Clay. Rebecca Clay.
– ¿Es usted la hija de Daniel Clay?
Asintió con la cabeza. Algo asomó fugazmente a su cara. Fue un espasmo involuntario, una especie de mueca. Yo sabía alguna que otra cosa sobre Daniel Clay. Portland es un lugar pequeño, una ciudad sólo de nombre. Historias como la de Daniel Clay tendían a quedarse en la memoria colectiva. No conocía los detalles, pero, como todo el mundo, había oído las habladurías. Rebecca Clay había resumido las circunstancias de la desaparición de su padre muy por encima, y no la culpé por omitir el resto: los rumores de que quizás el doctor Daniel Clay estaba enterado de lo que les ocurría a algunos de los niños a quienes trataba, la posibilidad de que él hubiese actuado en connivencia, de que acaso hubiese participado él mismo en los abusos. Se llevó a cabo cierta investigación, pero faltaban expedientes de su consulta, y era difícil seguir pistas debido al carácter confidencial de su profesión. A eso se sumaba que no existía ninguna prueba concluyen-te contra él. No obstante, eso no impidió que la gente hablara y extrajera sus propias conclusiones.
Miré a Rebecca Clay con mayor detenimiento. Conociendo la identidad de su padre, me resultaba un poco más fácil explicarme su aparición. Me imaginé que era una mujer reservada. Debía de tener amigos, pero no muchos. Daniel Clay había proyectado una sombra sobre la vida de su hija, y ella se había marchitado bajo la influencia de ésta.
– Así pues, usted dijo a ese hombre, el que ha estado acechándola, que no ve a su padre desde hace mucho tiempo. ¿Cómo reaccionó él?
– Se tocó un lado de la nariz y me guiñó un ojo. -Repitió el gesto para mí-. Luego dijo: «Embustera, embustera, perderás la cartera». Añadió que me concedía un tiempo para pensar en lo que decía. Después, se fue sin más.
– ¿Por qué la llamó embustera? ¿Dio señal de conocer algo más sobre la desaparición de su padre?
– No, nada en absoluto.
– ¿Y la policía no ha podido localizarlo?
– No, es como si se lo hubiera tragado la tierra. Me parece que creen que me lo invento para llamar la atención, pero no es verdad. Yo no haría una cosa así. Yo…
Esperé.
– Ya sabe usted lo de mi padre. Hay quienes opinan que obró mal; entre ellos, creo, la policía. Y a veces me pregunto si piensan que sé más de lo que he dicho sobre lo ocurrido, y que he estado protegiendo a mi padre todo este tiempo. Cuando vinieron a casa, les leí el pensamiento: sospechan que yo sé dónde está mi padre y que, de algún modo, me he mantenido en contacto con él durante estos años.
– ¿Y ha sido así?
Parpadeó ostensiblemente, pero no desvió la mirada.
– No.
– Pero ahora, por lo que se ve, la policía no es la única que pone en duda su historia. ¿Cómo es ese hombre?
– Pasa de los sesenta años, calculo. Se peina con una especie de tupé, como el de los roqueros de los años cincuenta, y tiene el pelo negro, aunque parece teñido. Ojos castaños. Aquí -se señaló la frente, justo bajo el nacimiento del pelo- se le ve una cicatriz; son tres marcas paralelas, como si le hubiesen clavado un tenedor en la piel y hubiesen tirado de él hacia abajo. Es bajo, un metro sesenta ó poco más, pero robusto, con unos brazos enormes y los pliegues de los músculos muy marcados en la parte de atrás del cuello. Va casi siempre con la misma ropa: vaqueros y camiseta, a veces con una americana negra, otras con una cazadora vieja de cuero, también negra. Tiene barriga, pero no está gordo, no, yo no diría que está gordo. Lleva las uñas muy cortas y va muy limpio, sólo que…
Se interrumpió. Preferí callar para dejarla buscar la mejor manera de expresarse.
– Usa alguna colonia de un olor muy fuerte, espantoso, pero mientras me hablaba me llegó un tufillo de lo que se escondía detrás. Apestaba, era una especie de hedor animal. Al notarlo, deseé escapar de él de inmediato.
