Tana French - En Piel Ajena

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Tarde o temprano, el pasado siempre vuelve.
Hacía mucho que Cassandra Maddox no oía hablar de Lexie Madison; en concreto cuatro años, cuando Frank Mackey, su superior en Operaciones Secretas, le ordenó infiltrarse en el mundillo de la droga bajo una nueva identidad: Alexandra Madison, estudiante del diversity College de Dublín. Después de aquella misión, abortada cuando fue apuñalada por un paranoico, Cassie se incorporó a Homicidios y más adelante a Violencia Doméstica, y el nombre de Lexie cayó inevitablemente en el olvido… Hasta el día en que, en un bosque a las afueras de Glenskehy, no muy lejos de Dublín, se halla el cadáver de una joven identificada como Lexie Madison. La noticia sume a Cassie en el desconcierto. «Aquella joven era yo»: sus mismos ojos, su nariz respingona; ambas son como dos gotas de agua. Aprovechando esta inexplicable coincidencia, Mackey urde un plan tan ingenioso como arriesgado para descubrir al asesino: «resucitar» milagrosamente a Lexie ante la opinión publica y hacer que Cassie adopte, por segunda vez, su antigua identidad.
Seducida por el reto, Cassie se instala en Whitethorn House, donde Lexie convivía en aparente armonía con cuatro excéntricos estudiantes, sobre quienes recaen todas las sospechas. Mientras trata de echar abajo las coartadas de cada uno ellos, Cassie empezará a sentirse fascinanada por la mujer que le «robó» su creación y por este grupo tan peculiar, en especial su líder… Una fascinación que alterará el devenir de la investigación y pondrá en peligro su vida.

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– Ayer tomaste la decisión correcta al disparar -dijo, una vez hubo apagado el mechero-. Ocurrió, no fue divertido, pero en unas cuantas semanas te repondrás. Fin de la historia.

No contesté. Frank exhaló una larga voluta de humo que ascendió hacia el techo.

– Escucha, cerraste el caso. Si tuviste que disparar a alguien para hacerlo, mejor que haya sido Daniel. Nunca me gustó ese capullo.

Yo no estaba de humor para reprimirme el genio, no con él al menos.

– Sí, Frankie, de eso ya me había dado cuenta. Todo el mundo a un kilómetro a la redonda de este caso se habría dado cuenta. ¿Y sabes por qué no te gustaba? Porque era exactamente igual que tú.

– Vaya, vaya, vaya -dijo Frank arrastrando las palabras. Había un gesto de diversión en su boca, pero sus ojos refulgían azules como el hielo y no pestañeaba; me resultaba imposible discernir si estaba furioso o no-. Casi se me había olvidado que ha estudiado Psicología.

– Tu vivo retrato, Frank.

– ¡Y un cuerno! Ese muchacho estaba mal de la cabeza, Cassie. ¿Recuerdas lo que dijiste al trazar el perfil? Experiencia delictiva anterior. ¿Te acuerdas?

– ¿Qué, Frank? -pregunté. Me di cuenta de que había desplegado los pies de debajo de mí y los había apoyado con fuerza en el suelo-. ¿Qué averiguaste sobre Daniel?

Frank movió la cabeza, una sacudida pequeña y ambigua, por encima de su cigarrillo.

– No tuve que averiguar nada. Sé cuando una persona huele mal, y tú también. Hay una línea, Cassie. Tú y yo vivimos a un lado de ella. Incluso cuando la jodemos y pasamos al otro lado, esa línea nos impide perdernos. Daniel no la tenía. -Se inclinó sobre la mesilla de centro para sacudir la ceniza-. Hay una línea -repitió-. No olvides nunca que hay una línea.

Se produjo un largo silencio. La ventana empezaba a atenuarse de nuevo. Me pregunté qué habría ocurrido con Abby, Rafe y Justin, si pasarían la noche juntos; si John Naylor dormiría despatarrado bajo la luz de la luna sobre las ruinas de Whitethorn House, el rey conquistador de todo nuestro naufragio. Sabía que Frank diría: «Eso ya no es asunto tuyo».

– Lo que me encantaría saber -continuó Frank al cabo de un rato, y su tono había variado- es cuándo te desenmascaró Daniel. Porque lo hizo, y tú lo sabes. -Un destello rápido de azul en su mirada-. Por su modo de hablar, tengo el convencimiento de que sabía que llevabas micrófono, pero no es eso lo que me preocupa. Podríamos haberle puesto un micrófono a Lexie, si ella hubiera consentido; el micrófono no bastaba para que él averiguara que eras una policía. Sin embargo, cuando Daniel entró en esa casa ayer sabía sin ningún género de duda que tú llevabas un arma encima y que la utilizarías. -Se acomodó en el sofá, extendió un brazo sobre el respaldo y dio una calada a su cigarrillo-. ¿Alguna idea de qué te delató?

Me encogí de hombros.

