Giorgio Faletti - Yo Mato

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Un locutor de Radio Montecarlo recibe una noche durante su programa una llamada telefónica asombrosa alguien revela que es un asesino El hecho se pasa por alto, como una broma de pésimo gusto, sin embargo, al día siguiente un famoso piloto de formula uno y su novia aparecen en su barco, muertos y horrendamente mutilados Se inicia así una serie de asesinatos, cada uno precedido de una llamada a Radio Montecarlo con una pista musical sobre la próxima victima, cada uno subrayado por un mensaje escrito con sangre en el escenario del crimen, que es al mismo tiempo una firma y una provocación «Yo mato»
Para Frank Ottobre, agente del FBI, y Nicolás Hulot, comisario de la Sürete monegasca, comienza la caza de un escurridizo fantasma que tiene aterrorizada a la opinión publica nunca hubo un asesino en serie en el principado de Monaco Ahora lo hay, y de su búsqueda nadie va a salir indemne Yo mato es un thriller pleno de acción e intriga, con un desarrollo narrativo tan maduro como absorbente Eso ha bastado -y ha sobrado- para situar a su autor entre los nombres mas importantes del genero y a su obra como un autentico fenómeno editorial

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Por todos lados había macizos y matas de arbustos en flor, sabiamente alternados sobre un césped inglés atravesado de senderos de piedra, iguales al suelo del patio donde los esperaba Guillaume.

El conjunto daba una impresión de serenidad y solidez, económica y familiar, una sensación de bienestar sin ostentación, algo que para muchos parecía ser una obligación en la Costa Azul.

Apenas franquearon la entrada, Hulot dobló a la derecha y aparco el coche bajo un cobertizo de madera laminada, junto a un Fiat y una moto BMW de gran cilindrada.

Guillaume fue hacia ellos con andar distendido. Era un muchacho atlético, de rostro no guapo pero simpático, y lucía el bronceado de alguien que practica mucho deporte al aire libre. Los brazos musculosos y el pelo aclarado por el sol daban testimonio de ello. Vestía camiseta y bermudas de tela verde militar, con bolsillos a los lados, y calzado náutico amarillo, sin calcetines.

– Hola, Nicolás.

– Hola, Guillaume.

El muchacho estrechó la mano del comisario.

Nicolás indicó con un movimiento de cabeza la presencia de su acompañante.

– Este señor callado que está a mi espalda es Frank Ottobre, agente especial del FBI.

Guillaume tendió la mano al tiempo que lanzaba una especie de silbido apagado.

– Ah, así que los del FBI existen también en la vida real, no solo en las películas. Encantado de conocerte.

Mientras le daba la mano, Frank se sintió inmediatamente aliviado. Le miró los ojos, oscuros y profundos, y el rostro en el que el bronceado había hecho aparecer algunas pecas, y supo instintivamente que Guillaume era la persona indicada para lo que necesitaban. Ignoraba si era bueno en su trabajo, pero intuyó que, si se lo pedían debidamente, haciéndole entender la importancia y la gravedad de la situación, sabría callar.

– Sí, en Estados Unidos somos parte integrante de las películas y del paisaje. Y ahora comienzan también a exportarnos, como lo testimonia mi presencia aquí.

Guillaume esbozó una sonrisa que disfrazaba a duras penas su curiosidad por la presencia de los dos hombres en su casa. Probablemente intuía que debía de haber un motivo importante para que Nicolás Hulot fuera a verlo como policía y no como amigo de la familia.

– Gracias por haber aceptado echarnos una mano -dijo Hulot.

Guillaume hizo con los hombros un gesto como diciendo «no hay de qué» y los precedió, indicándoles el camino.

– No tengo demasiado trabajo estos días. Me estoy ocupando de la edición de un par de documentales submarinos, cosa fácil que requiere poca concentración. Y además no podría negar nada a este hombre…

Con el pulgar de la mano derecha señaló al comisario, que le seguía.

– ¿Has dicho que tus padres están fuera?

– ¿Fuera? Fuera de sus cabales, dirás. Después de que mi padre dejó de trabajar, los viejos descubrieron que todavía había pasión en su matrimonio, y ya deben de andar por su décimo viaje de bodas, creo. La última vez que me llamaron estaban en Roma. Deberían volver mañana.

Cruzaron el césped por un sendero de piedra hasta una pequeña construcción a un lado del jardín. A la derecha, bajo el toldo azul de un cenador también de madera laminada, había una zona para comer al aire libre. En la mesa de hierro forjado se veían los restos de una cena, seguramente la de la noche anterior.

– Cuando los gatos no están el ratón baila, ¿eh?

