John Connolly - Los atormentados

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Daniel Clay, en otro tiempo un respetado psiquiatra infantil, desapareció al salir a la luz los abusos sufridos por varios niños que él atendía. Ahora, cinco años después, y cuando ya se le ha declarado muerto, su hija, Rebecca Clay, es acosada por un desconocido que pregunta por su padre. Ese desconocido, llamado Merrick, está obsesionado con descubrir la verdad sobre la desaparición de su propia hija, y Rebecca contrata al detective Charlie Parker para deshacerse de Merrick a toda costa. Parker no tarda en verse atrapado entre aquellos que quieren conocer la verdad sobre Daniel Clay y aquellos que quieren permanecer ocultos a toda costa, pues quizá no estaban del todo al margen de los abusos. Pero intervienen otras fuerzas. Alguien, un fantasma del pasado de Parker, financia la cacería de Merrick. Y las acciones de Merrick han inducido a otros a salir de las sombras: figuras semivislumbradas decididas a vengarse a su manera, pálidos espectros que vagan sin reposo. Han llegado los seres atormentados… Así arranca este nuevo y esperado caso del detective Charlie Parker, alias «Bird», en la que es la sexta novela de la serie policiaca escrita por John Connolly.

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Pero la observación sin memoria no servía de nada, y el Adivinador se pasaba el día asimilando detalles del gentío que abarrotaba la costa, desde los retazos de una conversación hasta los destellos de algún efecto personal. Si decidías encender un pitillo, Dave recordaría que el tabaco era Marlboro y que llevabas puesta una corbata verde. Si aparcabas el coche a la vista de su barraca, eras «el Ford y los tirantes rojos». Todo se compartimentaba por si acaso llegaba a tener alguna utilidad, ya que si bien el Adivinador, de hecho, nunca perdía en sus apuestas, estaban también la cuestión del orgullo profesional y la necesidad de dar un buen espectáculo a quienes miraban. El Adivinador no había sobrevivido en Old Orchard durante décadas sólo por equivocarse al adivinar y endosar luego gomas elásticas a los turistas a modo de disculpa.

Se metió las ganancias en el bolsillo y echó una última ojeada alrededor antes de prepararse para cerrar. Estaba cansado y le dolía un poco la cabeza, pero echaría de menos todo aquello cuando la gente se marchase. Como el Adivinador sabía, cierta gente lamentaba el estado en que se encontraba Old Orchard y opinaba que esa hermosa playa se había echado a perder debido a un siglo de desarrollo urbanístico, a la llegada de las montañas rusas, las casas de la risa y los tiovivos, al olor a algodón de azúcar y perritos calientes y bronceador. Quizá tuviesen razón, pero quedaban muchos otros sitios adonde podía acudir esa clase de personas, mientras que no había tantos adonde la gente pudiese ir con sus hijos y, por relativamente poco dinero, disfrutar del mar, la arena y el placer de intentar ganarle a hombres como el Adivinador. Old Orchard había cambiado, eso desde luego. Los chicos eran más gallitos, tal vez incluso un poco más peligrosos. El pueblo ofrecía un aspecto más chabacano que antes, y se percibía una sensación de inocencia perdida más que de inocencia recobrada. Ocean Park, el centro turístico religioso orientado a las familias sito en Old Orchard, parecía cada vez más un salto al pasado, a una época en que la educación y la autosuperación formaban parte de las vacaciones en igual medida que el entretenimiento y la relajación. Se preguntaba cuántos de los que iban allí a beber cerveza barata y comer langosta en platos de cartón sabían algo de los metodistas que habían fundado la Asociación de Acampada de Old Orchard allá por 1870, congregando a veces a multitudes de diez mil personas o más para oír cómo los oradores ensalzaban las ventajas de una vida virtuosa y libre de pecado. Difícil lo tendría quien intentase hoy día convencer a los turistas de que renunciasen a tomar el sol una tarde para escuchar las historias de la Biblia. No hacía falta ser Dave el Adivinador para calcular las probabilidades de éxito.

A pesar de todo, al Adivinador le encantaba Old Orchard. Gracias a aquella pequeña barraca había tenido el privilegio de conocer a hombres como Tommy Dorsey y Louis Armstrong, y sus fotos colgaban de la pared para demostrarlo. Pero si bien esos encuentros representaban los grandes hitos de su trayectoria, su trato con personas corrientes le había proporcionado una satisfacción continuada y permitido conservarse joven y despierto por dentro. Sin la gente, Old Orchard habría significado mucho menos para él, con mar o sin mar.

El Adivinador guardaba ya sus letreros y sus balanzas cuando se acercó aquel hombre; o quizá sería más fiel a la verdad decir que el Adivinador percibió que se acercaba incluso antes de verlo, como aquellos remotos antepasados suyos que no habían confiado en sus sentidos para jugar a las adivinanzas en cavernas iluminadas por el fuego. No, habían necesitado esos sentidos para conservar la vida, para prevenirlos de la llegada de depredadores y enemigos, y por tanto su supervivencia había dependido de su compromiso con el mundo que los rodeaba.