– Supongo que las cebollas. Sé que pensamos que había salido airosa de la situación, pero al parecer Daniel era mejor jugador de póquer de lo que creíamos.

– No estoy para bromas -dijo Frank-. ¿Estás segura de que fue eso? ¿No le sorprendía, por ejemplo, tus gustos en cuestión de música?

Lo sabía, Frank sabía lo de Fauré. No tenía modo de estar seguro, pero su instinto le decía que allí había gato encerrado. Me esforcé por mirarlo a los ojos y fingir estar desconcertada y un tanto atribulada.

– Nada que me venga a la mente.

Espirales de humo pendían en la luz del sol.

– Bien -dijo Frank al fin-. Bueno. Dicen que la clave está en los detalles. Tú no tenías modo de saber lo de las cebollas, lo cual significa que no podías hacer nada para evitar delatarte. ¿Verdad?

– Verdad -contesté, y al menos eso me salió con facilidad-. Hice todo cuanto pude, Frank. Me dejé la piel siendo Lexie Madison.

– Y, pongamos por caso, si hace un par de días hubieras sospechado que Daniel te había descubierto, ¿habrías podido hacer algo para que la situación concluyera de otro modo?

– No -contesté, y sabía que aquello también era verdad. Aquel día había comenzado años antes, en el despacho de Frank, con un café requemado y galletas de chocolate. Cuando metí aquella cronología en la camisa de mi uniforme y me dirigí a pie hasta la estación de autobuses, aquel día ya nos estaba esperando a todos-. Creo que éste es el final más feliz que podíamos conseguir.

Asintió.

– Entonces has cumplido tu misión. Punto y final. No te culpes por los actos de los demás.

Ni siquiera intenté explicarle lo que veía, la fina red que se había ido extendiendo y nos había arrastrado a todos hasta llegar a aquel punto, las incontables inocencias que integraban la culpa. Pensé en Daniel con una tristeza inenarrable, la imagen viva de su rostro diciéndome: «Lexie era una persona sin ninguna noción de acción y consecuencia», y noté esa afilada cuchilla deslizarse aún más profundamente entre ella y yo, girándose.

– Lo cual -añadió Frank- me lleva al motivo de mi visita. Tengo una pregunta más acerca de este caso y tengo la extraña sensación de que tú podrías conocer la respuesta. -Apartó la vista de su taza, donde había estado pescando una mota de algo-. ¿Apuñaló realmente Daniel a nuestra chica? ¿O simplemente se estaba autoinculpando, por algún motivo retorcido que sólo él sabía?

Aquellos ojos azules desapasionados al otro lado de la mesilla del café.

– Tú oíste lo mismo que yo -contesté-. Él es el único que habló con claridad; los otros tres no dieron ningún nombre en ningún momento. ¿Siguen sosteniendo que fue él?

– No dicen más que patrañas. Llevamos todo el día de hoy y anoche interrogándolos y no han pronunciado ni una sola palabra excepto «Quiero un vaso de agua». Justin ha berrequeado un poquito y Rafe lanzó una silla contra la pared al descubrir que había estado cuidando a una víbora en su pecho durante el pasado mes (tuvimos que esposarlo hasta que se calmó), pero ésa ha sido toda la comunicación que hemos conseguido establecer. Son como malditos prisioneros de guerra.

El dedo de Daniel apretado sobre sus labios, sus ojos deslizándose sobre los demás con una intensidad que yo no había comprendido en aquel momento. Incluso entonces, traspasado el horizonte más lejano de su propia vida, Daniel había tenido un plan. Y los otros tres, ya fuera por una fe ciega en él o por costumbre o sencillamente porque no tenían nada más a lo que aferrarse, seguían procediendo conforme las pautas que él les había dictado.

– Una de las razones que me induce a preguntártelo -aclaró Frank- es porque las historias no encajan. Casi, pero no. Daniel te explicó que por casualidad tenía un cuchillo en la mano, porque estaba fregando los platos, pero en la cinta Rafe y Justin describen que Daniel usó ambas manos para contener a Lexie mientras se peleaban, antes de que la apuñalaran.

– Quizás estén confundidos -aventuré-. Todo ocurrió muy precipitadamente; ya sabes el valor que tienen las declaraciones de los testigos oculares. O quizá Daniel le estuviera restando trascendencia al asunto: afirmando que por casualidad tenía un cuchillo en la mano cuando en realidad agarró uno ex profeso para apuñalar a Lexie. Probablemente nunca sabremos qué ocurrió.

Frank dio una calada a su cigarrillo y observó el resplandor rojo candente.

– Hasta donde yo sé -replicó-, sólo hay una persona que estuviera lavando los platos y no estuviera haciendo nada más con sus manos entre el descubrimiento de esa nota y el momento en que apuñalaron a Lexie.

– Daniel la mató -afirmé, y no me pareció una mentira entonces y no me lo parece ahora-. Estoy segura, Frank. Decía la verdad.

Frank contempló mi rostro durante un minuto, escrutándolo. Y luego dijo con un suspiro:

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