Giorgio Faletti - Yo Mato

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Un locutor de Radio Montecarlo recibe una noche durante su programa una llamada telefónica asombrosa alguien revela que es un asesino El hecho se pasa por alto, como una broma de pésimo gusto, sin embargo, al día siguiente un famoso piloto de formula uno y su novia aparecen en su barco, muertos y horrendamente mutilados Se inicia así una serie de asesinatos, cada uno precedido de una llamada a Radio Montecarlo con una pista musical sobre la próxima victima, cada uno subrayado por un mensaje escrito con sangre en el escenario del crimen, que es al mismo tiempo una firma y una provocación «Yo mato»
Para Frank Ottobre, agente del FBI, y Nicolás Hulot, comisario de la Sürete monegasca, comienza la caza de un escurridizo fantasma que tiene aterrorizada a la opinión publica nunca hubo un asesino en serie en el principado de Monaco Ahora lo hay, y de su búsqueda nadie va a salir indemne Yo mato es un thriller pleno de acción e intriga, con un desarrollo narrativo tan maduro como absorbente Eso ha bastado -y ha sobrado- para situar a su autor entre los nombres mas importantes del genero y a su obra como un autentico fenómeno editorial

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– Sí, ya sé, Pascal. Por favor, dígale que enseguida estoy listo. Si no quiere esperar abajo, hágale subir.

Mientras se ponía la camisa oyó que el ascensor se detenía en su planta.

Fue a abrir la puerta y se la encontró frente a frente. Helena Parker estaba allí, en el umbral, con aquellos ojos grises nacidos para reflejar las estrellas y no aquel dolor. De pie en la penumbra del pasillo, le miraba. Frank sostenía los bordes de la camisa abierta sobre el tórax desnudo.

A Frank le pareció la repetición de la escena con Dwight Durham, el cónsul, solo que los ojos de la mujer se detuvieron largamente en las cicatrices de su tórax antes de volver a su rostro. Se apresuró a cerrarse la camisa.

– Buenos días, señor Ottobre.

– Buenos días. Disculpe que la haya recibido así, pero creía que era un amigo.

– No hay problema. Ya lo había imaginado, por su respuesta al encargado. ¿Puedo pasar?

– Por supuesto.

Frank se apartó de la puerta; Helena entró rozándolo con un brazo y pudo oler su perfume delicado, sutil como un recuerdo. Por un instante pareció que la estancia se llenara solo con su presencia.

Su mirada cayó en la Glock que Frank había dejado sobre un mueble al lado del estéreo. El se apresuró a esconderla en un cajón.

– Lamento que esto sea lo primero que haya visto al entrar aquí.

– No hay problema. He crecido en medio de armas de fuego.

Frank tuvo una visión fugaz de Helena, de niña, en la casa de Nathan Parker, el soldado inflexible al que el destino había osado ofender con el nacimiento de dos hijas.

– Me lo imagino.

Terminó de arreglarse la camisa, contento de tener algo que hacer con las manos. La presencia de aquella mujer en su casa le planteaba una serie de preguntas imprevistas. Hasta el momento, era Nathan Parker y Ryan Mosse quienes le preocupaban, persona que tenían voz, peso, un andar que dejaba huellas, un cuchillo fuera y dentro de la funda, un brazo capaz de golpear. Helena, en cambio, había sido solo una presencia muda. El recuerdo conmovedor de una belleza triste. El porqué no tenía interés para Frank, y no quería que llegara a tenerlo.

Frank rompió el silencio. Su voz sonó más dura de lo que habría deseado.

– Supongo que habrá un motivo para su visita.

Helena Parker tenía ojos, pelo, rostro y perfume, y Frank le dio la espalda al tiempo que se ponía la camisa dentro del pantalón, como si ese gesto bastase para dar la espalda a todo lo que ella era. Su voz le llegó desde atrás, mientras se ponía la chaqueta.

– Sí. Necesito hablar con usted. Creo que necesito su ayuda, si es que alguien puede ayudarme.

Cuando se volvió, Frank ya había pedido y obtenido la complicidad de un par de gafas oscuras.

– ¿Mi ayuda? ¿Vive usted en casa de uno de los hombres más poderosos de Estados Unidos y necesita mi ayuda?

Una sonrisa amarga asomó a los labios de Helena Parker.

– Yo no vivo en la casa de mi padre. Allí soy una prisionera.

– ¿Es por eso que le tiene miedo?

– Hay tantos motivos para tenerle miedo a Nathan Parker… No sabría por cuál empezar. Pero no es por mí que tengo miedo. Es por Stuart.

– ¿Stuart es su hijo?

Helena vaciló un instante.

– Sí, mi hijo. Es él mi problema.

– ¿Y yo qué tengo que ver?