Guillaume siguió la mirada de Nicolás y se encogió de hombros.

– Anoche invité a unos amigos, y hoy no ha venido la mujer de la limpieza…

– Sí, unos amigos… No olvides que soy policía. ¿Crees que no veo que la mesa estaba puesta para dos?

El muchacho abrió los brazos en un gesto fatalista.

– Mira, viejo; no bebo, no juego, no fumo y no caigo en la tentación de los paraísos artificiales. ¿Podrías dejarme al menos una diversión?

Abrió la puerta corredera de madera ante la cual se había detenido y los invitó a pasar. Los siguió y cerró. En cuanto entraron, Hulot se estremeció bajo su chaqueta veraniega.

– Hace bastante fresco aquí dentro.

Guillaume señaló los aparatos dispuestos contra la pared frente las ventanas que daban al jardín, bajo las cuales zumbaban a tope dos acondicionadores de aire.

– Mis equipos son bastante sensibles al calor, y por eso me veo obligado a hacer trabajar la instalación de aire a toda potencia. Si tienes problemas de reumatismo, puedo ir a buscarte algún abrigo de mi padre.

Nicolás lo cogió de repente por el cuello y lo dobló hacia delante. Sonrió mientras le agarraba la cabeza en un apretón de broma.

– Si no muestras un poco de respeto por los ancianos, no oirás el crujido de mi artritis sino el de tu cuello que se rompe.

Guillaume levantó los brazos en señal de rendición.

– Está bien, está bien. Me rindo…

Cuando Hulot le soltó, el muchacho se dejó caer resoplando en un sillón giratorio de piel, con ruedas, situado delante de las máquinas. Después se acomodó el pelo e indicó a ambos hombres un sofá apoyado contra la pared, entre las dos ventanas. Apuntó a Nicolás con un dedo acusador.

– Te advierto que me he rendido solo por consideración a tus canas, que me impiden reaccionar como es debido.

Hulot se sentó y se recostó contra el mullido respaldo del sofá.

– Menos mal, porque, entre nosotros, temo que hayas acertado en eso del reumatismo…

Guillaume hizo medio giro con el sillón y volvió a girar hacia Frank y Hulot. Los miró con expresión súbitamente seria.

«Bien -pensó Frank-. Un chaval que tiene sentido común.»

Se sintió aún más convencido de que habían encontrado a la persona indicada. Ahora no quedaba más que esperar que fuera tan hábil como había dicho Nicolás. Y esperar otro montón de cosas. Ahora que habían llegado al motivo de la reunión, Frank se dio cuenta de que su corazón latía de forma más acelerada. Miró un instante por la ventana los reflejos del sol en la superficie de la piscina. La paz de aquel lugar lo hacía parecer todo tan lejano, tan lejano…

Su historia, la historia de Helena, la historia de un general que no quería perder ninguna guerra, la historia de un comisario sin más ambiciones que encontrar una razón para sobrevivir al hijo, historia de un asesino insaciable, cuya locura y ferocidad lo había llevado a ser lo que era.

Y pensar que todo habría podido ser tan fácil si solo…

Su mente volvió a la estancia. Su voz superó a duras penas sonido de los acondicionadores.

– ¿Por casualidad has seguido la historia de Ninguno?

Guillaume hizo balancear el respaldo del sillón.

– ¿Te refieres a los homicidios en el principado? ¿Y quién no? Todas las noches escucho Radio Montecarlo o Europe 2. Calculo que a estas alturas tendrán una audiencia increíble…

Frank contempló otra vez el jardín. A la derecha, una brisa vivaz agitaba el seto de laureles contra el cerco. Se dio cuenta de que no era el viento sino el ventilador externo de la instalación de aire acondicionado.

Se volvió y miró a Guillaume.

– Ya han muerto cinco personas. Cuatro, atrozmente desfiguradas. Y nosotros no hemos hecho un buen papel, porque no tenemos la menor idea de quién pueda ser el asesino ni de qué hacer para detenerlo. Aparte de ciertos indicios que nos ha proporcionado por su propia voluntad, este loco de atar no ha dejado el menor rastro. Salvo un pequeño detalle…

Con su silencio cedió la palabra a Nicolás. El comisario se sentó en el borde del sofá y tendió a Guillaume una cinta VHS que había extraído del bolsillo de la chaqueta.

– Esto contiene la única verdadera pista que tenemos. En esta cinta hay algo que quisiéramos que examinaras. Es sumamente importante, Guillaume. Tanto, que de ello podría depender la vida de otros seres humanos. Por eso necesitamos tu ayuda y tu absoluta discreción, ¿comprendes?

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