En días así reinaba el silencio.
Pero ese día yo estaba dentro, y llevaba chaqueta y corbata. La corbata era de Hugo Boss, de color rojo intenso, y la chaqueta de Armani, aunque en Maine nadie le prestaba mucha atención a las marcas. Todo el mundo pensaba que, si llevabas puesta esa ropa, la habías comprado en las rebajas, y si de verdad habías pagado el precio que marcaba la etiqueta, eras imbécil.
Yo no había pagado el precio de la etiqueta.
Se abrió la puerta delantera y entró una mujer. Vestía traje pantalón negro y un abrigo que probablemente le había costado un dineral cuando lo compró, pero al que ya se le notaban los años. Tenía el pelo negro, teñido con algo que le daba un tono rojizo. Pareció sorprenderse un poco por el aspecto del local, como si, después de abrirse paso entre los ruinosos edificios de los muelles, esperase que fueran a raptarla unos piratas. Posó la mirada en mí y ladeó la cabeza con expresión de duda. Levanté un dedo, y se acercó hacia mí por entre las mesas. Me levanté para recibirla, y nos estrechamos la mano.
– ¿Señor Parker?
– Señora Clay.
– Disculpe que llegue tarde. Ha habido un accidente en el puente. La cola de coches era interminable.
Rebecca Clay me había telefoneado el día anterior para preguntarme si podía ayudarla con cierto problema. La acechaba un hombre, y como es lógico, no le divertía. La policía no había podido hacer nada. Daba la impresión, dijo, de que el hombre presentía la llegada de los agentes, porque cuando éstos, alertados, se acercaban a la casa, por grande que fuera su sigilo, él siempre se había ido ya.
Yo iba haciendo todo el trabajo corriente que podía, en parte para apartar de mi cabeza la ausencia de Rachel y Sam. Llevábamos separados unos nueve meses, con algún que otro reencuentro entremedias. Ni siquiera sé muy bien cómo se habían deteriorado las cosas hasta ese punto, y tan deprisa. Fue como si de pronto estuviesen allí las dos, llenando la casa con sus aromas y sus sonidos, y al cabo de un instante se marchasen a vivir con los padres de Rachel, pero naturalmente no había sido así ni mucho menos. Volviendo la vista atrás, veía todas las curvas de la carretera, los recodos y las hondonadas, que nos habían conducido hasta donde ahora estábamos. En teoría era una solución temporal, un periodo de reflexión, para que, alejados durante un tiempo, intentásemos recordar cuáles eran esos aspectos de la otra persona tan importantes para nosotros que no podíamos vivir sin ellos. Pero estas situaciones nunca son temporales, en realidad no. Se produce una ruptura, un distanciamiento, y aun cuando se llegue a un acuerdo, y a la decisión de intentarlo de nuevo, el hecho de que una persona haya dejado a la otra nunca se olvida, ni se perdona. Planteado así, parece que la culpa fuera de ella, y no lo fue. Tampoco estoy muy seguro de que fuera mía, o al menos no del todo. Ella tenía que tomar una decisión, y yo también, pero la suya dependía de la que tomase yo. Al final las dejé ir, pero con la esperanza de que regresaran al cabo de un tiempo. Seguíamos hablando, y yo podía ver a Sam siempre que quisiera, pero como vivían en Vermont, resultaba un poco difícil. Distancias aparte, yo era cauto en mis visitas, y no sólo porque no quería complicar una situación ya de por sí difícil. Me andaba con cuidado porque aún creía que había gente dispuesta a hacerles daño a ellas con tal de llegar hasta mí. Por eso las dejé marchar, creo. Los recuerdos eran dolorosos. El último año había sido… difícil. Las echaba mucho de menos, pero no sabía cómo recuperarlas, ni cómo convivir con su ausencia. Habían dejado un vacío en mi existencia, y otras, las que aguardaban en las sombras, habían tratado de ocupar su lugar.
La primera mujer y la primera hija.
Pedí un café para Rebecca Clay. Un haz de sol matutino la iluminó sin clemencia poniendo de relieve las arrugas de su cara, las canas que se filtraban en su pelo a pesar del tinte, las oscuras ojeras. Algo de eso se debía tal vez al hombre que, según ella, la molestaba, pero saltaba a la vista que en gran medida tenía un origen más profundo. Las tribulaciones de la vida la habían envejecido prematuramente. A juzgar por cómo se había maquillado, deprisa y en exceso, se deducía que era una mujer a quien no le gustaba mirarse en el espejo mucho rato, y a quien no le gustaba la imagen que veía reflejada.
