John Connolly - Los atormentados

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Daniel Clay, en otro tiempo un respetado psiquiatra infantil, desapareció al salir a la luz los abusos sufridos por varios niños que él atendía. Ahora, cinco años después, y cuando ya se le ha declarado muerto, su hija, Rebecca Clay, es acosada por un desconocido que pregunta por su padre. Ese desconocido, llamado Merrick, está obsesionado con descubrir la verdad sobre la desaparición de su propia hija, y Rebecca contrata al detective Charlie Parker para deshacerse de Merrick a toda costa. Parker no tarda en verse atrapado entre aquellos que quieren conocer la verdad sobre Daniel Clay y aquellos que quieren permanecer ocultos a toda costa, pues quizá no estaban del todo al margen de los abusos. Pero intervienen otras fuerzas. Alguien, un fantasma del pasado de Parker, financia la cacería de Merrick. Y las acciones de Merrick han inducido a otros a salir de las sombras: figuras semivislumbradas decididas a vengarse a su manera, pálidos espectros que vagan sin reposo. Han llegado los seres atormentados… Así arranca este nuevo y esperado caso del detective Charlie Parker, alias «Bird», en la que es la sexta novela de la serie policiaca escrita por John Connolly.

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Rebecca había intentado hacer lo mismo, claro está, evocar imágenes de amantes pasados o potenciales para que la experiencia fuera menos desagradable, pero eran muy pocos, y todos traían consigo sus propios problemas, y al final se había rendido sin más. Su apetito sexual se había apagado hasta tal punto que era más fácil pensar sencillamente en otras cosas, o esperar a que llegara el momento en que ese hombre desapareciera de su vida. Ni siquiera recordaba por qué en un principio quiso estar con él, y él con ella. Suponía que, con una hija pequeña y todo lo que había sucedido con su padre, aspiraba sólo a un poco de estabilidad, pero él no era el hombre capaz de dársela. Había cierta depravación en su atracción por Rebecca, como si viera algo dentro de ella que estaba corrupto y gozase tocándolo al penetrarla.

Él ni siquiera sentía el menor aprecio por su hija, fruto de una relación iniciada antes de estar Rebecca plenamente preparada para tenerla. (¿Y quién sabía? Quizá nunca tendría una relación como era debido, no realmente.) El padre de Jenna se había esfumado. Había visto a su hija sólo unas cuantas veces, y únicamente en los primeros años de su vida. Ahora ni siquiera la reconocería, pensó Rebecca, y de pronto cayó en la cuenta de que pensaba en él como si estuviera vivo. Intentó sentir algo por él, pero no pudo. La vida de ese hombre se truncó de forma prematura en una oscura carretera secundaria lejos de casa: su cuerpo abandonado en una zanja, sus manos toscamente atadas a la espalda con cable, la sangre empapando la tierra blanda para alimentar a los pequeños seres que, reptando, se abrían paso hasta él para hurgar en su carne. Él no le había hecho ningún bien. Probablemente no le había hecho bien a nadie, y por eso había acabado así. Nunca había cumplido sus promesas, ni mantenido sus compromisos. Era inevitable, supuso Rebecca, que un día se encontrase con alguien que no perdonara sus desmanes y, en represalia, exigiera un último y macabro pago.

Durante un tiempo, Jenna había hecho muchas preguntas sobre él, pero con los años fueron cada vez menos, hasta que al final las olvidó o bien optó por callárselas. Rebecca aún no sabía cómo decirle a

Jenna que su padre había muerto. Lo habían matado meses antes ese mismo año, y no había encontrado el momento oportuno para hablar con Jenna de su muerte. Lo aplazaba a propósito, era consciente de ello y, aun así, esperaba. Entonces, en la oscuridad de su cocina, decidió que cuando Jenna volviese a plantear el tema de su padre, le contaría la verdad.

Volvió a pensar en el detective privado. En cierto modo, el padre de Jenna era el motivo por el que había acudido a él. Fue el abuelo paterno de Jenna quien le había hablado de Parker. Tiempo atrás le había pedido que buscara a su hijo, pero el detective no aceptó el caso. Rebecca pensó que quizás el viejo estaría resentido con el detective, sobre todo después de cómo habían acabado las cosas, pero no era así. Quizá comprendió que su hijo ya era una causa perdida, estaba convencido de ello aun cuando no quisiera rendirse a las consecuencias que eso supondría. Si no tenía fe en su hijo, ¿cómo podía esperar que otro creyera en él? No culpó, pues, al detective por rehusar ayudarlo, y Rebecca recordó su nombre cuando el desconocido se presentó y le preguntó por su propio padre.

