Anthony Hyde - China Lake

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Jack Tannis es un veterano de la Guerra Fría, quien formó parte de una campaña para salvaguardar la tecnología militar de los Estados Unidos de aquellos que pretendían hacérsela llegar a sus enemigos, la Unión Soviética. David Harper, por otra parte, fue una vez identificado como el miembro vital de una tendenciosa conspiración que ambicionaba poner en aprietos a los Estados Unidos y a sus aliados. Aunque Tannis no estaba convencido de la culpabilidad de Harper, las pruebas eran difíciles de rebatir, por lo que Tannis mantuvo sus dudas para sí, y David Harper fue declarado traidor.
Décadas más tarde, Tannis se verá obligado a recordar el incidente cuando una misteriosa llamada, en nombre de Harper, le encamina hacia el Centro Naval de Armas en China Lake, donde descubrirá el cadáver de un refugiado político de la Alemania del Este, lo que le llevará a reabrir el caso Harper. Mientras tanto, David Harper, que anda forjándose una carrera como fotógrafo de la naturaleza, también tendrá que recordar el pasado de forma macabra, por lo que empezará a reconsiderar aquellas circunstancias que le llevaron a la desgracia.

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Y Tannis, a su manera, mientras lo contemplaba, pensaba en gran parte lo mismo. Se sentó al pie de un roble y se tumbó. Sintió el peso de la tierra oprimiéndole la espina dorsal. Se fumó un Lucky; estuvo a punto de reír. Miró al chico, quien lo miró a su vez. Inmortalidad; ¡qué ironía que hubiera tomado aquella forma! «Las células de tus pelotas lo hicieron mejor que tú. Dieron su salto y luego continuaron. Mientras que tú, sin importar lo que hicieras o quién fueras, te ves reducido a esto.» Entonces pensó en la mujer. Qué zorra era. Se preguntó si no sería ése el modo de devolvérsela, matando a su hijo unigénito. Lo que sin duda podía hacer. Todavía podía hacer todo lo que le viniese en gana. Sí. ¿No había sido por eso por lo que le había contado al chico tantas cosas, para colocarlos a ambos en una situación precaria? «No tienes elección.» Pero, pensó, debía considerar la otra cuestión, ¿de qué le iba a servir? Si a uno no le gustaba el problema en el que le había metido su polla, siempre podía cortársela. Eso era lo que pasaba. Pasara lo que pasara, él podía aún ganar, pero ¿qué venía después? El infierno. Eso era lo que intentaba decirse a sí mismo. «No sirve de nada.» Así que sólo le quedaba esperar.

No tuvieron que esperar demasiado. El sol se había puesto. El cielo se había vuelto de ese profundo e intenso azul marino. Apareció entonces la neblina crepuscular como polvo dorado en el aire. Tim había estado durmiendo un rato. Tannis comprobó cómo seguía el mulo dos veces a medida que iba oscureciendo y finalmente lo ató de un ronzal a una roca. Pasaron de las nueve; a partir de entonces oscurecía muy deprisa y Tannis sabía que Marianne llegaría en ese momento o ya no llegaría.

Llegó. No se oyó nada, tan sólo ese sonido que es dislocación de otros sonidos, el de los hombres moviéndose por el mundo. Silencio. Después un casco provocó una pequeña caída de rocas, un caballo resopló, crujió el cuero. Tannis los vio entonces bajando por el barranco. Se movían entrando y saliendo de su campo de visión; los perdía y luego volvían a estar allí. Ensimismados, ignorantes de que los vigilaban. Tannis se dio la vuelta y vio el rostro de Tim; vio que estaba en trance. Por primera vez observaba cómo se movían los hombres a lo lejos, inadvertidos. Pero sólo había un hombre, claro está. Marianne Vogel iba a la cabeza seguida por la mujer de cabellos cobrizos, ambas sobre burros, mientras que Harper, a caballo, cubría la retaguardia. Al final, cuando el barranco se hizo más profundo, se hundieron en las sombras y desparecieron.

En ese momento Tannis notó que Tim empezaba a moverse y lo cogió por el brazo.

– No -siseó.

– Pero mi padre ha dejado caer algo.

– No te muevas. Podrías resbalar. El caballo podría olerte… ¿Qué dices?, ¿ha dejado caer algo?

– Lo he visto.

Tannis lo sujetó con más fuerza. Esperó. Luego lo soltó.

– De acuerdo. Ve a buscarlo.

Tannis vio que se deslizaba cuesta abajo por el barranco. En los breves minutos que tardó Tim anocheció perceptiblemente. Resultaba difícil distinguirlo. Cuando apareció de nuevo dio la impresión de surgir de un salto ante sus ojos.

– Mire. -En la mano llevaba un bola de papel de aluminio Reynolds arrugado, brillante y reluciente, más o menos del tamaño de una pelota de golf-. ¿Qué cree que es?

