Anthony Hyde - China Lake

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Jack Tannis es un veterano de la Guerra Fría, quien formó parte de una campaña para salvaguardar la tecnología militar de los Estados Unidos de aquellos que pretendían hacérsela llegar a sus enemigos, la Unión Soviética. David Harper, por otra parte, fue una vez identificado como el miembro vital de una tendenciosa conspiración que ambicionaba poner en aprietos a los Estados Unidos y a sus aliados. Aunque Tannis no estaba convencido de la culpabilidad de Harper, las pruebas eran difíciles de rebatir, por lo que Tannis mantuvo sus dudas para sí, y David Harper fue declarado traidor.
Décadas más tarde, Tannis se verá obligado a recordar el incidente cuando una misteriosa llamada, en nombre de Harper, le encamina hacia el Centro Naval de Armas en China Lake, donde descubrirá el cadáver de un refugiado político de la Alemania del Este, lo que le llevará a reabrir el caso Harper. Mientras tanto, David Harper, que anda forjándose una carrera como fotógrafo de la naturaleza, también tendrá que recordar el pasado de forma macabra, por lo que empezará a reconsiderar aquellas circunstancias que le llevaron a la desgracia.

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– ¿En serio?

– Oh, sí. En CalTech. Todo lo que hay aquí alrededor, mira arriba y abajo, y casi todo lo que veas, excepto las rocas, habrá sido concebido en CalTech.

– ¿Pero no trabajó nunca como científico con mi padre, en la base?

– No. Fue antes de que él llegara, al principio de la guerra. Durante toda mi vida, de un modo u otro, he estado aquí. La primera vez fue… no sé cuántos años tenía, pero era sólo un crío. Mi padre era un jugador. Había ganado una camioneta en una partida de póquer en Las Vegas y con ella llegamos hasta el Valle de la Muerte. Pasamos justo por aquí. Quería venderla en Los Ángeles.

Tim dejó los prismáticos; ya sólo quedaba la estela de vapor. Anochecía por momentos.

– ¿Cuándo cree que llegarán? -preguntó.

– Dales una hora. Si no llegan para entonces, probablemente tardarán mucho más. Después de medianoche.

– Según lo entiendo yo, ¿espera que la Vogel y mi padre vayan hasta «él»?

Tannis se había estirado con las manos detrás de la cabeza. Estaba callado, pero de repente, en apariencia tras haber tomado una decisión, se dio media vuelta apoyado sobre un codo.

– Exacto -replicó-. Sólo que él no es Vogel.

– ¿Qué quiere decir? Le dije que había visto a Vogel en Aberporth.

– Es el mismo hombre, pero en Aberporth se hacía llamar Keller y su auténtico nombre es Stern. Finge ser Vogel. El verdadero Vogel… No estoy seguro de quién demonios es. O era, porque creo que hallé su cadáver. Pero no vivía en ese remolque. Hay un sitio al otro lado de la base, el condado se lo va a quedar por impuestos atrasados, pero está a nombre de Vogel. Aunque Vogel está muerto. Hace años que lo está.

– ¿Lo mató Stern? -Ajá.

– ¿Y usted encontró su cadáver?

– Sólo es una suposición. Pero si hay suficiente luz te lo mostraré cuando pasemos por allí. -Rodó sobre su estómago para poder mirar hacia abajo, hacia el valle y señaló con una brizna de hierba-. Solía haber indios en todas estas colinas. No me refiero a los indios que conocemos, sino a los de mucho antes.

Ni siquiera tenían arcos y flechas. Cazaban con una especie de lanza arrojadiza llamada atlatl…

– Ya sé lo que es un atlatl.

– Siempre se me olvida que has ido a la universidad. En todo caso, cazaban con magia. Podrás verlo allí abajo. Grababan dibujos en las rocas y levantaban esculturas de piedra para hacer que los carneros -eso era lo que cazaban, carneros monteses- se acercaran a esos pequeños escondrijos de reclamo. Los indios se agazapaban en escondites de piedras, como pequeños fortines, saltaban fuera y los mataban. Los eliminaron a todos en realidad. Eso fue lo que acabó con ellos. Con los indios, quiero decir. Pero la cuestión es que cuando estuve allí, miré hacia unos de los escondites. Se había desmoronado hacia dentro. Había un montón de huesos en el interior, huesos carbonizados. Stern mató a Vogel. Pero no pudo enterrar el cuerpo porque el terreno aquí es rocoso. Así que tiró las piedras del escondite encima y lo quemó.

– Dios mío.

– Ya te había dicho que esto podía ponerse feo. ¿Sabes usar un arma? No, claro que no. Los británicos sólo se preocupan por cómo se deben usar el tenedor y el cuchillo. Mira. -Llevaba consigo su Marlin calibre treinta, dispositivo de palanca, un buen rifle barato, y empezó a enseñarle al chico a usarlo. Era del tipo de cosas que debía haber aprendido a los doce años. Tim lo montó con indecisión.

– Está hecho de acero, por amor de Dios. No se va a romper.

– Aún no me ha contestado. ¿Por qué mató Stern a Vogel?