– ¿Le dijo cómo se llamaba?
– No. Sólo dijo que tenía negocios con mi padre. Insistí en que mi padre había muerto, pero él negaba con la cabeza y sonreía. Dijo que no creía que un hombre estuviera muerto hasta que olía el cadáver.
– ¿Tiene alguna idea de por qué se ha presentado ese hombre justo ahora, tantos años después de la desaparición de su padre?
– No lo dijo. Quizá se haya enterado de que mi padre ha sido declarado legalmente muerto.
Con fines testamentarios, bajo la ley de Maine, se daba por muerta a una persona después de una ausencia continuada de cinco años durante los que no se había tenido noticia de ella ni existía una explicación satisfactoria de su desaparición. En algunos casos, el juzgado ordenaba una búsqueda «razonablemente diligente», la notificación a las fuerzas del orden y los funcionarios de asistencia social de los detalles del caso, y la solicitud de información a través de la prensa. Según Rebecca Clay, había cumplido todos los requisitos exigidos por el juzgado, pero no se había obtenido más información sobre su padre.
– También se publicó un artículo sobre mi padre en una revista de arte hace unos meses, este mismo año, después de vender yo un par de cuadros suyos. Necesitaba el dinero. Mi padre era un artista con cierto talento. Pasaba mucho tiempo en el bosque, pintando y dibujando. Su obra no es nada extraordinario si se juzga con criterios modernos… Lo más que he sacado por un cuadro son mil dólares…, pero he podido vender alguno que otro cuando el dinero escaseaba. Mi padre nunca expuso, y dejó una obra relativamente pequeña. Su nombre circulaba de boca en boca; así es como vendía, y siempre eran coleccionistas que conocían ya su obra los que buscaban sus pinturas. Hacia el final de su vida recibía ofertas de compra por cuadros que aún ni siquiera existían.
– ¿De qué clase de pinturas se trata?
– Paisajes, en su mayoría. Puedo enseñarle fotografías si le interesa. Excepto una, las he vendido ya todas.
Conocía a gente del mundillo artístico de Portland. Pensé que podría pedirles información sobre Daniel Clay. Entretanto, estaba el asunto del hombre que molestaba a su hija.
– No sólo me preocupo por mí -dijo-. Mi hija, Jenna, tiene once años. Ahora me da miedo dejarla salir de casa sola. He intentado explicarle un poco lo que está ocurriendo, pero tampoco quiero asustarla demasiado.
– ¿Qué quiere que haga yo respecto a ese hombre? -dije. Parecía una pregunta extraña, lo sabía, pero era necesaria. Rebecca Clay tenía que comprender en qué estaba metiéndose.
– Quiero que hable con él. Quiero que lo obligue a marcharse.
– Son dos cosas distintas.
– ¿Qué cosas?
– Hablar con él y obligarlo a marcharse.
Pareció desconcertada.
– Tendrá que disculparme, pero no le sigo -dijo.
– Es necesario poner los puntos sobre las íes antes de empezar. Puedo abordarlo en nombre de usted, y podemos intentar aclarar todo esto sin mayor problema. Es posible que él entre en razón y se vaya por donde ha venido, pero, por lo que me ha contado, da la impresión de que es un hombre de ideas fijas, lo que significa que tal vez no esté dispuesto a irse sin plantar cara. En ese caso, o bien podemos intentar que la policía lo detenga y solicitar una orden judicial que le prohíba acercarse a usted, lo cual puede ser difícil de conseguir e incluso más difícil de aplicar, o podemos encontrar otra manera de convencerlo para que la deje en paz.
– ¿Se refiere a amenazarlo o hacerle daño?
No pareció desagradarle la idea. No me extrañó. Conocía a personas que habían sufrido acoso durante años, y los había visto desmoronarse por la tensión y la angustia. Al final, algunos habían recurrido a la violencia, pero eso, por lo general, agravaba el problema. Una pareja incluso había sido demandada por la mujer del acechador después de darle el hombre un puñetazo, en un gesto de frustración, al tipo que les molestaba; con lo que las vidas de unos y otro quedaron aún más trabadas.
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