Tana French - En Piel Ajena

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Tarde o temprano, el pasado siempre vuelve.
Hacía mucho que Cassandra Maddox no oía hablar de Lexie Madison; en concreto cuatro años, cuando Frank Mackey, su superior en Operaciones Secretas, le ordenó infiltrarse en el mundillo de la droga bajo una nueva identidad: Alexandra Madison, estudiante del diversity College de Dublín. Después de aquella misión, abortada cuando fue apuñalada por un paranoico, Cassie se incorporó a Homicidios y más adelante a Violencia Doméstica, y el nombre de Lexie cayó inevitablemente en el olvido… Hasta el día en que, en un bosque a las afueras de Glenskehy, no muy lejos de Dublín, se halla el cadáver de una joven identificada como Lexie Madison. La noticia sume a Cassie en el desconcierto. «Aquella joven era yo»: sus mismos ojos, su nariz respingona; ambas son como dos gotas de agua. Aprovechando esta inexplicable coincidencia, Mackey urde un plan tan ingenioso como arriesgado para descubrir al asesino: «resucitar» milagrosamente a Lexie ante la opinión publica y hacer que Cassie adopte, por segunda vez, su antigua identidad.
Seducida por el reto, Cassie se instala en Whitethorn House, donde Lexie convivía en aparente armonía con cuatro excéntricos estudiantes, sobre quienes recaen todas las sospechas. Mientras trata de echar abajo las coartadas de cada uno ellos, Cassie empezará a sentirse fascinanada por la mujer que le «robó» su creación y por este grupo tan peculiar, en especial su líder… Una fascinación que alterará el devenir de la investigación y pondrá en peligro su vida.

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En los huecos que dejaba en su historia, las interferencias rugían en mi oído, un largo sonido amortiguado como de caracola marina. Deseé saber más cosas sobre Australia. Imaginé la tierra roja y el sol golpeándote como un grito, plantas retorcidas lo bastante testarudas como para extraer vida de la nada, parajes de vértigo capaces de tragarte de un solo bocado.

Gracie tenía diez años la primera vez que se escapó. La encontraron al cabo de unas horas, deshidratada y gritando de rabia en la cuneta de una carretera, pero volvió a intentarlo el año siguiente, y el siguiente. Cada vez llegó un poco más lejos. Entre medio jamás mencionó aquellos episodios y ponía mirada de no saber de qué le hablaban cuando alguien intentaba abordar el tema. Su padre nunca supo qué mañana se levantaría y descubriría finalmente que se había ido. Se echaba mantas en la cama en verano y se las quitaba en invernó para aligerar lo bastante su sueño y de ese modo despertarse al oír el simple clic de una puerta.

– Lo consiguió a los dieciséis años -aclaró, y lo oí tragar saliva-. Me robó trescientas libras de debajo del colchón y un Land Rover de la granja, y desinfló las ruedas de los demás coches para ralentizarnos. Para cuando salimos en su persecución, ella ya había llegado al pueblo, había abandonado el Land Rover en la estación de servicio y se había subido en algún camión rumbo al este. Los policías me aseguraron que harían cuanto pudieran, pero si ella no quería que la encontraran… Es un país muy grande.

No tuvo noticias de ella en cuatro meses, durante los cuales soñó que la habían arrojado a algún descampado y que la habían devorado unos dingos bajo una inmensa luna roja. Entonces, el día antes de su cumpleaños recibió una postal.

– Aguarde -me dijo. Susurros y golpes, un perro ladrando en la distancia-. Escuche. Dice así: «Querido papá, feliz cumpleaños. Estoy bien. Tengo un trabajo y buenos amigos. No voy a regresar, pero quería saludarte. Te quiere, Grace.

»P.D.: No te preocupes, no soy ninguna profesional». -Soltó una carcajada, aquella respiración áspera de nuevo-. ¿No le parece gracioso? Tenía razón, ¿sabe? Me inquietaba precisamente eso: una muchacha guapa sin estudios… Pero no se habría preocupado de decírmelo de no ser verdad. Gracie no.

El matasellos era de Sidney. Albert lo había abandonado todo, había conducido hasta el aeródromo más cercano y había tomado el avión de correos rumbo al este para colgar fotocopias de mala calidad en los postes de las farolas con la frase: «¿ha visto a esta chica?». Nadie llamó. La postal del año siguiente procedía de Nueva Zelanda:

Querido papá, feliz cumpleaños. Por favor, deja de buscarme. Tuve que trasladarme porque vi un poster con mi cara. Estoy bien, así que déjalo, por favor. Te quiere, Grace.

P.D.: No vivo en Wellington; sólo he venido aquí para enviarte esto, así que no te molestes en buscarme.