De inmediato, el Adivinador se volvió despreocupadamente y empezó a asimilar los rasgos del desconocido: cerca de cuarenta años, pero aparentaba más edad; los vaqueros más holgados de lo que solían llevarse en esos tiempos; la camiseta blanca pero un poco manchada en el vientre; las botas robustas, más aptas para ir en moto que en coche, aunque sin el desgaste en las suelas propio de un motorista; el pelo oscuro, engominado y peinado hacia atrás, terminando en punta sobre la nuca; las facciones rectas, casi delicadas; el mentón pequeño; la cabeza comprimida como si hubiese estado largo tiempo bajo un gran peso; los huesos de la cara con forma de cometa bajo la piel. Tenía una cicatriz bajo el nacimiento del pelo: tres líneas paralelas, como si le hubiesen introducido en la carne las púas de un tenedor y se las hubiesen hundido hasta el puente de la nariz. La boca torcida, con una comisura apuntando permanentemente hacia abajo y la otra un poco levantada, creaba la impresión de que las máscaras simbólicas del teatro se hubiesen bisecado y sus dispares mitades se hubiesen fundido sobre su cráneo. Los labios eran demasiado grandes. Casi podrían haberse calificado de sensuales, pero todo lo demás en él desmentía esa sensación. Tenía los ojos castaños, pero salpicados de pequeñas manchas blancas, como estrellas y planetas suspendidos en la oscuridad de éstos. Olía a colonia y, justo por debajo, se percibía un fétido hedor de grasas animales derretidas, de sangre y descomposición y excrementos evacuados en ese momento final en que la vida se convierte en muerte.

De pronto, Dave el Adivinador lamentó no haber decidido marcharse quince minutos antes, no tener ya la barraca recogida y el cerrojo echado, y no haber puesto ya la máxima distancia posible entre él, un hombre de aquella avanzada edad, y sus queridas balanzas y letreros. Pero a la vez que eludía el contacto visual con el recién llegado, no pudo por menos de analizarlo, extraer información de sus movimientos, su ropa, su olor. El hombre se metió la mano en un bolsillo delantero del pantalón y sacó un peine de acero, que se pasó por el pelo con la mano derecha, seguida por la izquierda para alisarse cualquier cabello suelto. Al hacerlo, ladeó la cabeza un poco a la derecha, como si se mirase en algún espejo visible sólo para él, y el Adivinador tardó un momento en darse cuenta de que el espejo era él mismo. El desconocido lo sabía todo sobre Dave y su «don», y el Adivinador, por más que intentaba contenerse, seguía descomponiendo en sus partes integrantes a aquel hombre mientras se acicalaba, y el hombre lo sabía y disfrutaba viéndose reflejado en las percepciones del viejo.

Vaqueros limpios y planchados, pero con las rodillas sucias. La mancha en la camiseta parecía sangre seca. La tierra bajo las uñas. El olor. Dios santo, qué olor…

Y el desconocido estaba ya delante de él y envainaba de nuevo el peine en la ceñida funda de su bolsillo. Con una sonrisa aún más ancha, toda falsa cordialidad, el hombre habló.

– ¿Es usted el que adivina? -preguntó. En su voz, junto a un dejo sureño, se advertía también un ligero acento del nordeste. Pretendía disimularlo, pero Dave tenía el oído muy fino.

Sin embargo, ese tonillo de Maine no era autóctono. No, aquél era un hombre capaz de integrarse a voluntad, un hombre que adquiría la forma de hablar y las particularidades de quienes lo rodeaban, camuflándose igual que…

Igual que los depredadores.

– Ya he acabado por hoy -dijo el Adivinador-. No puedo con mi alma. No me queda nada.

– Vamos, sí que tiene tiempo para uno más -fue la respuesta, y el Adivinador supo que aquello no era un intento de engatusarlo. Era una orden.

Miró alrededor en busca de algo con que distraer la atención, un pretexto para marcharse, pero era como si el desconocido hubiese creado un espacio para sí, ya que nadie más lo oía y era obvio que los transeúntes tenían la atención en otra parte. Miraban las otras barracas, el mar, la arena cambiante. Miraban los coches lejanos y los rostros desconocidos de quienes pasaban junto a ellos. Miraban el entarimado y sus propios pies, y clavaban la vista en los ojos de sus respectivos maridos y esposas, a quienes habían dejado de considerar interesantes hacía mucho tiempo pero que sin embargo, de pronto, ejercían en ellos una insospechada, aunque pasajera, fascinación. Y si alguien les hubiese insinuado que, de algún modo, habían decidido desviar su atención del pequeño Adivinador y el hombre que ahora se hallaba ante él, habrían rechazado la idea sin pensárselo dos veces. Pero al contestar habría asomado a sus caras una fugaz expresión de inquietud, y eso, para una persona observadora -para alguien como Dave el Adivinador-, habría bastado para desmentir sus respuestas. En ese momento se parecían en algo al Adivinador; esa despejada tarde de verano, cuando se ponía aquel sol de color rojo sangre, se había despertado en ellos un instinto primario, ancestral, hasta entonces en estado latente. Quizá realmente no se daban cuenta de que lo hacían, o quizá, por respeto a sí mismos o por instinto de supervivencia, no lo reconocían, ni siquiera para sí, pero le cedían espacio al hombre del pelo engomina-do. Irradiaba amenaza y daño, y el mero hecho de reconocer su existencia entrañaba el riesgo de atraer su atención. Mejor, pues, desviar la mirada. Mejor que no se interesara en los asuntos de uno, mejor que sufriera otro, que un desconocido fuera blanco de su desagrado. Mejor seguir andando, meterse en el coche, alejarse sin mirar una sola vez atrás por miedo a descubrir que él clavaba la vista en nuestros ojos, que se ensanchaba lentamente su indolente media sonrisa mientras memo-rizaba las caras, los números de matrícula, el color de la pintura, el cabello oscuro de una esposa, el cuerpo en flor de una hija adolescente. Mejor fingir, pues. Mejor no fijarse. Mejor eso que despertarse una noche y encontrar a un hombre así mirándote, manchado de sangre caliente, y ver una luz reveladora en la habitación contigua, mientras dentro hay algo que gotea en el parquet desnudo, algo que antes estaba vivo y ahora ya no lo está…

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