Tannis lo miró. Sacudió la cabeza.

– Quién sabe. No te preocupes por eso. Coge los prismáticos, ve hasta el borde y mira a ver si puedes divisarlos. Yo iré a por el mulo.

Cuando Tannis volvió con el mulo, Tim ya había visto a Marianne y los otros al pie del barranco junto al valle. Allí abajo, al descubierto, había un poco más de luz.

– Están esperando, supongo. No estoy seguro, pero parece que están bebiendo.

– Muy bien. Los dejaremos que se alejen un poco antes de movernos. Debemos asegurarnos de que no darán media vuelta.

Transcurrieron diez minutos. Entonces atravesaron unos momentos de ansiedad porque aparentemente Harper y sus acompañantes habían desaparecido, pero era la luz que les jugaba malas pasadas. Así que emergieron de nuevo, adentrándose ya en el valle. Tannis propinó a Príncipe una patada. El mulo se mostraba reacio; había supuesto que su jornada de trabajo ya había concluido, pero se animó en el barranco (olores familiares, ruta familiar) y continuó más alegremente. Llegaron al inicio del valle y se detuvieron junto a la misma gran roca. Ambos lo vieron al mismo tiempo: otra bola de papel de aluminio reluciente en la arena.

– Jack, sabe que estamos aquí -afirmó Tim-. Nos está dejando un rastro.

– Ajá. Imaginaba que ibas a decir eso. -Sonrió en la oscuridad-. Un tipo listo, tu padre.

– ¿Qué debemos hacer?

– No creo que tengamos que hacer nada. Sólo seguir adelante. Quizá esto facilite las cosas. Al menos no tendremos que preocuparnos de que nos vean.

– ¿Por qué no vamos a reunimos con ellos?

– Escucha, él piensa con nosotros, así que piensa tú con él. Quiere que guardemos la distancia. Así que no te sulfures y camina.

Echaron a andar. Mantuvieron un paso cómodo. Tannis, montado en Príncipe, los veía con los prismáticos como largas sombras sobre la claridad del terreno. Tampoco ellos iban demasiado rápido. Empezaban a despuntar las estrellas, pero también se estaba nublando. Sintió la brisa. Era una fría y oscura noche. Les iba de perlas. Y no había aviones a esas horas. El mulo caminaba pesadamente. A cada paso balanceaba la cabeza hacia abajo, como si estuviera considerando la posibilidad de echarse a dormir o quizá, tal y como Tannis había pensado la primera vez, estaba siguiendo un rastro de olor. En todo caso continuó su camino. Llegaron al barranco donde había encontrado las huellas de Vogel la primera vez, ¿o eran de Stern? (¿quién demonios era Vogel?, ¿quién demonios era Buhler?, probablemente no lo sabría nunca), y halló tres bolas más de papel de aluminio y luego, al otro lado, dos más. Sí, Harper iba dejándoles un rastro. Ya habían recorrido más de medio camino; las ásperas colinas se alzaban a cada lado como un horizonte negro. Pensó: «Vamos a ir hasta allí.» Y de improviso Tannis se sintió alegre, a sus anchas. Quería caminar, sentir de nuevo el desierto bajo los pies, la dura piedra y el suave y constante calor que incluso a esa hora surgía de él. Así que desmontó e intentó pensar, trató de concebir todos los pensamientos que no había tenido nunca antes. Podía ganar, ¿pero qué venía después? Empezó a recordar, ¿por qué no podía uno recordarlo todo de inmediato? Siguió caminando. Gracias a Dios, no había nada más que hacer. De forma gradual se hizo más difícil verlos allá delante. A medida que se acercaban al otro extremo, las formas que tenían delante se confundían con la oscuridad de las montañas que se alzaban más allá. Luego, muy levemente, advirtió que el terreno se elevaba bajo sus pies cuando empezaron a pisar el antiguo lecho de la corriente de roca y grava depositada un millón de años antes (todo allí se remontaba a un millón de años) y de modo casi imperceptible, a ambos lados, la sombra del cañón fue arropándolos. Ya estaban dentro. Tannis imaginó el paisaje mentalmente, recordando la primera vez. Caminó más despacio. El cañón continuaba así durante un trecho, bastante amplio, con terraplenes bajos e indistintos a ambos lados. Luego se estrechaba, formaba un desfiladero. Al otro lado, el cañón era mucho más estrecho y súbitamente sus paredes tenían una pendiente más pronunciada y eran más elevadas. Ahí estaban los petroglifos, los escondrijos de caza, los huesos de Vogel, si su suposición era acertada, y más arriba, en los riscos, los cazadores falsos. Recordaba haber visto agua, o un «tanque de arena» al menos. Y más allá de ese punto había una segunda curva que él no había alcanzado nunca. Pero la mina de Vogel tendría que estar allí.

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