Albert no tenía un pasaporte por entonces, ni siquiera conocía qué procedimiento debía seguir para sacarse uno. A Grace le faltaban unas cuantas semanas para cumplir los dieciocho años y, según le informó la policía de Wellington, con bastante sensatez, poco podían hacer ellos si una adulta en su sano juicio decidía irse de casa. Había recibido otras dos postales desde allí (en una le informaba de que tenía un perro y en otra, una guitarra) y luego, en 1996, le había enviado una desde San Francisco.

– Al final emigró a América -comentó Albert-. Quién sabe cómo lograría llegar allí. Supongo que Gracie nunca permitió que nada se interpusiera en su camino.

Le gustaba América: cogía el tranvía para ir al trabajo y su compañero de piso era un escultor que le enseñaba a hacer cerámica. Pero un año más tarde se encontraba en Carolina del Norte, sin explicación mediante. Cuatro postales desde allí, una desde Liverpool con una fotografía de los Beatles y luego tres desde Dublín.

– Tenía su cumpleaños marcado en su agenda -le comuniqué-. Sé que le habría enviado otra postal también este año.

– Sí -contestó él-. Probablemente.

En algún lugar en el fondo, algo, un pájaro, lanzó un gañido de miedo. Me imaginé a Albert sentado en una veranda de madera maltrecha, miles de kilómetros de naturaleza virgen extendiéndose a su alrededor, con sus reglas puras e inmisericordes.

Se produjo un largo silencio. Caí en la cuenta de que había deslizado la mano que tenía libre por debajo del cuello de mi jersey para tocar el anillo de compromiso de Sam. Hasta que la Operación Espejo no se cerrara oficialmente y pudiéramos revelar nuestros planes sin que Asuntos Internos padeciera un aneurisma colectivo, llevaba el anillo colgado de una fina cadena de oro que en su día perteneció a mi madre. Me caía entre los senos, justo donde antes había estado el micrófono. Incluso en los días fríos lo notaba más cálido que mi piel.

– ¿En qué se convirtió? -preguntó al fin-. ¿Cómo era?

Su voz se volvió más grave y áspera. Necesitaba saber. Pensé en May-Ruth llevando a los padres de su prometido una planta casera, en Lexie lanzándole fresas a Daniel entre carcajadas, en Lexie escondiendo la pitillera bajo las largas hierbas, y no se me ocurrió qué respuesta darle.

– Seguía siendo muy lista -dije-. Estaba cursando un curso de posgrado en Literatura inglesa. Seguía sin dejar que nada se interpusiera en su camino. Sus amigos la querían y ella los quería a ellos. Eran felices juntos.

Pese a todo lo que los cinco se habían hecho unos a otros al final, creía en mis palabras firmemente. Y sigo haciéndolo.

– Ésa es mi niña -comentó él distraídamente-. Ésa es mi niña… -Su mente estaría distraída en cosas que yo no tenía modo de saber. Al cabo de un rato respiró, como si saliera de una ensoñación, y preguntó-: La mató uno de ellos, ¿no es cierto?

Le había costado un buen rato formular aquella pregunta.

– Sí -contesté-, así es. Pero si le sirve de consuelo, fue un homicidio involuntario. No estaba planeado ni nada de eso. Tuvieron una discusión y él tenía un cuchillo en la mano por casualidad, porque estaba fregando los platos, y perdió los nervios.

– ¿Sufrió?

– No -lo reconforté-. No, señor Corrigan. El forense nos aseguró que lo único que debió de sentir antes de perder la conciencia es que le faltaba el aire y una taquicardia, como si hubiera estado corriendo.

«Fue una muerte serena», estuve a punto de añadir, pero aquellas manos…

Guardó silencio tanto rato que me pregunté si se habría cortado la línea o si se habría ido, si habría apoyado el teléfono en algún sitio y abandonado la estancia; si estaría apoyado en una verja, respirando profundamente el frío y salvaje aire vespertino. Mis compañeros empezaban a reincorporarse tras la hora de la comida: sus pasos retumbaban en las escaleras, alguien en el pasillo se quejaba de la burocracia, la risa estentórea y agresiva de Maher. «Corra -quise alentarlo-; no tenemos mucho tiempo.»

Finalmente exhaló un largo y lento suspiro.

– ¿Sabe qué es lo que más recuerdo? -me preguntó-. La noche antes de que se escapara, esa última vez, estábamos sentados en el porche después de cenar. Gracie tomaba sorbites de mi cerveza. Estaba preciosa. Se parecía más que nunca a su madre: serena, por una vez. Me sonreía. Pensé que eso significaba…, bueno, pensé que había decidido quedarse finalmente. Quizá se hubiera enamorado de alguno de los vaqueros; parecía una muchacha enamorada. Pensé: «Mira nuestra hijita, Rachel. ¿A que está guapísima? Al final nos ha salido bien».

Sus palabras hicieron que algo extraño revoloteara en mi cabeza, algo delicado como palomillas describiendo círculos. Frank no se lo había dicho: no le había explicado lo de la operación encubierta, no le había hablado de mí.

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