Giorgio Faletti - Yo Mato

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Un locutor de Radio Montecarlo recibe una noche durante su programa una llamada telefónica asombrosa alguien revela que es un asesino El hecho se pasa por alto, como una broma de pésimo gusto, sin embargo, al día siguiente un famoso piloto de formula uno y su novia aparecen en su barco, muertos y horrendamente mutilados Se inicia así una serie de asesinatos, cada uno precedido de una llamada a Radio Montecarlo con una pista musical sobre la próxima victima, cada uno subrayado por un mensaje escrito con sangre en el escenario del crimen, que es al mismo tiempo una firma y una provocación «Yo mato»
Para Frank Ottobre, agente del FBI, y Nicolás Hulot, comisario de la Sürete monegasca, comienza la caza de un escurridizo fantasma que tiene aterrorizada a la opinión publica nunca hubo un asesino en serie en el principado de Monaco Ahora lo hay, y de su búsqueda nadie va a salir indemne Yo mato es un thriller pleno de acción e intriga, con un desarrollo narrativo tan maduro como absorbente Eso ha bastado -y ha sobrado- para situar a su autor entre los nombres mas importantes del genero y a su obra como un autentico fenómeno editorial

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Guillaume asintió. Cogió con cuidado la cinta de manos de Hulot y la sostuvo entre los dedos, como si fuera a explotar de un momento a otro.

– ¿Qué contiene?

Frank lo miró atentamente. No había rastro de ironía en la voz del muchacho.

– Ya lo verás. Pero tengo que advertirte que no es un bonito espectáculo. Te lo digo para que estés preparado.

Guillaume no respondió. Se levantó y fue a cerrar las cortinas, Para proteger las pantallas del reflejo del sol. Una luminosidad ámbar se difundió por la habitación. Volvió a sentarse en el sillón y encendió el ordenador y una pantalla de plasma. Introdujo la cinta en un reproductor situado a su izquierda y pulsó un botón En la pantalla aparecieron primero las barras de colores y después las primeras imágenes.

Mientras el asesinato de Alien Yoshida comenzaba a pasar ante los ojos de Guillaume, Frank decidió dejarle ver la filmación entera. Habría podido ir directamente al punto que les interesaba, sin más explicaciones, pero ahora que le conocía quería que el muchacho comprendiera con quién debían vérselas y la importancia de su papel en el asunto. Se preguntó qué pensamientos cruzaban la mente de Guillaume mientras veía aquella filmación, si experimentaba el mismo horror que él y Hulot cuando la vieron por primera vez. Debía admitir, a pesar suyo, que era una suerte de diabólica obra de arte -hecha para destruir, no para crear-, que, aun así, no podía evitar provocar emociones.

Al cabo de un minuto de proyección, Guillaume pulsó el botón de pausa. El asesino y su víctima ensangrentada se detuvieron en la posición que el azar y una máquina les habían impuesto.

Se volvió y los miró con los ojos muy abiertos.

– Pero… ¿es una película o es todo real? -preguntó con un hilo de voz.

– Desgraciadamente, es todo real. Te advertí que no era un bonito espectáculo.

– Sí, pero esta carnicería supera lo imaginable. ¿Cómo es posible una cosa semejante…?

– Es posible, sí. Lamentablemente es una realidad, como puedes ver tú mismo. Y nosotros hemos venido, precisamente, para tratar de impedir que siga con esa carnicería, como la has llamado.

Frank observó bajo las axilas del muchacho dos manchas de sudor que antes no estaban. La temperatura de la habitación excluía la posibilidad de que se debieran al calor. Se trataba casi con toda certeza de una reacción a lo que acababa de ver.

«La muerte es fría y caliente al mismo tiempo. La muerte es sudor y sangre. La muerte es, por desgracia, el único modo verdadero que ha elegido el destino para recordarnos continuamente que existe la vida. Sigue adelante, muchacho, no nos decepciones.»

Como si le hubiera leído el pensamiento, Guillaume volvió hacer girar su sillón, con un ligero chirrido. Se apoyó en el respaldo del sillón, como si ese gesto le ayudara a defenderse, a tomar distancia de las imágenes que continuaría viendo. Pulsó de nuevo el botón de pausa y las figuras abandonaron la inmovilidad que las había fijado durante unos instantes, para volver a moverse ante sus ojos, hasta la sarcástica reverencia final y el efecto de nieve que indicaba el fin de la grabación. Detuvo la cinta.

– ¿Qué queréis que haga? -preguntó sin volverse.

