pregunté a Willie cuando me lo enseñó como posible segundo coche.

Willie simuló olfatear el interior.

– Creo que está húmedo -me contestó-. Es probable. Podría ser. En cualquier caso, por el dinero que te pido, sería una ganga aunque el cadáver estuviera pegado al asiento.

Tenía razón. Aun así, me daba un poco de vergüenza conducirlo. De todos modos, no era fácil pasar inadvertido en un Mustang Boss 302 de 1969. Hasta el delincuente más tonto miraría en algún momento por el retrovisor y pensaría: «¿No es ése el mismo Mustang del 69 con adhesivos de coche de carreras que ya iba detrás de mí antes? Oye, ¿no será que me están siguiendo?».

Telefoneé a Rebecca para saber si todo estaba en orden y luego di un paseo por Willard para despejarme un poco más y matar el tiempo. Pasar la noche en un sofá con un viento frío silbando a través de una ventana rota no era lo más idóneo para dormir bien. Incluso después de la ducha me sentía fuera de órbita.

La gente de Portland, al otro lado de la bahía, tendía a mirar un poco por encima del hombro a South Portland, una población con sólo cien años de antigüedad, cosa que en Maine la convertía en una recién nacida. Con la edificación del Puente del Millón de Dólares, la construcción de la Interestatal 295 y la apertura de las galerías Maine Mall, los pequeños comercios se habían visto obligados a cerrar y la ciudad había perdido parte de su encanto; conservaba, no obstante, su personalidad característica. La zona donde vivía Rebecca Clay se llamaba antes Point Village, pero eso fue a principios del siglo XIX; y cuando South Portland se escindió de Cape Elizabeth en 1895, pasó a conocerse como Willard. Acogió a capitanes de barco y pescadores, cuyos descendientes aún viven allí hoy día. Durante el siglo pasado, gran parte de las tierras de la zona eran propiedad de un hombre llamado Daniel Cobb. Cultivaba tabaco, manzanas y apio. Se decía asimismo que fue la primera persona que plantó la lechuga iceberg en la Costa Este.

Recorrí Willard Street hasta la playa. La marea estaba baja, y la arena cambiaba de color espectacularmente, pasando del blanco al marrón oscuro allí donde se había interrumpido el avance del mar. A la izquierda, la playa se extendía formando una media luna y terminaba en el faro de Spring Point, que señalaba el peligroso saliente en el lado oeste del principal canal navegable hacia el puerto de Portland. Más allá se encontraban las dos islas de Cushing y Peaks, y la fachada veteada de herrumbre de Fort Gorges. A la derecha, una escalera de hormigón daba acceso a un camino que discurría por un promontorio y acababa en un pequeño parque.

Antes, una línea de tranvía bajaba por Willard Street hasta la playa en verano. Aun después de dejar de circular por allí el tranvía, siguió habiendo un antiguo puesto de refrescos cerca de lo que en su día fue el final de la línea. Se remontaba a la década de 1930, y todavía vendía comida en los años setenta, cuando se llamaba Dory y la familia Carmody servía perritos calientes y patatas fritas a los bañistas por la ventanilla. A veces mi abuelo me llevaba allí de niño, y me contó que el puesto había formado parte en otro tiempo del imperio de Sam Silverman, que en su época fue una especie de leyenda. Según contaban, tenía un mono y un oso en una jaula a fin de atraer a la gente a sus establecimientos comerciales, que incluían la casa de baños de Willard Beach y el tenderete Sam's Lunch. Los perritos calientes de los Carmody eran bastante buenos, pero desde luego no podían competir con un oso en una jaula. Después de pasar un rato en la playa, mi abuelo siempre me llevaba a la tienda de los señores B, el Supermercado Bathras, en Preble Street, donde pedía bocadillos italianos para llevarlos a casa de cena y el señor B consignaba meticulosamente la cantidad adeudada en la cuenta de mi abuelo. La familia Bathras era famosa en South Portland por su costumbre de vender a crédito; tanto es así que, al parecer, casi todos los clientes abrían una cuenta allí para saldar la deuda con pagos semanales o quincenales, y rara vez se intercambiaba dinero en efectivo por pequeñas compras.

Me pregunté si fue la nostalgia lo que me llevó a reflexionar con afecto sobre algo tan elemental como una tienda de comestibles o un viejo puesto de refrescos. En parte sí, supuse. Mi abuelo había compartido aquellos sitios conmigo, pero ahora tanto él como los propios lugares habían desaparecido, y yo ya no tendría ocasión de compartirlos con nadie. Aun así, había otros sitios y otras personas. Jennifer, mi primera hija, nunca había tenido la oportunidad de verlos, no realmente. Era demasiado pequeña cuando su madre y ella vinieron aquí conmigo, y murió cuando aún no tenía edad para valorar el mundo en que daba sus primeros pasos. Pero me quedaba Sam. Su vida estaba empezando. Si yo conseguía protegerla de todo mal, llegaría un día en que podríamos pasear juntos por la arena, o a lo largo de una apacible calle transitada antes por ruidosos tranvías, o junto a un río o por un camino de montaña. Yo podría transmitirle algunos de estos secretos, y ella podría conservarlos y saber que pasado y presente formaban un todo moteado de resplandor, y que en este mundo había tanto luz como sombra, en este mundo semejante a una colmena.

Cruzando la playa por el entarimado volví hacia Willard Haven Road y de pronto me detuve. Más adelante, hacia la mitad de Willard Street, había un coche rojo al ralentí junto a la acera. El parabrisas era casi reflectante, de modo que cuando lo miré, sólo vi el cielo. Al acercarme, el conductor retrocedió despacio Willard arriba, manteniendo la distancia entre nosotros; cuando encontró un hueco donde cambiar de sentido, se dirigió hacia Preble. Era un Ford Contour, probablemente un modelo de mediados de los años noventa. No vi el número de la matrícula; ni siquiera podía saber con certeza que el ocupante fuese el hombre que acechaba a Rebecca Clay, pero tuve el presentimiento de que era él. Supongo que habría sido mucho esperar que aún no me hubiese relacionado con ella, pero tampoco era una catástrofe. Tal vez mi sola presencia bastase para provocarlo. No para ahuyentarlo, pero sí, quizá, para que él intentara ahuyentarme a mí. Quería verlo cara a cara. Quería oír qué tenía que decir. Hasta que no lo hiciera, no podría empezar a resolver el problema de Rebecca Clay.

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