Dave supo entonces que ese hombre no se diferenciaba tanto de él. Era un observador, un catalogador de características humanas, pero en el caso del desconocido la observación era el preludio del daño. Y en ese momento sólo se oía el sonido de las olas al romper, y voces que se alejaban, y los ruidos de las atracciones de la feria, amortiguados mientras el desconocido hablaba con un tono insistente para captar la atención de su interlocutor hasta el punto de excluir todo lo demás.
– Quiero que adivine algo sobre mí -dijo.
– ¿Qué quiere saber? -preguntó el Adivinador, y toda apariencia de buena voluntad abandonó su voz. Dadas las circunstancias, no servía de nada fingir. En cierto modo eran iguales.
El hombre apretó el puño de la mano derecha. Dos monedas de veinticinco centavos asomaban entre sus dedos contraídos. Levantó la mano hacia Dave, y éste retiró las monedas con sus dedos apenas temblorosos.
– Dígame cómo me gano la vida -exigió el desconocido-. Y quiero que intente acertar. Intente acertar.
Dave percibió la advertencia. Podría haber inventado algo inocuo, algo inocente. Abre zanjas en la construcción de carreteras, quizá. Trabaja de jardinero. Trabaja…
Trabaja en un matadero.
No, demasiado cerca. No debo decirlo.
Desgarra cosas. Cosas vivas. Hace da ñ o y mata y entierra las pruebas. Y a veces se defienden. Veo las cicatrices en torno a sus ojos, y en la carne blanda bajo la mand í bula. Tiene unos cuantos mechones ralos justo encima de la frente, y una porci ó n de piel inflamada en torno a las ra í ces all í donde el pelo no ha vuelto a crecer como es debido. ¿ Qu é ocurri ó ? ¿ Liber ó la v í ctima una mano? ¿ Lo agarr ó desesperadamente con los dedos y le arranc ó un trozo de cuero cabelludo? E incluso en pleno dolor, ¿ no se deleit ó una parte de usted con la lucha, no disfrut ó por tener que esforzarse para conseguir su premio? ¿ Y qu é me dice de esas incisiones bajo el nacimiento del pelo? ¿ Qu é me dice? Es usted un hombre violento, y ha padecido tambi é n la violencia. Ha sido marcado para advertir a otros, de manera que incluso los tontos y los despistados lo conozcan cuando se acerca. Demasiado tarde para el que lo hizo, quiz á , pero no obstante una advertencia.
Una mentira podía costarle la vida. Tal vez no en ese momento, tal vez ni siquiera al cabo de una semana, pero ese hombre se acordaría y regresaría. Una noche, Dave el Adivinador volvería a su habitación y el desconocido estaría sentado en un sillón en la oscuridad, delante de la ventana, dando largas caladas a un cigarrillo que sostendría con la mano izquierda mientras, con la derecha, juguetearía con una navaja.
Me alegro de que haya llegado por fin. He estado esper á ndole. ¿ Se acuerda de m í ? Le ped í que adivinase algo sobre m í , pero no acert ó . De premio me dio un juguete, de premio por ganar al Adivinador; pero para m í é se no es premio suficiente, e hizo usted mal en pensarlo. Me parece que deber í a sacarlo de su error. Me parece que deber í a saber c ó mo me gano la vida realmente. Venga, perm í tame ense ñá rselo…
– Dígamelo, pues -insistió-. Dígame la verdad.
Dave lo miró a los ojos.
– Usted causa dolor -dijo.
Al parecer, el desconocido lo encontró gracioso.
– ¿Usted cree?
– Hace daño a la gente.
– ¿Sí?
– Ha matado. -Y en el momento en que se oía pronunciar estas palabras, Dave se veía desde fuera. Flotando, se apartaba de la escena que se desarrollaba ante él; su alma se anticipaba ya a la separación de esta vida que iba a producirse.
El desconocido movió la cabeza en un gesto de incredulidad y se miró las manos, como si hubiera quedado mudo de asombro ante tal revelación.
– Bueno -dijo por fin-, supongo que eso vale cincuenta centavos del dinero de cualquier hombre, las cosas como son. Tal cual. Tal cual. -Y asintió, ensimismado-. Ajá -susurró-. Ajá.
– ¿Quiere reclamar el premio? -preguntó Dave-. Tiene derecho a un premio si no he acertado.
Señaló hacia atrás, en dirección a las gomas elásticas, las horquillas, los paquetes de globos.
Ll é vese uno. Ll é vese uno, por favor. Ll é veselos todos, lo que quiera, pero al é jese de m í . V á yase por donde ha venido, sin detenerse, y no vuelva nunca por aqu í , jam á s. Y si le sirve de consuelo, sepa que nunca olvidar é su olor o su aspecto. Nunca. Los grabar é en mi memoria, y permanecer é siempre atento por si vuelve a aparecer.
– No -dijo el desconocido-. Quédeselos. Me he entretenido. Usted me ha entretenido.
Se apartó de Dave el Adivinador, aún asintiendo, aún repitiendo «ajá» una y otra vez.
En el preciso momento en que el Adivinador tenía la certeza de que iba a librarse de él, el desconocido se detuvo.
– Orgullo profesional -dijo de pronto.
– ¿Disculpe? -preguntó el Adivinador.
– Creo que es eso lo que tenemos en común: estamos orgullosos de lo que hacemos. Usted podría haberme mentido, pero no lo ha hecho. Y yo podría haberle mentido a usted y llevarme esos globos de mierda, pero tampoco lo he hecho. Usted me ha respetado a mí, y a cambio yo lo he respetado a usted.
El Adivinador no contestó. No había nada que decir. Notó un sabor en la boca. Era agrio y desagradable. Deseó abrir la boca y aspirar una bocanada de aire salitroso, pero aún no, no mientras el desconocido estuviese cerca. Antes quería deshacerse de él, por temor a que algo de su esencia penetrase en su cuerpo con esa única bocanada y corrompiese su ser.
– Puede hablarle a la gente de mí si quiere -dijo el desconocido-. Tanto me da. Pasará mucho tiempo antes de que alguien se plantee ir en mi busca, e incluso si me encuentran, ¿qué van a decir? ¿Que un charlatán de feria con una camiseta barata los ha mandado por mí, que quizá tengo algo que esconder o una historia que contar?
Se entretuvo con las manos en recuperar del vaquero el paquete de tabaco, manoseado y un poco chafado. Sacó de dentro un estilizado mechero metálico y a continuación un cigarrillo. Hizo rodar el cigarrillo entre el dedo medio y el pulgar antes de encenderlo, y luego el mechero y el paquete volvieron a desaparecer en el bolsillo.
– Puede que algún día me pase otra vez por aquí -dijo-. Lo buscaré.
– Aquí estaré -respondió el Adivinador.
Vuelva si quiere, animal. No me malinterprete: le tengo miedo, y creo que no me falta raz ó n para ello, pero no piense que voy a exteriorizarlo. De m í no recibir á esa satisfacci ó n.
– Eso espero -dijo el desconocido-. Eso espero, no le quepa duda.
Pero el Adivinador nunca volvió a verlo, aunque pensó en él a menudo, y una o dos veces en los años que le quedaron de vida, mientras estaba en el paseo y evaluaba a los transeúntes, se sintió observado y tuvo la certeza de que, en algún lugar cercano, el desconocido lo miraba; quizá por diversión o quizá, como con frecuencia temía el Adivinador, arrepentido de permitir que la verdad sobre él se hubiera revelado de ese modo, y deseando enmendar el error.
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