En el tono de su voz se percibía que habría preferido no estar allí, no haber visto aquella danza de muerte y la reverencia con que el asesino parecía pedir un aplauso a un público de condenados.

Frank se acercó y se puso detrás del muchacho sentado en la silla.

– Retrocede la cinta, pero de modo que se vea la filmación.

Guillaume hizo girar una perilla y las imágenes comenzaron a correr velozmente hacia atrás. Pese al efecto casi cómico que suele ocasionar el retroceso acelerado, el dramatismo de aquella película se conservaba intacto.

– Ahí. A ver… ahí… Detente.

Bajo el toque prudente de los dedos de Guillaume, la proyección se detuvo algunos fotogramas demasiado atrás.

– ¿Puedes avanzar despacio, solo un poco?

Guillaume manipuló con delicadeza el aparato y la película avanzó cuadro por cuadro, como una serie de fotos que se superponen lentamente.

– ¡Detenía ahí!

Frank se colocó al lado de Guillaume y señaló con el índice un punto de la pantalla.

– Aquí está. En esta zona, en el mueble, hay algo que parece la cubierta de un disco. La imagen no se distingue bien. ¿Puedes aislarla y ampliarla de modo que podamos leer las letras?

Guillaume se desplazó a un lado hasta llegar ante el teclado del ordenador, a su derecha, mientras sus ojos no se apartaban del punto indicado por Frank.

– Mrnmm, puedo probar. ¿Esta cinta es la original o una copia?

– La original.

– Mejor. El VHS no es un buen soporte, a menos que sea el original. Antes que nada debo digitalizar la imagen. Se pierde un poco de calidad, pero podré trabajarla con más facilidad.

Su voz era firme y tranquila. Ahora que había entrado en su terreno, Guillaume parecía haber superado la impresión de lo que acababa de ver. Manipuló el ratón, y en el monitor apareció la misma imagen que Frank miraba en la pantalla. Guillaume volvió a teclear durante unos instantes, y la figura se volvió más nítida.

– Listo. Ahora vamos a aislar la parte que nos interesa.

Con la flecha del ratón abrió un cuadrado sombreado que contenía el fragmento de figura que le había indicado Frank. Pulsó un botón del teclado y la pantalla se llenó de una especie de mosaico electrónico, carente de sentido.

– No se ve nada.

El comentario escapó casi sin querer de los labios de Frank, que se arrepintió de inmediato. Guillaume giró hacia él, arqueando las cejas.

– Calma, hombre de poca fe. Apenas hemos comenzado a trabajar.

Al cabo de algunos tecleos y manipulaciones apareció en el monitor, lo bastante nítida para poder distinguirla, la cubierta oscura de un disco. En el centro, a contraluz, la silueta de un hombre tocando la trompeta, doblado hacia atrás con la tensión del músico que busca una nota imposible. El instante supremo en que el artista olvida el lugar y el tiempo y va solo en pos de la música, de la que es víctima y verdugo al mismo tiempo. Abajo había unas letras en blanco.

– Robert Fulton. Stolen Music .

Frank leyó en voz alta lo que aparecía en la pantalla, como si en aquella estancia fuera el único que se hallaba en condiciones o hacerlo.

– Robert Fulton. Stolen Music. Música robada. ¿Qué significa?

– No tengo la menor idea -dijo Hulot, que se había levantado del sofá y se les había acercado-. ¿Y tú, Guillaume, conoces ese disco?

La voz de Nicolás le sobresaltó. Mientras Guillaume manipúlala el ordenador se había levantado del sofá y se había colocado a su espalda sin que ninguno de los dos se diera cuenta.

El muchacho continuaba mirando la imagen del monitor.

– En absoluto. Jamás he oído nombrar a ese Robert Fulton. Pero a simple vista diría que es un elepé de jazz bastante antiguo. Lo lamento, pero es un tipo de música que no conozco mucho.

Nicolás volvió a sentarse. Frank se pasó una mano por el mentón. Dio unos pasos adelante y atrás por la habitación, con los ojos entreabiertos. Comenzó a hablar, pero se notaba que solo pensaba en voz alta; el monólogo de un hombre que camina bajo un enorme peso.

Stolen Music . Robert Fulton. ¿Por qué Ninguno ha tenido la necesidad de escuchar este disco mientras asesinaba? ¿Por qué después se lo ha llevado? ¿Qué tiene de especial?

Cayó en la habitación el silencio de las preguntas que no encuentran respuesta, el silencio del que la mente se nutre mientras devora distancias infinitas en busca de una indicación, una huella, una señal, el silencio de unos ojos fijos que persiguen un punto que en vez de acercarse se aleja cada vez más.

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