El grifo seguía abierto, y empezó a vaciar el resto de la botella en el fregadero. El agua formaba círculos en torno al desagüe, manchado de rojo. Jenna dormía en el piso de arriba. Rebecca estaba planeando enviarla fuera si el detective no lograba librarla pronto de las atenciones del desconocido. De momento, el hombre no se había acercado a Jenna, pero Rebecca temía que eso no tardara en ocurrir, y que el hombre usara a la hija para acceder a la madre. Diría en el colegio que Jenna estaba enferma, y ya haría frente a las repercusiones cuando llegara el momento. Por otra parte, quizá bastaba con que les dijera la verdad: que un hombre la acechaba, que Jenna podía estar en peligro si se quedaba en Portland. Sin duda lo comprenderían.

¿Por qué ahora?, se preguntó. Era la misma duda que le había planteado el detective. ¿Por qué, después de tantos años, acudía alguien a preguntar por su padre? ¿Qué sabía ese hombre de las circunstancias de su desaparición? Había intentado preguntárselo, pero él se había limitado a tocarse la nariz con el dedo índice en un gesto de suficiencia antes de contestar: «No es su desaparición lo que me interesa, señora. Es la de otro. Aunque él lo sabrá. Él lo sabrá».

El desconocido había hablado de su padre como si tuviese la certeza de que seguía con vida. Más aún, parecía creer que también ella tenía la certeza. Quería respuestas que ella no pudo darle.

Levantó la cabeza y se vio reflejada en la ventana. Al verse, se sobresaltó y dio un ligero respingo, y la cara ante ella pasó de ser una única imagen a duplicarse por efecto de una tara en el cristal. Pero cuando recobró la calma, la segunda imagen seguía allí. Se parecía a ella y, sin embargo, no era igual que ella, como si de algún modo hubiera mudado la piel tal como haría una serpiente, y la membrana desechada se hubiera depositado sobre las facciones de otra persona. A continuación, la figura exterior se acercó, y Rebecca ya no tuvo la impresión de estar ante un doble: era el desconocido con su cazadora de cuero y el pelo engominado. Oyó su voz, distorsionada por el grosor del cristal, pero no entendió lo que dijo.

El hombre apretó las manos en el cristal, luego deslizó las palmas hacia abajo hasta apoyar los dedos en el marco de la ventana. Empujó, pero el cierre interior no cedió. Contrajo el rostro en una mueca de ira y enseñó los dientes.

– Aléjese de mí -dijo ella-. Aléjese ahora mismo o le juro que…

El hombre retiró las manos y, acto seguido, Rebecca vio cómo un puño traspasaba el cristal, sacudía el marco y proyectaba una lluvia de esquirlas sobre el fregadero. Rebecca gritó, pero el sonido quedó ahogado por el chirriante timbre de la alarma. La sangre corrió por el vidrio hecho añicos cuando el desconocido retiró la mano a través del cristal, sin intentar evitar siquiera el contacto con los bordes astillados que le desgarraron la piel, a la vez que le abrían vías rojas en las palmas de las manos y le cercenaban las venas. Se miró el puño herido, como si fuera algo que escapara a su control, sorprendido de sus propios actos. Rebecca oyó el teléfono y supo que era la compañía de seguridad. Si no contestaba, avisarían a la policía. Acabarían mandando a alguien a ver qué le pasaba.

– No debería haberlo hecho -dijo el hombre-. Lo siento.

Pero ella apenas lo oyó por encima del ruido de la alarma. Él inclinó la cabeza. Fue un gesto extrañamente respetuoso, casi de una cortesía anticuada. Ella contuvo el impulso de soltar una carcajada, temiendo que si empezaba a reír ya no podría parar, que se sumiría en la histeria y nunca más saldría de ese estado.

El teléfono dejó de sonar, y empezó otra vez. No hizo ademán de cogerlo. En lugar de eso, observó cómo retrocedía el desconocido y dejaba el fregadero cubierto de sangre. La olió mientras, lentamente, se mezclaba con el hedor del vino picado para crear algo nuevo y terrible; sólo faltaba un cáliz con el que beberlo.

3

Sentado a la mesa de la cocina en casa de Rebecca Clay, la observé mientras limpiaba con un cepillo y un recogedor los cristales rotos caídos en el fregadero. Aún quedaba sangre en el vidrio de la ventana. Había avisado a la policía justo después de telefonearme y un coche patrulla de South Portland había llegado poco antes que yo. Me había identificado al agente y escuchado la declaración de Rebecca, pero, por lo demás, no me había inmiscuido en modo alguno. Su hija, Jenna, sentada en el sofá del salón, abrazaba a una muñeca de porcelana que, por el aspecto, debía de haber sido de su madre. La muñeca tenía el pelo rojo y llevaba un vestido azul. Obviamente era una posesión antigua y preciada. El simple hecho de que la niña buscara consuelo en ella en una ocasión así daba fe de su valor. Menos alterada que su madre, parecía más desconcertada que inquieta. También me dio la impresión de que aparentaba más años de los que tenía y a la vez menos -más por su presencia física y menos, sin embargo, por su actitud-, y me pregunté si acaso su madre la amparaba y protegía demasiado.

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