– Por el oro; ésa podría ser la razón. Ya te enseñé su cueva. Aun del modo en que él lo está haciendo puede sacar mucho dinero. No estoy seguro por supuesto, quizá sea al revés. Pero yo diría que Vogel, quien demonios fuera, encontró la mina, que debe de ser la veta madre que superará a todas las vetas madre. Entonces acudió a Stern. Probablemente necesitaba dinero para el equipo o algo parecido. Tal vez le pidió ayuda a Stern para sacarlo de la base, eso hubiera sido un problema.

– Usted sabe quién es Stern, ¿verdad?

– Si es él, sí. Era un científico. Uno de los alemanes que vino después de la guerra. Hubo bastantes aparte de Werhner. La mayoría de ellos fueron a White Sands y de ahí a Alabama, pero algunos vinieron aquí. Era el hombre de instrumental. Podía medir el movimiento de tus párpados, cualquier cosa. Era muy eficiente, pero también era muy, muy fácil hacerle chantaje.

– ¿Porque era un nazi?

– Ese árbol de ahí abajo. Apunta… Fácil. Es una mirilla, así que mira. Relájate… No, no importaba que fuera nazi o no; todos eran nazis. Von Braun era de la SS. Pero los nazis aprobaron una ley en 1933, llamada Ley para el Restablecimiento del Funcionariado Público de Carrera, que expulsaba a los no arios de todas las instituciones estatales, incluyendo las de investigación, y Stern la utilizó. Ahí empezaron sus problemas. Era joven, ambicioso. Arregló las cosas para deshacerse de unos cuantos que estaban por encima de él, un judío en particular, uno de sus antiguos profesores. Consiguió que lo mandaran a Auschwitz junto con su hija. Éste fue realmente el problema. Había nacido en Chicago. Técnicamente era ciudadana estadounidense. Probablemente eso no hubiera bastado para colgarlo, pero no le habrían dejado trabajar aquí… seguir adelante. La gente nunca oye un disparo, el primer disparo. Creen sólo que han oído algo. Así que se ponen a escuchar.

Tim disparó. Para su sorpresa, voló la rama del árbol.

– Ahí lo tienes. Recuerda que con esto puedes darle a alguien a cien metros de distancia, pero lo que es más importante, mientras disparas mantendrán las cabezas agachadas.

– ¿Cómo se enteró de todo eso sobre Stern?

– Bien, yo era oficial de seguridad. Estaba en Alemania justo después de la guerra. Yo conduje esa investigación. Lo sabía todo acerca de él, créeme.

– ¿Así que usted podría haberle hecho chantaje?

– Sin duda. Quizá lo hubiera hecho. De haber sabido lo del oro, lo habría hecho. Y habría funcionado. Si lo que yo sabía se hubiera hecho oficial, habría acabado con Stern, no lo dudes, y creo que Vogel descubrió lo mismo que yo.

– ¿Cómo?

– No tengo ni idea. Quizá estuviera en el campo de concentración con ellos, quizá conocía a la hija. Quién sabe. Pero lo descubrió, trató de utilizarlo y Stern lo mató. O al menos eso es lo que creo.

– Así que Stern mató a Vogel y luego… ¿usurpó su identidad?

– Exacto. Fue muy inteligente. Se retiró; tenía que hacerlo.

Recuerdo que se marchó a México y le perdí la pista, en realidad creía que había muerto. Pero cuando mató a Vogel debió de quedarse con sus documentos. Inteligente. En cualquier caso, ahora ya sabes cómo usar ese rifle. Recuérdalo. Stern es un asesino. Así que tal vez tengas que disparar sobre él.

– Tenemos que contarle todo esto a mi padre -declaró Tim.

– No, no será necesario. Ya te lo he dicho, somos el as de su manga. Somos la caballería llegando por la colina. Stern no esperaría nunca una cosa así.

Tannis se sentó mientras hablaba, sacó el vacío envoltorio de lonchas de queso Kraft y lo aplastó. Sobre el cartón garabateó: «Matheson, crea todo lo que le cuente.» Luego firmó: «Cracker Jack.» Se lo tendió a Tim, que preguntó:

– ¿Quién es Matheson?

– Es el jefe de seguridad de la base; el que ocupa mi antiguo puesto. Escucha. Si ocurre algo se lo das a él y le cuentas todo lo que yo te he dicho. ¿Comprendes?

Tim dobló el cartón y se lo metió en el bolsillo. Se quedó allí de pie, con aire torpe y el rifle en las manos. No estaba seguro de qué decir o hacer y, extrañamente, todo lo que Tannis le había contado sólo había conseguido acrecentar aún más su ignorancia, que lo rodeó como el lento atardecer. Aunque tampoco estaba seguro siquiera de si en realidad importaba. Todo había ocurrido hacía mucho tiempo. Era una historia demasiado antigua. Los hechos eran asombrosos, pero su persistencia era extraordinaria. De repente sintió claustrofobia; no había modo de escapar a China Lake y toda aquella historia. «No puedes retroceder ahora.»

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