Sin previo aviso, la mujer se acercó, levantó las manos y le sacó las Ray-Ban. Lo miró a los ojos con una intensidad que Frank sintió que le penetraba como un cuchillo mucho más afilado que de Ryan Mosse.

– Usted es la primera persona que he conocido capaz de hacer frente a mi padre. Si hay alguien que puede ayudarme, es usted…

Antes de que Frank consiguiera pronunciar una respuesta, el teléfono sonó otra vez. Cogió el inalámbrico con el alivio de quien encuentra un arma para defenderse de un enemigo.

– Sí.

– Nicolás. Estoy abajo.

– Vale. Bajo enseguida.

Helena le tendió las gafas.

– Quizá no he venido en el momento más oportuno.

– Ahora debo salir. No terminaré hasta tarde y no sé…

– Usted sabe dónde vivo. Puede encontrarme cuando quiera, incluso por la noche.

– ¿Le parece que Nathan Parker aceptaría una visita mía, en estas circunstancias?

– Mi padre está en París. Ha ido a hablar con el embajador y a buscar un abogado para el capitán Mosse.

Una breve pausa.

– Se ha llevado a Stuart, como… como compañía. Por eso he venido sola.

Por un instante, Frank había esperado que Helena pronunciara la palabra «rehén». Quizá era ese el significado que encerraba el término «compañía».

– De acuerdo. Ahora debo irme. No querría, por diversas razones, que la persona que me espera abajo nos viera salir juntos. ¿Podría esperar unos minutos antes de bajar?

Helena asintió. La última imagen que Frank tuvo de ella antes de cerrar la puerta fue la de sus ojos claros y la leve sonrisa que solo una pequeña esperanza puede provocar.

Mientras bajaba en el ascensor, Frank se miró al espejo. En sus ojos veía todavía el reflejo del rostro de su mujer. No había lugar. No había lugar para otros rostros, para otros ojos, para otro pelo, para otros dolores. Y soobre todo, él no podía ayudar a nadie, porque nadie podía ayudarle a él.

Salió a la luz del sol que llegaba a través de las puertas de cristal y atravesó el vestíbulo de mármol del Pare Saint-Román. Fuera le esperaba el coche de Hulot.

Cuando abrió la puerta, vio en el asiento posterior un montón de periódicos. «Mi nombre es Ninguno», decía con ironía el titular más visible, en grandes caracteres. Los otros debían de ser más o menos parecidos. Nicolás daba la impresión de no haber dormido mejor que él.

– Hola.

– Hola, Nic. Disculpa si te he hecho esperar.

– No tiene importancia. ¿Te ha llamado alguien?

– Silencio absoluto. No creo que en tu departamento den saltos de alegría ante la idea de verme, aunque oficialmente Roncaille me está esperando para un cara a cara.

– Bien, antes o después deberás dejarte ver.

– Es cierto. Por un montón de razones. Pero mientras tanto, creo que tenemos un asunto privado de que ocuparnos.

Hulot arrancó y recorrió el breve trecho de entrada del edificio hasta llegar al espacio donde se podía dar marcha atrás.

– He pasado por mi despacho. Entre las cosas que he cogido de mi escritorio está el original de la cinta, que todavía seguía en su lugar. Lo cambié por una copia.

– ¿Crees que se darán cuenta?

Hulot se encogió de hombros.

– Siempre puedo decir que me equivoqué. No me parece un delito grave. Sería mucho más grave si descubrieran que tenemos una pista y no se lo hemos dicho a nadie.

Mientras pasaban delante de la puerta de cristal de la entrada, Frank vio solo el reflejo del cielo. Giró la cabeza para mirar por la ventanilla trasera. Antes de que el coche dejara atrás el acceso para girar a la izquierda y bajar por la calle des Girollées, distinguió fugazmente la silueta delgada de Helena Parker que salía del Par Saint-Román.

37

Cuando llegaron a la casa de los Mercier, en Eze-sur-Mer, Guillaume los esperaba en el jardín. Apenas vio que el Peugeot llegaba a la verja, apuntó el mando que tenía en la mano y los batientes comenzaron a abrirse. A su espalda había una casa blanca de una sola planta, de tejado oscuro y persianas de madera azul, de estilo provenzal, no demasiado rebuscada pero sólida y funcional.

El jardín era bastante grande; casi podía decirse que era un pequeño parque. A la derecha, delante de la casa, había un gran pino piñonero circundado por matas bajas de siempreverdes. Más allá de la sombra del árbol, una hilera de lantanas blancas y amarillas en plena floración circundaba un limonero, de frutos en continua maduración. Alrededor de la propiedad se alzaba un seto de laurel que superaba la reja encastrada en el muro del cerco e impedía la vista desde fuera.

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