– Creo que nunca había estado aquí -comentó-. Portland ha cambiado tanto en los últimos años que resulta asombroso que un sitio así haya sobrevivido.
Tenía razón, supuse. La ciudad estaba cambiando, pero algunos de los vestigios más singulares y antiguos de su pasado perduraban: librerías de viejo, barberías y bares donde el menú nunca variaba porque la comida siempre había sido buena, desde el primer día. Por eso mismo había sobrevivido el Porthole. Quienes lo conocían lo valoraban, y procuraban generarle un ingreso siempre que les era posible.
Llegó el café de Rebecca Clay. Echó azúcar y lo removió demasiado tiempo.
– ¿Qué puedo hacer por usted, señora Clay?
Dejó de remover el café, contenta de empezar a hablar ahora que la conversación ya estaba en marcha.
– Es lo que le dije por teléfono. Un hombre ha estado molestándome.
– Molestándola, ¿cómo?
– Ronda por delante de mi casa. Vivo en Willard Beach. También lo he visto en Freeport, o al ir de compras al centro comercial.
– ¿Iba en coche o a pie?
– A pie.
– ¿Ha entrado en su propiedad?
– No.
– ¿La ha amenazado o agredido físicamente de algún modo?
– No.
– ¿Cuándo empezó?
– Hace poco más de una semana.
– El hombre ese, ¿le ha dirigido la palabra?
– Sólo una vez, hace dos días.
– ¿Qué le dijo?
– Que buscaba a mi padre. Mi hija y yo vivimos ahora en la que fue la casa de mi padre. Según me dijo el hombre, tenía negocios con él.
– ¿Qué le respondió usted a eso?
– Pues que no veía a mi padre desde hacía años y que, por lo que yo sabía, estaba muerto. De hecho, este mismo año lo han declarado legalmente muerto. Me ocupé de todo el papeleo. No quería, pero supongo que era importante para mí, y para mi hija, poner fin de algún modo a esa situación.
– Hábleme de su padre.
– Era psiquiatra infantil, de los buenos. A veces también trabajaba con adultos, pero normalmente eran personas que habían sufrido algún trauma en la infancia y pensaban que mi padre podía ayudarlos. Un día las cosas empezaron a torcerse para él. Tuvo un caso difícil: un hombre fue acusado de abusos deshonestos por su propio hijo en el transcurso de una disputa por la custodia. Mi padre consideró que las imputaciones eran fundadas, y, gracias a sus averiguaciones, se concedió la custodia a la madre, pero después el hijo se retractó y declaró que su madre lo había convencido para que dijese aquello. Entonces era ya demasiado tarde para el padre. De algún modo, probablemente a través de la madre, la acusación se había filtrado a la prensa. El padre perdió el empleo, y unos hombres le dieron una paliza en un bar. Acabó pegándose un tiro en su habitación. Mi padre lo encajó mal, y se presentaron quejas sobre la manera en que llevó las entrevistas iniciales con el niño. El colegio de médicos las desestimó, pero a mi padre no volvieron a pedirle nunca más un peritaje en casos de abusos deshonestos. Perdió la seguridad en sí mismo, creo.
– ¿Eso cuándo ocurrió?
– Más o menos en 1998, quizás un poco antes. Después las cosas empeoraron. -Movió la cabeza en un gesto de incredulidad ante el recuerdo-. Incluso hablando de ello, me doy cuenta de lo descabellado que suena. Fue un desastre. -Echó un vistazo alrededor para asegurarse de que nadie escuchaba y a continuación bajó un poco la voz-. Se supo que algunos pacientes de mi padre habían sufrido abusos deshonestos a manos de un grupo de hombres, y los métodos y la fiabilidad de mi padre volvieron a ponerse en tela de juicio. Él se sintió culpable de lo ocurrido; también otros lo consideraron culpable. El colegio de médicos lo convocó a una primera reunión informal para hablar de lo ocurrido, pero él no llegó a presentarse. Se dirigió al norte, hasta el límite de los bosques, abandonó su coche y ya no volvió a saberse de él. La policía lo buscó, pero no encontraron el menor rastro. Eso ocurrió a finales de septiembre de 1999.
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